No es ficción

Apuñalada dos veces por la espalda y otras dos veces en el pecho, la docente y directora Sofía Rodríguez caía al suelo en medio de una clase que, paralizada de terror, era testigo. El autor, un alumno de 16 años, había llevado dos cuchillos en la mochila y, según dijo la Policía, ese día él ya había ido al colegio con intención de cometer un crimen. No. No es ficción. Ocurrió en Independencia, Guairá, Paraguay, el 30 de mayo de 2023

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Crímenes así, en un colegio, sólo ocurrían en una película o en algún país lejano, creíamos, hablándolo a la ligera, sin preguntarnos mucho por qué podrían ocurrir ataques, asesinatos, en instituciones educativas. Pero este es el corolario de amenazas de muerte, algunas en broma y otras bien en serio, que venían dándose en nuestro país. El año pasado, el Ministerio de Educación (MEC) registró 55 advertencias.

Las amenazas crecieron después de la pandemia. Apenas volvíamos a clases presenciales cuando hablábamos de la urgencia de aumentar la atención psicológica en escuelas y colegios. Niños, niñas y adolescentes habían entrado en depresión y les costaba socializar. Pese a la preocupación, hoy el MEC tiene apenas 520 psicólogos para más de 8.000 instituciones educativas oficiales. Ahora quiere contratar otros 100 y no serán suficientes.

Como medida preventiva se buscan alternativas. En un colegio nacional, los padres colocaron un detector de metales, como ya ocurrió en uno privado el año pasado. Y el MEC propone el uso de mochilas transparentes. Ambos planteamientos podrían fácilmente ser interpretados como señal de desconfianza hacia los estudiantes.

Estas medidas también indican que tenemos un modelo educativo perimido, en el cual lo que piensan y sienten los estudiantes no importa mucho. Es más, cuanto menos problemas “lleven” al colegio, mejor. Los detectores y las mochilas transparentes permitirían que esos problemas realmente queden afuera.

Pero urge cambiar. Más que nunca tenemos que debatir para qué, en qué y cómo queremos educar a nuestros niños y adolescentes. Y debemos aprender a escucharles, porque no son el “futuro”, sino parte de nuestro presente.

Los estudiantes necesitan atención. Muchos lo gritan en amenazas o en grescas callejeras. Lo refleja el atroz crimen que tuvo por víctima a Sofía, dedicada por entero a la docencia. Su asesinato no debe quedar impune. Y debería ser también un punto de inflexión tendiente a un modelo de enseñanza que de verdad tenga a los chicos como eje principal. Porque la violencia en los colegios no es ficción, es bien real. Y la salud mental y emocional es incluso más importante que las matemáticas, el castellano y el guaraní.

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