La violencia sexual como arma de guerra: qué se recuerda cada 19 de junio

Concepto de estrés postraumático.Shutterstock

Cada 19 de junio, la ONU pone el foco en una violencia usada como táctica de guerra: la sexual. La fecha recuerda que no es “daño colateral”, sino una herramienta de control y terror cuyos efectos —también biológicos— pueden durar décadas.

Cuándo es Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en Conflictos y qué se conmemora

El Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos se recuerda cada 19 de junio. La Asamblea General de la ONU lo estableció en 2015 para visibilizar a las víctimas y reforzar la rendición de cuentas.

La fecha alude a un hito previo: la resolución 1820 del Consejo de Seguridad (2008), que reconoció la violencia sexual como amenaza a la paz y la seguridad y como práctica utilizada de forma sistemática en guerras.

La violencia sexual en conflictos puede constituir crimen de guerra, crimen de lesa humanidad o componente de genocidio, y no debe quedar en la zona gris de la impunidad.

Por qué se usa la violencia sexual en las guerras

La sociología, la criminología y las ciencias políticas coinciden en un punto clave: en muchos conflictos, la violencia sexual no es un exceso individual, sino un instrumento funcional dentro de estrategias de dominación.

Investigaciones sobre “violencia sexual estratégica” describen varios objetivos recurrentes:

En primer lugar, sembrar terror: la amenaza de una agresión sexual puede desplazar poblaciones, vaciar territorios y quebrar redes comunitarias sin necesidad de control militar permanente.

En segundo lugar, humillar y desestructurar: al atacar el cuerpo, se ataca el estatus social, los vínculos familiares y la confianza colectiva; en sociedades donde el estigma recae sobre la víctima, el daño se multiplica.

Desde la criminología, el patrón suele combinar oportunidad, coerción y baja probabilidad de castigo: colapso institucional, cadenas de mando opacas, economías de guerra y justicia incapaz o capturada.

La ciencia política añade otro elemento: la disciplina interna. En ciertos grupos armados, permitir o premiar abusos fortalece lealtades, refuerza una masculinidad militarizada y convierte la violencia en “lenguaje” de pertenencia.

Nada de esto significa que ocurra igual en todos los conflictos: hay contextos en los que se ordena, otros en los que se tolera y otros en los que se castiga. Pero el hilo conductor es la impunidad como incentivo.

El cuerpo recuerda: trauma, memoria y epigenética

La persistencia del daño no es solo psicológica. La neurociencia del trauma muestra que experiencias extremas pueden alterar la forma en que el cerebro procesa peligro y recuerdo: amígdala hiperreactiva, hipocampo afectado y un sistema de estrés (eje HPA) que queda “calibrado” para la alarma.

Por eso muchas víctimas describen memorias intrusivas, hipervigilancia, disociación o síntomas físicos sin causa médica evidente: el trauma también es somático.

En las últimas dos décadas, la epigenética —cambios químicos que regulan qué genes se expresan sin modificar el ADN— abrió otra vía de estudio.

Se han observado asociaciones entre trauma severo y marcas epigenéticas en genes vinculados a la respuesta al estrés, como NR3C1 o FKBP5. La evidencia sugiere que el trauma puede dejar señales biológicas duraderas e incluso influir en la salud de la descendencia, aunque no implica determinismo: el contexto, el apoyo y el tratamiento importan.

Conmemorar el 19 de junio, entonces, es recordar que la violencia sexual en la guerra busca controlar territorios a través de cuerpos y que sus consecuencias atraviesan generaciones si la justicia, la reparación y la atención clínica no llegan a tiempo.

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