Ocho años de medida privativa de libertad fue la máxima sanción solicitada por el Ministerio Público y finalmente aplicada por el Tribunal de Sentencia. Para una familia que perdió a una hija, una hermana y un ser querido, probablemente ninguna cantidad de años pueda reparar semejante dolor. Pero la Justicia debía actuar dentro de las reglas establecidas para los adolescentes y eso es lo que finalmente ocurrió.
El joven fue juzgado bajo las disposiciones del Código de la Niñez y la Adolescencia, cuya sanción máxima aplicable en este caso era de ocho años. Aunque posteriormente la legislación fue modificada y el máximo pasó a 10 años, ese cambio no puede aplicarse al acusado porque la nueva norma entró en vigencia después de ocurrido el crimen.
Esta situación volvió a instalar un debate que ya se escucha con fuerza en la ciudadanía: la necesidad de revisar las penas para adolescentes que cometen crímenes graves. Para muchos, ocho años resulta insuficiente frente a hechos de extrema violencia y consideran que quienes cometen delitos de esta naturaleza deberían recibir sanciones más severas.
El caso obliga a mirar más allá de una sentencia. ¿Cuántas señales deben aparecer antes de que una tragedia pueda evitarse? Cuando existen denuncias, situaciones de violencia o adolescentes expuestos a relaciones y entornos que pueden ponerlos en peligro, la respuesta de las instituciones no puede llegar solamente después de que ocurre una tragedia.
La Justicia puede condenar cuando existen pruebas y se cumplen las garantías del debido proceso. Pero ninguna sentencia devuelve una vida. Por eso la verdadera discusión también debe estar puesta en la prevención, en la protección efectiva de las adolescentes y en la capacidad del Estado para intervenir antes de que la violencia termine en una tragedia irreversible.
Hoy corresponde respetar la decisión de la Justicia. Pero también corresponde decirlo con toda claridad: nunca más semejante crimen. Nunca más una familia esperando justicia después de haber perdido a una hija. Nunca más mirar hacia otro lado cuando una adolescente pide ayuda. Y nunca más permitir que las señales de violencia sean tomadas como algo menor hasta que sea demasiado tarde.
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