La oposición no se queda atrás. Los discursos de renovación y salvación nacional, lindas palabras, terminan también en alianzas sobre el papel… pero a las buenas intenciones se imponen el reparto de bancas en el Senado y de cargos. “Oposición… ¿qué oposición?” suele repetir con ironía un conocido.
Y digo, por decir nomás, si de repente todo ese despliegue de energía, reuniones secretas y negociaciones nocturnas se volcara a resolver lo urgente. Si en lugar de conspirar para imponer una chapa o blindar dietas, cupos de combustible y jubilaciones VIP, se dedicaran a crear condiciones para poner en forma las escuelas del interior. Hoy, los niños siguen dando clases bajo árboles y usan letrinas.
Estos zánganos gastan el tiempo ajustando sus cupos de contratación para ubicar a operadores políticos en planillas estatales. Y digo, si de repente ese esfuerzo se encauzara en equipar los hospitales públicos con insumos básicos, garantizando que un ciudadano que madruga a las cuatro de la mañana reciba al menos un remedio y no una receta firmada para comprar en la farmacia de enfrente.
En su análisis del presupuesto, no están contemplados el exceso de asesores ni privilegios corporativos. De pronto, qué bueno sería ver que aplicaran esa misma convicción para auditar las obras viales, para que los caminos rurales no estén en estado deplorable ni los puentes se vengan abajo.
Qué cantidad de tiempo perdido en conferencias de prensa y plenarias enteras sólo para defender bancadas y garantizar cuotas de poder. Y digo, si de repente invirtieran minutos de su agenda en estructurar planes serios de seguridad ciudadana, para que el trabajador no camine con miedo por las calles al volver a casa después de su jornada de trabajo.
Tanto tiempo desperdiciado en “actividad parlamentaria” que no pasa de maquinaciones para conservar el cupo, la chapa y el zoquete. Es un espectáculo demasiado burdo como para no abrumar a la ciudadanía honesta.
Y digo, si de repente… ¿qué tal si los paraguayos nos animamos a votar distinto, a ser tan valientes como aquéllos que pusieron sus pechos y sus vidas por nosotros en las trincheras de Curupayty y Boquerón? Y de paso, le dejamos de tener miedo al ¡sháke! que supone el cambio que generará la renuncia a seguir como esclavos del prebendarismo. ¿Nos animamos?