Hablar del cuerpo ajeno en internet se volvió un deporte de bajo costo: se escribe en dos segundos, se recibe un like y se sigue scrolleando. Pero del otro lado hay alguien mirando su reflejo —y su autoestima— con esa frase de fondo. El body shaming (avergonzar, criticar o “evaluar” un cuerpo) no siempre llega en forma de insulto; a veces es el clásico “te quedaría mejor si…”, “¿estás más flaca?” o “yo te lo digo por tu salud”, como si la pantalla otorgara título de nutricionista honorario.
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Por qué seguimos opinando del cuerpo ajeno aunque sepamos que está mal
En redes funciona una mezcla potente. Primero, la comparación social: miramos para ubicarnos (“¿estoy bien yo?”) y, sin darnos cuenta, convertimos a otras personas en referencia.
Después aparece el sesgo de negatividad: lo crítico llama más la atención que lo neutro, así que los comentarios punzantes destacan y se comparten.
Y por último, la lógica de la recompensa: un comentario filoso suele recibir más interacción que un “qué buen día”. El algoritmo no distingue tacto sino movimiento.
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También hay un factor cotidiano: opinar del cuerpo ajeno da una ilusión de control. Cuando la vida se siente desordenada, el cuerpo de otro parece un tema “simple” para ordenar. Spoiler: no lo es.
Señales de que te está afectando
Si después de usar redes te quedás rumiando una frase, evitás fotos, cambiás ropa “por si acaso” o medís tu valor en función de ángulos y filtros, es que estás en autoobservación constante, una forma de estrés.
Y el estrés repetido se traduce en peor sueño, más irritabilidad y menos ganas de socializar.
Cómo blindar tu salud mental: tácticas prácticas que funcionan
Empezá por lo obvio (y subestimado): curá tu feed como curás tu casa. Silenciá, dejá de seguir o bloqueá cuentas que te disparen comparación, aunque sean “inspiracionales”. Por higiene mental.
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Cuando te llegue un comentario, probá este corte rápido: “¿Esto es útil, verdadero y amable?”. Si no cumple al menos dos, no merece alquiler en tu cabeza.
Y si te pica responder, usá un límite corto que no alimente el show: “No comento mi cuerpo”, “Gracias, no es un tema”, o directamente, reporte y listo.
Si el cuerpo se te vuelve tema central, bajá el zoom: cambiá la pregunta “¿cómo me veo?” por “¿qué necesito?”. Comer, descansar, moverte, pedir compañía. La autoestima se recompone más con hábitos básicos que con una selfie “perfecta”.
Cómo dejar de ser parte del body shaming
Antes de comentar sobre el cuerpo de alguien, aplicá la regla de los 10 segundos: si la otra persona no puede cambiar eso en 10 segundos (un diente con comida, una etiqueta afuera), no lo digas.
Y si te nace “preocuparte por su salud”, recordá el filtro definitivo: si no sos su profesional de salud y no te lo pidió, es opinión, no cuidado.
Si el tema te supera, hablarlo con alguien de confianza o con un profesional puede ayudarte a salir del loop de comparación.