La mafia de los títulos

Es incalculable el daño que la mafia de los títulos universitarios ocasiona a la educación. El mismo daño que causa la indiferencia del ministerio respectivo ante un hecho escandaloso. Más allá del delito de comprar o falsificar títulos, está la consecuencia penosa: desconfiar de la capacidad profesional de los egresados. Da igual el estudiante que amanece sobre los libros para aprender que aquel que solo necesita de un buen padrino o un poco de dinero y mucha canallada para llegar a las mismas consecuencias: obtener el título.

En la antigua Grecia funcionaba un instituto que otorgaba en el primer año el título de filósofo; en el segundo, el de sabio, y el tercero, el de aprendiz. Muchos elegían el primero, otros el segundo, y pocos el tercero. Estos pocos se inclinaban por saber más, eran conscientes de que solo el conocimiento rigurosamente obtenido le abriría el camino hacia logros perdurables. La otra opción era deslumbrar por unos meses en la vía pública o las plazas. Se apagaban pronto cuando el público percibía la mediocridad que se intentaba hacerla pasar por sabiduría. La ignorancia, como la mentira, tiene patas cortas. Pero antes de borrarse, deja a sus pasos un hondo abismo en el que caen las personas de buena fe. En otros casos –peores aún– estas mismas víctimas sostienen a su victimario como sucede con el exsenador Rivas. Avergonzó a sus colegas, al país, pero igual lo defendían rabiosamente.

En un paisaje más amplio, el mismo hecho se da con el Ministerio de Educación y Ciencias. Nada quiere saber de averiguar el funcionamiento de, por lo menos, las universidades de donde salieron los títulos, muchos de los cuales serían enteramente falsos pero camuflados de autenticidad con firmas, sellos, etc.

Los datos que llegan al público asustan: En tres años se expidieron cien mil títulos de carrera universitaria no acreditada. El cien por ciento de la carrera de profesorado del primero y segundo ciclos carecen de acreditación. Estas cifras las dio el titular de la Aneaes, Dr. José Duarte Penayo, a Radio Cáritas. Con esta realidad se entiende que estemos muy mal también en educación. Agreguemos que de 45 carreras de medicina solo 24 están acreditadas. Sobre este tema, en su columna semanal de Ultima Hora, el doctor Alfredo Boccia escribió: “Una estafa educativa donde Paraguay pone el territorio y la desidia; Brasil, los estudiantes y las remesas pero nadie pone la calidad (…) son 35.000 brasileños que cruzan la frontera no atraídos por la excelencia académica, sino por la laxitud de nuestros controles (…) se refugian en un sistema que los acoge con gusto, pero que no garantizan un egreso exitoso”.

Cada día en los medios de comunicación aparecen fuertes discusiones sobre cualquier tema, menos la educación. Pareciera que se nos educa precisamente para no discutirla. Partimos de la base de que si al ministerio de Educación no le importa, porque a mi tiene que importarme. El mismo José Duarte ha reclamado al ministro que intervenga. La respuesta, hasta hoy, es el silencio. Un silencio que permite que nos enfrentemos, en vano, con cifras escandalosas que desnudan el abandono de las autoridades de un tema que debería ser prioritario.

Hasta hace unos años –¿10, 15?– los títulos universitarios servían para dar cierta respetabilidad a las personas. Se suponía que detrás de esos títulos había también conocimiento. Luego tales títulos se degradaron completamente y hoy son motivos de sospecha o de rechazo según la universidad que los ha expedido.

De las más de cien universidades diseminadas por el país, en las encuestas suelen aparecer, sin orden de jerarquía, solo cinco: Universidad Nacional, Uninorte, Autónoma de Asunción, Americana y Autónoma de Encarnación.

Ante la desconfianza acerca de la formación de profesionales, los ministerios respectivos deben obligar que en la oficina de los abogados y consultorio médico esté bien visible el título de la universidad que lo ha expedido. El cliente o el paciente tendrá la opción de quedarse o salir corriendo.

alcibiades@abc.com.py

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