Solo 25.000

Como todos los años, nos vuelven a llamar la atención las frutillas y sus derivados ofertados al costado de la ruta en Areguá y ciudades aledañas. Allí, no hay lo que no hay: frutillas frescas, tortas, dulces, jugos, licores y vaya uno a saber cuántas cosas más. Llega su temporada y a la guapeza de los productores se suma la creatividad de los que venden.

Se encuentran también en los supermercados, muy bien exhibidas. Pero no nos olvidemos de los clásicos vendedores de a pie, que recorren los barrios. A mi casa -como a varias- llega Néstor todos los sábados a la misma hora. Las relucientes frutillas “Sweet Charlie” se pesan en una romanita -siempre tiene que haber yapa- y ya tenemos postre para el fin de semana. Es un hábito creado del que nadie se queja.

Investigando, podemos ver que la frutilla, o fresa, es una fruta originaria de Europa y pertenece a la familia de las rosáceas. Pequeña, roja, aromática y bastante versátil. Se puede comer sola, con crema, en tortas, mermeladas, helados o simplemente con un poco de azúcar. Es difícil encontrarle un defecto, salvo… que se acaban pronto.

Dato interesante: las fresas son, además, mayormente caras en buena parte del mundo. Aquí estamos en ventaja: durante la temporada paraguaya es accesible a precios bastante razonables. No es poca cosa, para un producto que requirió antes de llegar a la mesa cultivo, expertise del productor, cuidado, cosecha y transporte.

Como referencia, durante el torneo de Wimbledon, en Inglaterra, se consumen alrededor de dos millones de frutillas, unas 34 a 38 toneladas. Se sirven entre 140.000 y 190.000 porciones de la clásica combinación de diez frutillas con crema fresca. Cada porción cuesta unas 2,5 libras esterlinas, aproximadamente 23.000 guaraníes.

Quizás con esos datos todavía frescos en la cabeza fue que más llamó la atención aquel cartelito al pasar: “Solo 25.000”. Explicaciones, no hacían falta. Doña Esther nos atendió con una enorme sonrisa y nos retiramos felices y más que dispuestos a creer que su balanza era de fiar.

En la bolsa venían unas hermosas frutillas, de esas que uno ya se imagina comiendo. Y un upgrade que no tiene precio: esa sensación que brinda el haber adquirido algo de buena calidad, fresco y de producción nacional.

Y sí, eran apenas 25.000 guaraníes. ¿Es mucho, es poco? Parecería un precio accesible para un producto impecable, que genera trabajo y que, además, puede llegar a tener la rara virtud de sacarle, incluso en un día malo, una sonrisa hasta al más pirevaí. Por eso, la próxima vez que vea el cartelito, pise el freno. Vale la pena.

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