¿Los hombres circuncidados están queriendo recuperar el prepucio?

Hombre pensativo, imagen ilustrativa.VladOrlov

Una demanda creciente de hombres circuncidados está impulsando técnicas —desde dispositivos de tracción hasta cirugías experimentales de 25.000 dólares— para recrear el prepucio. El fenómeno reabre una discusión médica, ética y cultural sobre consentimiento y derechos.

La circuncisión masculina —la extirpación de la piel que cubre el glande— vuelve al centro de la conversación por una razón inesperada: cada vez más hombres que fueron circuncidados, en muchos casos durante la infancia, buscan “recuperar” el prepucio mediante métodos no quirúrgicos y, en un número menor pero creciente, con intervenciones de cirugía reconstructiva.

Hombre pensativo, imagen ilustrativa.

La discusión, según reconstruyen reportajes recientes citados por ICON de El País, de España, a partir de un caso narrado en The Cut, ya no se limita a la higiene o a la prevención médica. Empieza a cruzarse con preguntas sobre autonomía corporal, integridad física, identidad y experiencias de pérdida asociadas a procedimientos realizados sin consentimiento del afectado.

Del foro de internet al quirófano: el caso que ilustra una tendencia

Un ejemplo emblemático, contado por la periodista Bianca Bosker en The Cut y retomado por El País, es el de David Floyd. Tras descubrir en foros el concepto de “restauración prepucial”, comenzó a los 18 años con un dispositivo llamado TLC Tugger, diseñado para estirar la piel residual del pene mediante tensión sostenida con componentes de silicona. Es una opción extendida entre quienes buscan recrear un recubrimiento del glande sin pasar por cirugía.

En su caso, sin embargo, la vía no quirúrgica no fue suficiente. El invierno pasado, Floyd optó por una operación experimental en California con el cirujano plástico Sven Gunther, un procedimiento que —según la descripción publicada— consiste en disecar la piel del pene y deslizarla hacia delante, incorporando una pequeña porción de piel del escroto, para luego remodelar el tejido y lograr que el glande quede cubierto. El costo total ascendió a 25.000 dólares, incluyendo el viaje desde Pensilvania.

Floyd compartió imágenes del antes, durante y después en Reddit, abriendo una suerte de bitácora para otros interesados. No estaría solo: Gunther afirmó a The Cut que se realiza una intervención de este tipo por semana y describió este campo como su “nueva obsesión”.

¿Por qué ahora? Demanda, técnicas afinadas y menos circuncisiones

El interés por la reconstrucción del prepucio no aparece en el vacío. Médicos y científicos han empezado a explorar este terreno “con discreción” por una combinación de factores: una demanda al alza, el desarrollo de cirugías de remodelación genital en el marco de la atención de afirmación de género —que habría contribuido a perfeccionar técnicas quirúrgicas— y un declive de la circuncisión en algunos contextos.

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Aun así, la práctica sigue siendo muy común. El texto sitúa la prevalencia en un rango aproximado de 2% a 20% en Europa y alrededor de 71% en Estados Unidos. Ese contraste es clave para entender por qué el debate público y la presión social se viven de forma tan distinta en uno y otro lado del Atlántico.

Motivos para circuncidar: entre medicina, religión y costumbre pediátrica

Las razones para practicar una circuncisión se agrupan, de forma general, en tres grandes bloques:

  • Indicaciones médicas, como la fimosis, donde el prepucio no puede retraerse adecuadamente.
  • Motivaciones religiosas, especialmente en comunidades judías y musulmanas.
  • Cultura médica y pediátrica, particularmente en Estados Unidos, donde se ha normalizado la idea de que facilita la higiene y puede reducir riesgos de infecciones urinarias o de transmisión sexual.

Sin embargo, en paralelo a esos argumentos, crece una impugnación frontal: quienes se oponen sostienen que no es un procedimiento inocuo, que no es reversible en sentido estricto y que puede marcar de por vida a quienes lo recibieron sin poder decidir.

En su versión más dura, la crítica lo enmarca como una vulneración del derecho a la integridad física del menor.

Qué es posible (y qué no) desde la urología: reconstrucción y límites

El urólogo y andrólogo Juan Manuel Poyato (Next Fertility) explicó a ICON que la circuncisión profiláctica siempre ha generado controversia y que hoy resulta imprescindible separar evidencia de mitos, con respeto a la autonomía del paciente.

En términos técnicos, subrayó un punto decisivo: no es posible reimplantar el tejido original extirpado, especialmente tras el paso de los años.

Lo que muchos hombres persiguen, según su explicación, es una restauración prepucial: recrear un recubrimiento del glande, por razones religiosas o preferencias personales, mediante dos vías principales:

  1. Reconstrucción estética (quirúrgica): diseño de un “neoprepucio” con piel del propio cuerpo o de la base del pene, con resultados que el especialista describe como “bastante satisfactorios”.
  2. Expansión tisular por tensión (no quirúrgica): la aplicación de tensión mecánica constante durante horas al día puede, tras meses o años, inducir crecimiento de tejido cutáneo. Poyato detalla el mecanismo celular: queratinocitos y fibroblastos responden al estiramiento activando mitosis, permitiendo que la piel se expanda hasta cubrir el glande.

Mientras la cirugía promete resultados más inmediatos a cambio de coste, riesgos y experimentalidad en algunos enfoques, la restauración por tracción exige constancia prolongada y ofrece cambios graduales.

Del hospital al terreno de los derechos

Una de las voces históricas citadas en el texto es Marilyn Milos, enfermera que en 1979 presenció una circuncisión neonatal y quedó impactada al escuchar que no había motivo médico para realizarla.

A partir de esa experiencia, impulsó el activismo contra la circuncisión médicamente innecesaria y fundó NOCIRC (National Organization of Circumcision Information Resource Center). Su formulación es tajante: “es un problema sexual y un problema de derechos humanos”.

Poyato reconoce que su postura ayudó a trasladar la discusión desde el plano estrictamente clínico hacia un marco ético: el prepucio, remarca, es un tejido sano y funcional, lo que da peso al argumento de la integridad corporal.

Describe una posición “más equilibrada” que admite beneficios profilácticos, pero que tiende a priorizar la integridad del menor salvo urgencia médica. En esa línea, el consenso se acercaría a una estrategia de “esperar y ver”, tratando la circuncisión como opción válida solo si está bien informada y, en lo posible, consentida por el propio interesado.

La herida psicológica: pérdida, rabia y autonomía corporal

El sexólogo y psicólogo José Martín del Pliego aporta una capa menos visible: la vivencia subjetiva de quienes sienten que fueron circuncidados sin voz ni voto. Según explicó a ICON, esa percepción puede generar sentimientos de pérdida, rabia o traición, además de reabrir el cuestionamiento de la autonomía corporal.

En su análisis, la normalización histórica dejó durante décadas al niño fuera del proceso de decisión. Hoy, sostiene, la tendencia clínica se orienta a conservar el prepucio siempre que sea posible, salvo deseo expreso del varón.

Añade que muchas asociaciones pediátricas internacionales reconocen beneficios, pero los consideran insuficientes para justificar una práctica estandarizada y rutinaria; por ello, prefieren que la persona decida al llegar a la madurez.

Qué se pierde: sensibilidad, protección y cambio del glande

El texto reúne, además, argumentos anatómicos y funcionales que alimentan el rechazo. El abogado Eric Clopper, presidente de Intact Global Inc, sostiene que el prepucio no es un adorno: afirma que concentra miles de terminaciones nerviosas, protege el glande y facilita un movimiento natural durante la intimidad.

En un video en Instagram, interpreta el aumento de la restauración no quirúrgica como evidencia de que la circuncisión no sería tan inocua como suele presentarse.

En la misma dirección, el doctor Gabriel Bastidas describe el prepucio como un tejido especializado con terminaciones nerviosas táctiles finas, diseñado —entre otras funciones— para generar un roce suave con el glande durante el sexo.

Bastidas añade una consecuencia fisiológica de la exposición permanente: la queratinización, un engrosamiento de la mucosa del glande que reduciría sensibilidad para protegerse del roce continuo con la ropa.

Según su explicación, volver a cubrir el glande mediante restauración o cirugía podría favorecer la recuperación de humedad y una textura más delgada del epitelio, asociándose a mayor placer táctil y menor umbral de excitación.

Una discusión que mezcla cuerpo, cultura y consentimiento

El fenómeno de la restauración del prepucio, tal como lo presentan The Cut y ICON de El País, funciona como un síntoma: no solo de innovaciones quirúrgicas o de tendencias en salud sexual, sino de un cambio en la manera de entender el cuerpo y la toma de decisiones médicas.

Como sintetiza Del Pliego, la cuestión no puede reducirse a una variable clínica ni a un debate sobre rendimiento sexual: en el centro aparecen identidad, cultura y consentimiento, con hombres que no solo buscan un tejido, sino una forma de reescribir una intervención que, para ellos, ocurrió demasiado pronto y sin ser consultados.

Fuente: El País

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