Paul Auster: austera vida evaporada en palabras que se anulan entre sí

Despedimos al escritor estadounidense Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 3 de febrero de 1947 - Nueva York, 30 de abril de 2024) recordando, entre otras cosas, su traducción de las crónicas guayaki de Pierre Clastres y la influencia de la excéntrica fotógrafa Sophie Calle en su obra.

Paul Auster en 1990 en Le Magazine Littéraire, n° 281
Paul Auster en 1990 en Le Magazine Littéraire, n° 281

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La vida se va llenando de muertos, de muertes de cineastas pioneros (Carlos Saguier, 1945-2024), de escritores de culto (John Barth, 1930-2024), de fundadores de la etnopoética (Jerome Rothenberg, 1931-2024), de poetas cascarrabiosos (Jacobo Rauskin, 1941-2024), de directores técnicos de fútbol mephistofélicos a sueldo de militares latinoamericanos (Menotti, 1938-2024), de científicos cognitivos-militantes del ateísmo (Daniel C. Dennett, 1942-2024), de guitarroristas profetas del noise rock (Steve Albini, 1962-2024), etc.

Entre ellos, me toca hablar hoy de Paul Auster (1947-2004). De los libros de ficción narcisista y logocéntrica (Claude Grimal) que escribió y aún recuerdo; en mi caso, en especial uno: Fantasmas (1986), la segunda de la policíaca trilogía neoyorquina. De un libro traducido con peripecias novelescas escrito por Pierre Clastres sobre los guayaki del Paraguay. De su amor también detectivesco por seguir a los personajes anónimos (o que llevan meramente como nombres apelativos cromáticos), a su vez perseguidos por Sophie Calle…

Fantasmas me remite un poco a Tarantino y mucho a Feinmann/Aristarain

En Reservoir dogs (1991), todos –menos el jefe, Joe Cabot, y su hijo, «Nice Guy» Eddie Cabot– usan alias: Sr. Brown, Sr. White, Sr. Blonde, Sr. Blue, Sr. Orange y Sr. Pink.

En Fantasmas, White encarga a Blue seguir a Black (que habita la Orange Street). Blue se instala en un apartamento situado frente al de Black para una mejor observación. Black pasa su jornada escribiendo. Blue envía sus informes a White y luego decide ir a la casa de Black en su ausencia. Y roba los papeles de Black: que resultan ser sus propios informes. Retorna a confrontar a Black, que de hecho no es más que White, y termina por matarlo, como éste lo había planeado y arreglado.

Tampoco podemos olvidar el ensayo de 1983 de Baudrillard que sigue a la Suite veneciana (plis, sígueme, nos dice su subtítulo), de Sophie Calle: tiene varios puntos en común con nuestra novela: el voyeurismo, la observación de objetos en ausencia del propietario, la persecución o seguimiento.

Con Últimos días de la víctima (1982), película de Adolfo Aristarain basada en la novela del mismo nombre de José Pablo Feinmann (de linaje judío como el novelista norteamericano) editada en 1979, también comparte el voyeurismo y el seguimiento. La delectación morosa y casi erótica del killer en la observancia y vigilancia de su víctima. Esto lo presenciamos al inicio de la película, cuando Mendizábal, el asesino, manosea los objetos de su presa –en una violación final e in situ de la intimidad– con una suerte de cariño sabio, pues ya los conoce al dedillo por la infinidad de fotografías que ha tirado de cada uno de ellos y de cada rincón donde habita su objeto de caza. Y en la secuencia final, se nos muestra que el ojo vigilante, al cruzar al otro lado del espejo, descubre que también es un mero objeto de vigilancia a su vez. Vemos al voyeur voyeurizado, al yo y el otro en una intensa relación especular, de dobles intercambiables.

Según Grimal (en «Etats-Unis 1960-1990: 30 ans de littérature», Le Magazine Littéraire, n° 281, 10/1990), la obra de Auster está constituida casi únicamente por variaciones infinitas sobre la soledad, entremezcladas con una meditación sobre el lenguaje, la filiación, el pasado y una obsesión por la nada, la desaparición y el doble.

La primera novela de la trilogía, City of glass (Ciudad de cristal, 1984), tuvo una adaptación gráfica a cargo de Paul Karasik y David Mazzucchelli en 1994. Allí el hombre que el detective Quinn se supone debe seguir desaparece, los patrocinadores de la vigilancia se evaporan y, al final, el detective mismo se volatiliza.

Como traductor de las crónicas guayaki de Clastres, merece comentarse que exagera su importancia inventando –como buen mitómano que es todo novelista– un cuento fabuloso de la desaparición y reaparición milagrosa, veinte años después, del manuscrito dactilografiado de su versión inglesa del libro franchute. Homologa fantástica y sofísticamente la desaparición de su traducción con la supuesta desaparición, en la actualidad, de los indios guayaki y del autor del libro. Importante, sí, es su caracterización del antropólogo francés: «al delinear esta civilización desconocida para nosotros, Clastres escribe con la astucia de un buen novelista».

Se escribieron varias cartas; copio un fragmento de una de ellas aquí:

24 de septiembre de 1976

456 Riverside Dr.

Nueva York NY 10027

Estimado Pierre Clastres

Dos días antes de recibir su carta, un editor de Urizen Books (el mismo que trabajaba en Schocken Books, sobre el cual escribí el año pasado) me pidió que tradujera las Crónicas de los indios guayaki, un trabajo, por supuesto, aceptado de inmediato.

Paul Auster.

(En: Cahier Pierre Clastres, Sens & Tonka, 2011–ed. Miguel Abensour, Anne Kupiec).

*Cristino Bogado es poeta, narrador y ensayista. Como editor, ha publicado los libros Revista Guarania 100 años (2020) y Lenguas de la Poesía Paraguayensis (2022). Como periodista, escribe en El Trueno con el seudónimo de Paranaländer y conduce el programa Paranaländer Desencadenado en el canal LilaPlayTV (Twich) los viernes de 16:00 a 17:00 horas. Ha publicado, entre otros libros, Puente Kaí (2015, poesía), Pindo Kuñakarai (2018, novela), Iporãkaka (2019, relatos), Poema Rendy (2021, poesía), Sueño Aché (2022, artículos) y Mandyju (2023, poesía y relatos).

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