Monedas antiguas, un viaje a la memoria extraviada

Las monedas esconden muchas historias para los numismáticos sabedores del oficio, secretos de grandes falsificadores y vueltas geopolíticas de regiones lejanas, y son un refugio para las cosas amenazadas por el óxido, el hongo y el olvido, nos cuenta este hermoso artículo de Ariel Stieben.

Moneda de 20 hallierov, Eslovaquia, 1942
Moneda de 20 hallierov, Eslovaquia, 1942

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Los numismáticos, al igual que los filatelistas, son sabedores de muchas cosas, sobre todo de historias en desuso. Son un refugio para cosas amenazadas por el óxido, el hongo y el olvido.

Sabedores del oficio, de grandes falsificadores y de vueltas geopolíticas de regiones lejanas. En una estampilla o una moneda se ocultan muchas historias. Son aduanas que consienten el cruce a otros pasadizos, y es entonces cuando se descubre que hay mercancías cuyo precio siempre está por debajo de su valor. A veces, para analizar las ondulaciones y los subterráneos de un relieve histórico, es preciso amar lo perimido o lo dejado de lado. De otro modo, se escurren.

¿Cómo llegaron tan lejos estas monedas? ¿Qué hambre satisfecha, que impuestos fiscalizados, que mercancías encargadas? ¿Se habrá derramado sangre por ellas? Una moneda antigua es un antídoto personal, un amuleto ambiguo en el cual se ha invertido la carga negativa. La moneda parece acuñada con torpeza. Las actuales parecen cortadas por el mismo patrón de medida. Se diferencian por el motivo y el diseño, nunca por el troquel antropológico. En el patrón oro o dólar calzan todas nuestras huellas digitales de hoy, como si fuera la ostia consagrada al becerro de los cinco continentes. Cuando la religión y la política titubean, persiste la moneda como ancla que traba la fuga. En épocas de paz, el dinero tasa el tiempo de los hombres y sus mercancías; en épocas de guerra, se vuelve el peor usurero. Una moneda antigua es una lupa capaz de exponer un panorama del fin del mundo.

Hace mucho tiempo, existieron numerosas naciones títeres eructadas durante la expansión nazi en Europa. El gobierno de Ion Víctor Antonescu, conducátor de Rumania, y la regencia del almirante Miklós Horty en Hungría. La república italiana de Saló, el protectorado alemán sobre Bohemia y Moravia, el estado independiente de Croacia, la República de Vichy, el gobierno de monseñor Jozef Tiso en Eslovaquia. En Alemania, como en esas naciones, se construyeron infiernos para los judíos, y cada nación ocupada y aliada pagó la cuota más alta posible. La mayoría de los judíos rumanos fueron asesinados en Transnistria, y el resto sucumbió en el campo de concentración de Cluj, donde estuvo Transilvania, donde la sombra de Vlad Tepes aún aletea en la memoria de los campesinos. En otros lugares se encuentran identidades arrasadas; izquierdistas, homosexuales, pacifistas, gitanos, serbios y testigos de Jehová. Números. Un solo testimonio del espanto los abarca a todos. Sin embargo, eso nunca parece bastar.

Esos países y naciones títeres emitieron moneda, o más bien lo confiaron a los cuños de la Casa de la Moneda de la ciudad de Leipzig. En Vichy circulaba dinero cuya divisa oficial era «Travail, Famille, Patrie», pero también se emitieron vales y chapas. Ucrania tuvo el karbovanez, billete de ocupación emitido en 1942. Bohemia y Moravia, el koruna. Eslovaquia, el halierov. Estonia el krooni, Croacia el kuna, Austria el kronen, Rumania el leu, y así sucesivamente. Estas monedas desaparecieron al finalizar la Segunda Guerra Mundial y al poco tiempo ya eran curiosidades numismáticas. Nacidas de las planchas estatales nazis, acabaron en catálogos de coleccionistas.

También los campos de concentración tuvieron su propia moneda, vales entregados a los internos cuando ingresaban a cambio de sus posesiones y su dinero. Su radio de valor terminaba en las alambradas. Un sistema monetario específico para impuros; la estrella amarilla identificaba a la mayoría, pero también el triángulo negro de los gitanos, el celeste de los emigrantes caídos en redadas, el verde de los criminales y el rosa de los homosexuales. El rojo servía para todos los demás.

El tacto del patriota explora los relieves de la monedas con la yema de los dedos y el borde de la uña, y con la misma velocidad con que se atrapa al vuelo una moneda se dispara el índice hacia el descastado.

El dinero es uno de los lubricantes imprescindibles del sistema nervioso de toda ciudad. Salario, préstamo, propina, soborno, vuelto, limosna, el dinero pasa de mano en mano. ¿Es la mano la mejor conductora de la circulación monetaria? ¿Bastaría con que alguien se negara a pasar dinero para que se cortara todo circuito? En todo lugar donde circula el dinero se espesan el miedo y la resignación, y no siempre es fácil establecer el grado de consentimiento. Mientras tanto, la moneda circulaba. ¿Fatalidad inevitable? Si la supervivencia es ineludible, las manos serían inocentes y la manipulación ordinaria de billetes y monedas pertenecería a una suerte de ámbito público neutro. Pero en los campos de batalla no suele distinguirse lo público de lo privado.

¿Que significó colaborar? En los países aliados del Tercer Reich, el humus donde germinó la legitimidad de sus gobiernos no fue abonado por la derrota o la ocupación sino por el acatamiento cotidiano, donde la trilla estatal separaba desde hacía mucho tiempo la paja del grano. El odio fue sembrado a veces por ideólogos, otras veces por partidos políticos, otras por eclesiásticos y tantas otras veces por la mayoría. Por la indiferencia, siempre.

Hay semillas que germinan después de un siglo, incluso si se ha renovado el suelo y cambiado el cultivo. En 1416, nueve años después de la llegada del primer grupo de zíngaros a Alemania, se dictó la primera ley antigitana. Se establecían permisos para matarlos donde se encontraba la previa violación de las mujeres. Evolución aséptica: las mujeres gitanas serían las primeras en ser esterilizadas en Dachau, en el verano de 1936. El holocausto judío y gitano, la Shoá y el Porrajmos, son simétricos, y no fueron una excepción en la tradición centroeuropea y eslava de inquisición y pogromo, sino su aceleración y perfeccionamiento.

Por eso históricamente las Termópilas, Masada, Montségur, la Comuna de París, constituyen rechazos inquietantes, no tanto por el apego a la vida del común como por las justificaciones de la filosofía política. Se pueden enumerar las responsabilidades, o comprender el terror, o graduar la conducta de la población, pero no se llega a ningún lado. En Polonia casi no sobrevivieron judíos, y en Bielorrusia, Crimea y Croacia no quedó ni un sólo gitano. Los judíos y gitanos que formaron un grupo de resistencia en Lublin sabían muy bien lo que hacían. Solo el partisano tenía derecho a decir que no estaba concernido por la moneda de uso corriente. Y es casi un milagro que se hayan formado grupos armados tras las líneas, incluso en los guetos. En Francia, en Italia, en Eslovenia, en Serbia, en Rusia. En Francia los llamaron franc-tireurs y acuñaron su propia moneda partisana. Un sistema monetario del cual quedan en el mercado numismático pocos ejemplares, considerados invalorables. Incluso el depuesto y exiliado rey de Yugoslavia emitió dinares en Londres a fin de no reconocer la ocupación nazi. El derrotado, y quien se ha marchado al monte, no solo conservan una honra: también una iconología.

Todo esto es hoy una nota al pie del libro del siglo. Para el común de la gente, el futuro es todo, y el pasado aberrante, un puente atravesado y demolido. La peste jamás termina de irse, y los antídotos solo consiguen mutar el funcionamiento de su cepa. La tensión entre partisanismo, colaboracionismo e indiferencia acaba soterrada o negociándose en las transiciones políticas. Las relaciones mantenidas con la moneda son, desde antiguo, clave de comprensión de la vida moral de los pueblos. Una moneda retrocede de mano en mano, de anciano en anciano, siglo a siglo para estrechar el puñal de Caín y la traición de su orín congelado.

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