Después de la primavera

Una miniserie dirigida por la cineasta polaca Agnieszka Holland reconstruye la historia del joven estudiante Jan Palach, que el 16 de enero de 1969 se prendió fuego en el centro de Praga.

Afiche y fotograma de la miniserie Horici Ker, de HBO Europa, sobre la inmolación de Jan Palach.
Afiche y fotograma de la miniserie Horici Ker, de HBO Europa, sobre la inmolación de Jan Palach.

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Un grupo de jóvenes desenfadados baila de manera sincronizada, frenética, el twist al calor de una pieza de rock and roll. No se tocan, casi ni se miran, alguien se arrodilla con los ojos cerrados y las manos impulsadas hacia arriba y hacia atrás. Están en éxtasis.

Afuera, las imágenes de la noche de Praga: eléctrica, bulliciosa, tensa.

De repente, el bajo interrumpe su rítmica ejecución. Un hombre escupe con rabia y asco, las calles se pueblan de tanques y tumultos, un vehículo se incendia, banderas alzadas con desafío, cuerpos inertes sobre el pavimento. El rock and roll se transmuta en gritos.

Al final, alguien cruza una avenida corriendo con una bandera checoslovaca que flamea cubierta de sangre.

Así comienza la miniserie de HBO Europa Horící ker (La zarza ardiente), traducida en inglés como Burning Bush y en Hispanoamérica como Sacrificio. Contrariamente a lo que uno podría pensar, la obra no busca recorrer los acontecimientos ligados a la Primavera de Praga y su desarrollo, sino a una cadena de eventos posterior.

Por un lado, la inmolación pública del estudiante Jan Palach en la céntrica plaza Wenceslao en enero de 1969 como acto político supremo de denuncia de la ocupación por las fuerzas soviéticas y del Estado policial que le acompañó. Por otro, las repercusiones de su suicidio: la respuesta oficial de las autoridades, las declaraciones públicas del partido, el trauma íntimo de la familia, los operativos de encubrimiento. Y algo más.

Un diputado de la Asamblea Nacional, Vilém Novy, miembro histórico del partido caído en desgracia durante las purgas del último Stalin y rehabilitado con el pulgar ruso en tiempos de Kruschev, en una serie de intervenciones en la prensa acusa a Palach de ser en realidad un agente subversivo ligado a grupos imperialistas extranjeros que buscan «socavar la revolución». Así, la muerte de Palach no sería más que un montaje político de grupos ultraderechistas complotados, que en última instancia salió mal dada su inexperiencia, y a la cual la ciudadanía no debería dar mayor relevancia.

La familia responde de manera insólita, llevando a juicio a Novy por calumnias y difamación, exigiendo la rehabilitación del estudiante y disculpas públicas de las autoridades. Es decir, con una demanda jurídica que desde el vamos no podían ganar, le piden al Poder que se retracte de ser Poder.

Llegados a este punto, nos interesa hacer algunas observaciones.

Por un lado, quienes se adentren en la serie de Holland deben saber que se trata de una obra austera. No existe (o casi no) espectacularidad a lo largo de sus tres capítulos. Todo lo contrario, lo que busca es retratar con pinceladas puntillosas los pequeños actos de heroísmo y miseria que nos rodean día a día.

Ahí están las escenas de la jueza que toma la causa cuando, en el summum del patetismo, se muestra servicial y presta a preparar café ante el chasquido de los dedos del abogado defensor de Novy, quien llega tarde, sin documentación y sin siquiera su cliente, y termina refiriéndose a ella casi como su empleada de cocina.

O cuando visita a un jerarca del partido en su oficina de gobierno, donde se le advierte cómo seguir la causa «si no quiere terminar atendiendo una oficina judicial en una oscura aldea de provincia», mientras el funcionario está más ocupado en acomodarse los pantalones después de otra noche de alcohol y juerga, y en observar explícitamente el traste de su secretaria personal, que acomoda la mugre de su oficina, que en atender la gravedad del caso.

Pero también las escenas de la abogada patrocinadora, Dagmar Buresová, quien persiste una y otra vez en construir el marco probatorio viajando, entrevistando, removiendo archivos, buscando testigos, en una causa que nadie más quería tomar, que no podía reportarle más que penurias y castigos, y en la que, como ya dijimos, no se podía ganar.

El personaje recuerda un poco los relatos de la escritora Lillian Hellman, quien en sus memorias Tiempo de canallas retrata con cruda aspereza su experiencia como víctima de la furia macartista en los Estados Unidos de la posguerra, el ostracismo social, las privaciones económicas y laborales, la insondable bajeza humana de ex amigos y referentes intelectuales. Pero que también nos deja ver que, incluso entonces, están los que levantan la voz, los que no colaboran, los que eligen. Los que dicen no.

Por último, y esto ya es un asunto que excede la propia obra, quedaría por pensar el propio acto de Palach como hecho político.

En su libro Ganarle a Dios, la periodista polaca Hanna Krall relata una entrevista que realizó a uno de los últimos sobrevivientes protagonistas del levantamiento del gueto de Varsovia contra el exterminio nazi en 1943. Durante la conversación, el hombre recuerda el suicidio del jefe de la comunidad judía del gueto con indignación, «no porque eligiera morir, sino porque lo tomara como un asunto privado, en el mismo momento en que los vagones de los trenes comenzaban a ser llenados con familias enteras arreadas como ganado hacia Treblinka. Su suicidio pudo ser un acto político, de denuncia pública, y eligió convertirlo en un acto privado».

Baste recordar también que la oleada de revueltas, protestas y crisis revolucionarias bautizadas posteriormente con el nombre de «Primavera Árabe» comenzó con la inmolación pública de un vendedor ambulante tunecino después de ser golpeado y robado por la propia policía del régimen.

Bueno, pero finalmente qué hacer (o no) con la muerte es un asunto que excede este artículo (y a su redactor).

Esperemos que sepan disfrutar Horící ker (La zarza ardiente).

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