Justamente nuestras noticias nos han puesto, reiteradas veces, en el enojo de los que mandan. La relación de la prensa con los políticos ha sido siempre difícil. Nos separan dos mundos: la prensa, en el cumplimiento de su deber, quiere hacer conocer aquello que los políticos quieren ocultar. Por esto y muchos más, reafirmamos hoy nuestro compromiso con la libertad de prensa, sostenedora de la democracia.
No caben los amedrentamientos a la prensa. Con ellos no vamos a solucionar los problemas de la corrupción, cada vez más robusta. Sin una justicia independiente no podemos esperar días mejores para el país que necesita de una prensa libre de presiones; una prensa que investigue con libertad, y con responsabilidad, a los empleados públicos, nombrados o electos.
La prensa se alza como obstáculo para los brotes dictatoriales, para los actos de corrupción, para los gobiernos que violan la Constitución y las leyes.
El periodismo no puede evitar ni castigar delitos. Denunciarlos sí, para que la ciudadanía reaccione y haga reaccionar a las instituciones respectivas. Este impacto en la opinión pública es el “pecado” del periodismo.
¿Qué espera la sociedad de la prensa? Informar, opinar, explicar. En estas funciones sobresalen las que tienen que ver con la administración del Estado porque es de interés colectivo.
En nuestro país la libertad de prensa ha sido siempre una excepción. Baste decir que de 100 años, 42 de ellos fueron dominados por dos dictaduras: la del general Higinio Morínigo (1940 a 1948) y la del general Alfredo Stroessner (1954 a 1989). Estos dos gobiernos, a su vez, se encontraron con un instrumento legal que les permitía alzarse contra la prensa.
Así tenemos el decreto-ley 1776, del 13 de junio de 1940, que reglamenta la publicación de las opiniones y la expresión del pensamiento por medio de la imprenta.
En su exposición de motivos, esta ley sostiene: El gobierno, que representa a la Nación, tiene el deber de dictar normas de orientación para reprimir las exageraciones y las licencias de la prensa sin responsabilidad, categoría que no puede ya subsistir en nuestra época; 2) La Constitución o Carta Política de 1940, en su artículo 19, expresa: Todos los habitantes de la República gozan de los siguientes derechos (...) publicar sus ideas por la prensa sin censura previa, siempre que se refiera a asuntos de interés general.
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El artículo 13 dicta: La edición y publicación de libros, folletos y periódicos serán reglamentadas por la ley. No se permite la prensa anónima.
Ambas disposiciones van dirigidas al control gubernamental de la prensa sin intervención de la justicia. Dice, por ejemplo, para reprimir las exageraciones. ¿Qué organismo mide las exageraciones? Una oficina administrativa, no judicial.
A la muerte trágica, en 1940, del firmante de estos instrumentos, el general José Félix Estigarribia, le sucedió el general Higinio Morínigo, quien gobernó hasta su caída, en 1948, con los mismos términos y rigor represivos continuados por los sucesivos gobiernos hasta la llegada de Alfredo Stroessner, en 1954, que “perfeccionó” el acoso a la libre expresión.
Cuando ya no podía gobernar con la Carta Política de 1940, Stroessner se hizo dictar una Constitución a su medida, en 1967.
El artículo 72 expresa: La libertad de expresión y la de información, sin censura previa, son inviolables, y no se dictará ninguna ley que las limite o imposibilite, salvo en lo referente a las prohibiciones del artículo anterior. Las prohibiciones del artículo anterior son las siguientes: Art. 71: La libertad de pensamiento y la de opinión quedan garantizadas por igual para todos los habitantes de la República. No se permitirá predicar el odio entre paraguayos, ni la lucha de clases, ni hacer la apología del crimen o la violencia.
La ley que borró la Constitución
Estas garantías constitucionales –garantías tramposas– quedaron anuladas por las leyes 294 De defensa de la democracia y la 209 De la paz pública y la libertad de las personas. Con estos instrumentos, más el artículo 79 de la Constitución que establecía el estado de sitio, la dictadura de Alfredo Stroessner reprimió con dureza a los periodistas y a los medios de comunicación.
Desde siempre políticos y periodistas se llevan mal. Estos buscan información, y los otros, ocultarla. Los periodistas quieren destapar la olla; los políticos, enterrarla. Cuando las relaciones se vuelven tormentosas hace su aparición puntual la sombra de una ley de prensa para “regular” la actividad periodística.
Alexis de Tocqueville amaba la libertad de prensa más por los males que evitaba que por el bien que traía. Es un juego de palabras con un significado. Se hace un bien evitando el mal. Pero el celebrado pensador pone énfasis en la prensa que se alza como obstáculo para los brotes dictatoriales, para los actos de corrupción, para los gobiernos que violan la constitución y las leyes. Obstáculo en tanto voz de alarma. Señala el humo para que la opinión pública advierta dónde está el fuego y evitar su propagación.
Apagar fuego no es función de la prensa sino prevenirlo.
No debemos esperar que el periodismo se sitúe en un nivel muy superior al del resto de la sociedad. Los periodistas son –somos– el producto y el reflejo de la misma cultura. Donde mejor se refleja la identidad de un país es en su prensa. Como está el país, está el periodismo.
Por supuesto, hay una escala de competencia, de integridad, de propósitos. Escala que distingue a unos ciudadanos de otros, a unos profesionales de otros, a unos periodistas de otros. Pero la prensa en su conjunto es lo que es el país.
En su obra “Las ideologías en el periodismo”, el periodista español Octavio Aguilera dice: “Los problemas de los medios de comunicación no pueden
aislarse de los problemas generales de la sociedad de su tiempo. La prensa refleja la estructura y los valores de cada comunidad”.
El periodista norteamericano Edwin Newman escribió: “La mayoría de los que nos dedicamos a esta profesión nos encontramos en ella porque nos pareció una manera agradable de ganarnos la vida, o porque la creímos muy interesante, o porque no éramos capaces de hacer otra cosa. Pero estamos en ella, y lo que hacemos trae consecuencias para la nación y para el mundo”.
Tener conciencia de que la palabra impacta en la opinión pública, nos obliga a usarla correctamente, de acuerdo con las exigencias éticas. Ese impacto es “palpable” diariamente. Para la mayoría de los oyentes, televidentes o lectores, suele ser una verdad categórica lo que escucha, ve o lee. Su argumento infalible en una controversia es: “Pero si yo escuché en la radio, o leí en el diario, o he visto en la tele”.
Frente a estos resultados, uno se pregunta cómo puede haber profesionales de la prensa que antes de difundir una información no se acerca a ella con todas las precauciones de quien tiene en la mano un elemento explosivo que ha de reventar en una persona, en un hogar, en una comunidad.
Pero una vez en posesión de la veracidad de los hechos no hay más alternativa que darlos a conocer. Entonces sí, reviente quien reviente. Nuestra tarea consiste en informar los hechos, no en silenciarlos. En periodismo se miente de dos maneras: publicando mentiras o silenciando verdades.
Desde sus albores el periodismo ha sufrido los más indecibles ataques. Es comprensible. Su deber con la sociedad le hace intervenir en los más enredados asuntos criticándolos o en procura de esclarecerlos. En esta necesaria intervención colisiona con una de las partes donde se origina el enojo contra la prensa.
Con motivo de nuestro aniversario, reiteramos nuestra fe en el país y nuestro compromiso de seguir honrando la memoria de Aldo Zuccolillo en aquello por lo que más luchó: la libertad de prensa.