La rubia tatuada

«Oooh, tienes un tatuaje que armoniza con tu personalidad…» (De Road Worrier, episodio 11 de la primera temporada de la serie de MTV Daria, 1997)

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Este lunes andaba por la calle cuando me llamaron al celular desde un programa de radio. Tras hablarme de un «obispo antitatuaje», el conductor del programa me preguntó, al aire: «¿Qué le dirías vos, Montse, a este pa’i oscurantista, desubicado, reaccionario...?». Etcétera.

Era obvio que esperaba que yo también me sumara a todos los demás en sus, seguramente, masivos ataques contra esa persona. Yo jamás haría algo así. Le dije que no voy a misa ni profeso ningún credo, así que no había escuchado la homilía y no podía opinar sobre ella.

(Antes de seguir, apunto que esto –«sin escuchar x no puedo opinar sobre x»– debería ser evidente para todos por lógica elemental. Y que no lo es. Sigo.)

Escuché, un par de días después, la parte de esa homilía en la cual el obispo habla de los tatuajes. Dice, más o menos (lo trascribo lo mejor que puedo): «Deben tener objetivos en la vida en vez de llenarse de tatuajes, por ejemplo, que no sirven para nada. ¿De qué sirven los tatuajes? Hablan de un alma vacía, en general, ¿no? A lo mejor algunos tienen la buena intención de dar un mensaje; pero los mensajes se dan con el testimonio, no con un tatuaje». Lo comparé con los diarios: tras suprimir las expresiones («en general, por ejemplo, a lo mejor, algunos») que relativizaban lo afirmado o acotaban su sentido por el contexto («tener objetivos en la vida, testimonio y no tatuaje»), traían titulares como: «Iglesia dice que tatuados tienen almas vacías», «Para obispo, quienes se tatúan tienen el alma vacía», etcétera.

Okay...

Okay. Equis dice algo, la prensa lo descontextualiza y lo exagera para que se haga viral, y se hace viral. Nada nuevo. La masa es irracional y la prensa es amarilla: fin del misterio.

Pero al día siguiente vi que dos de mis contactos en Facebook, intelectuales reconocidos en Paraguay, atacaban a ese obispo y no citaban el fragmento de la homilía trascrito arriba, sino sus versiones periodísticas.

Y luego vi que no eran dos, sino muchos.

Principalmente, denunciaban la omisión en esa homilía de temas como la pedofilia en la Iglesia, entre otros, y defendían el valor del tatuaje mencionando su importancia en otras culturas y su historia desde la Antigüedad.

En cuanto a lo primero, el discurso homilético solo glosa la lectura del día; sus caracteres estilísticos y temáticos se han definido históricamente de ese modo a partir de su función litúrgica. Y en cuanto a lo segundo, es obvio que el obispo hablaba de los tatuajes como moda actual, no como tradición cultural. ¿Podían carecer estas personas de rigor a tal punto?

¿O habría un móvil oculto? Lo que dijo el obispo no bastaba para armar el bardo que se armó. Solo era la misma onda abuelo-que-te-reta de siempre. ¿Qué tal si la prensa lo hubiera exagerado, no para vender más, sino con otros fines? ¡Emocionante! Tendría que descubrir quiénes ganarían algo (y qué algo) con los efectos (directos o indirectos, a corto o largo plazo) del descrédito de este obispo (del que nada sabía, ni sé).

Pero un recuerdo abortó mi aventura conspiranoica: la víspera, un amigo me había mostrado un diagrama que ilustraba la tesis de la «espiral del silencio».

En la década de 1970, la politóloga alemana Elisabeth Noëlle-Neumann confirmó con experimentos una hipótesis: si pedía, por separado, a varias personas que eligieran entre diversas opciones, una vez en grupo seis de cada diez (mínimo) cambiaban su opción por la mayoritaria. Y postuló que la gente se suma a la mayoría por temor al aislamiento social. Ser parte del grupo da una sensación de poder, y confianza en el propio valor.

Las modas, mecanismos de integración colectiva, imponen hábitos, prácticas estéticas, signos de pertenencia que permiten ser parte del grupo. En un artículo sobre la opinión pública (aquella «que cada individuo puede expresar en público previendo una buena acogida»), publicado en Communication & Society, dice Noelle-Neumann: «El término “opinión” en “opinión pública” no hay que tomarlo al pie de la letra, esto es, como opiniones expresadas verbalmente; abarca también símbolos que representan actitudes o valores, como insignias, lemas, banderas, vestidos, peinados, marcas de automóvil, pegatinas…»

Y tatuajes, claro.

OPINIÓN PÚBLICA

Fuera de integrar esa «opinión pública» (en el sentido del artículo de Noelle-Neumann), y de su belleza ornamental, los tatuajes no tienen, en general, hoy más funciones. Es del todo distinto su papel, claro está, en otras culturas –entre los aché o los maoríes, por ejemplo–, o en ámbitos en los cuales, por estar asociados íntimamente a modos de vida y experiencias reales, son más que adornos –entre los presidiarios o los miembros de la Yakuza, por ejemplo–.

Pero en nuestro mundo y en nuestra época, los tatuajes no son sino una moda socialmente bien vista. Tattoos are cool. Y, a veces, también son un arte.

Dicho esto, no creo que tatuarse sea bueno ni malo. Que te guste algo que está de moda no significa necesariamente que seas un tonto. Ni que no lo seas.

Pero sobre todo creo que, si lo dicho por el obispo lo hubiera dicho otro emisor, y con otro léxico, no hubiera sido atacado como lo fue. La figura y el discurso de un cura no son trendy, no son cool. Era un blanco seguro: todos se sumarían a la mayoría en su contra, como en un experimento de Noelle-Neumann.

Creo que si este obispo hubiera dicho, por ejemplo: «La identidad dada por modas como el tatuaje es signo de conformismo y vía de asimilación de valores hegemónicos» o «El consumismo reduce la responsabilidad sobre las elecciones y suprime el pensamiento crítico; un ejemplo es tatuarse solo porque está de moda» o «Los signos que connotan estatus –música, tatuajes, ropa– los dictan cúpulas comerciales», diría lo mismo que dijo pero con un léxico que connota más estatus y que tiene más prestigio y, por ende, más autoridad.

Y si además, en vez de obispo, hubiera sido un crítico cultural o un científico social famoso, ni uno solo de esos intelectuales que lo llamaron «oscurantista, retrógrado, reaccionario», etcétera, hubiera osado hacerlo.

El poder respalda cierto tipo de saber que el discurso dominante legitima. Creo que la mayoría de la gente no se da cuenta de nada de esto, ni de por qué está bien visto socialmente atacar a un cura, por ejemplo, ni de cómo funciona su mente. Todo eso que ignoran es tan poderoso, tan «real», gracias a que no se dan cuenta. Es el terreno de ese poder que alcanza el cuerpo, las palabras, los gestos, las actitudes, el núcleo de las personas y se vuelve para ellas, de ese modo, invisible.

Para mí, el gran error de este obispo fue no haber sido lo bastante salvaje, lo bastante anti-sistema, lo bastante loco, lo bastante punk. Su error fue haber sido razonable. Cuando dices algo que inevitablemente te hará impopular, es un desperdicio serlo. Las personas se adaptan a las opiniones dominantes en su contexto social sobre qué conductas o ideas son aceptables y cuáles no. Así, por ejemplo, la conformidad generalizada en materia de tatuajes y homilías empuja al rebaño a alabar a coro a aquellos y a denostar a estas, pese a lo antes expuesto sobre lo absurdo de sus argumentos.

El obispo es, en toda esta historia, lo de menos. Lo espantoso no es él: lo espantoso es la gran farsa de esta sociedad, tan progre a la izquierda y a la derecha, en la que nadie tiene ni lucidez ni agallas para atreverse a pensar en serio y todos arrojan piedras desde alturas que no existen.

El título de este artículo alude al hit brutal del gran Luca Prodan (Roma, 1953 - Buenos Aires, 1987) «La rubia tarada». A quienes lo conozcan y lo aprecien, les dedico este cover para cargar la página con asco y con risa, con rabia y con música:

Caras conchetas, miradas berretas

y hipsters con tatuajes de peluche.

Oigo «Dame», y «Quiero», y «No te metas»,

y «¿Te bajaste la nueva app de Gucciiiii?»

La rubia –tarada, tatuada, aburrida–

me dice: «¿Por qué te pelaste?»

Sho: «Por el asco que da tu-so-ciedad.

Por el tattoo de hoy, ¿cuánto gastaste?»

Un neo zurdito con el acento finito

quiere hacerse el chico malo.

Tuerce la boca, se arregla el pelito,

y pela antebrazo… con tatuajes ¡caros!

¡BASTA! ¡Me voy rumbo a la puerta

y después al boliche en la esquina,

a tomar una ginebra con gente despierta:

esta sí que es Argentinaaaaaaaaaa!

Bibliografía

Elisabeth Noëlle-Neumann: La espiral del silencio. La opinión pública y los efectos de los medios de comunicación, en: Communication & Society, 6 (1 y 2), pp. 9-28.

–––-La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, Barcelona, Paidós, 1995.

Discografía:

Luca Prodan, Germán Daffunchio y Diego Arnedo: «La rubia tarada», primer tema del álbum debut de la banda de rock Sumo «Divididos por la felicidad», Argentina, Discos CBS, 1985.

Constitución poética IV

Venerar la cicatriz, el dolor cristalizado, el tiempo cosido a la carne y execrar el tatuaje, costura comprada y exhibida como una alhaja.

[De El dripping del tiempo (Diario de viaje), de Cristino Bogado]

montserrat.alvarez@abc.com.py

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