La frontera que incomoda: entrevista con un sociólogo sobre los carteles de odio entre Paraguay y Brasil

Los carteles instalados a pocos metros del Puente de la Amistad que une Ciudad del Este con Foz de Iguazú generaron un revuelo social.

Una serie de carteles digitales con mensajes de contenido xenófobo reactivó el debate sobre la convivencia entre paraguayos y brasileños en la frontera. En entrevista exclusiva para ABC Color, el sociólogo Camilo José Caballero Ocariz analiza el impacto simbólico del episodio, los riesgos sociales y la fragilidad de una integración basada en el intercambio cotidiano más que en una identidad compartida.

La convivencia entre paraguayos y brasileños en la frontera entre Ciudad del Este y Foz de Iguazú se puso a prueba hace una semana, cuando aparecieron carteles digitales que incitaban al odio. El sociólogo Camilo José Caballero Ocariz nos brinda un análisis reflexivo sobre lo ocurrido.

Convivencia pragmática en la Triple Frontera: “funciona, pero es frágil”

¿Cómo puede influir este tipo de mensaje de odio en la convivencia multicultural en la frontera?

Partimos de que la convivencia en la Triple Frontera es real, pero todavía no constituye una integración intercultural plena. Es lo que yo llamaría una convivencia pragmática: se sostiene sobre el intercambio, el comercio, el trabajo, el parentesco, la doble residencia, el portuñol y el guaraní como lenguas francas, más que sobre una identidad compartida. Es una paz construida sobre el interés mutuo y, por eso, es eficiente, pero frágil ante lo simbólico.

Entonces, mensajes como estos no destruyen esa convivencia, jamás, pero la someten a una prueba de estrés: convierten una asimetría que normalmente está latente en un antagonismo visible. Operan como lo que Bourdieu llama violencia simbólica: el mensaje sostiene una jerarquía. “Acá manda Brasil en el fútbol, en la economía y en la diplomacia”, decía el cartel. Y lo hacen en el peor momento posible, la previa de un Mundial, cuando el nacionalismo cotidiano y casi invisible que describe Michael Billig se vuelve más intenso y movilizador.

Mensajes como estos no destruyen esa convivencia, pero la someten a una prueba de estrés: convierten una asimetría latente en un antagonismo visible.

Camilo José Caballero Ocariz, sociólogo.

El riesgo social: cuando el “vecino” se convierte en “rival”

¿Qué riesgo social puede generar esto?

El riesgo concreto es el deslizamiento de categorías: que el “vecino” pase a leerse como “rival”. Vale leer también la reacción ciudadana, con el cartel derribado, en clave durkheimiana: fue un acto de efervescencia colectiva, un ritual espontáneo de reafirmación nacional. Tranquiliza porque muestra anticuerpos sociales; preocupa porque muestra cuánta carga afectiva había disponible para ser encendida.

Puede influir convirtiendo una diferencia nacional, que en la frontera suele ser parte de la vida cotidiana, en una marca de confrontación. En la Triple Frontera, ser paraguayo, brasileño, argentino, descendiente de japoneses, árabes, chinos, coreanos u otros grupos no es algo excepcional. Es parte de la composición histórica y social del territorio. El problema aparece cuando esa diversidad deja de ser tratada como una característica normal de la convivencia y pasa a ser presentada como motivo de burla, superioridad o desprecio. Estos mensajes pueden romper códigos de convivencia que en la frontera son muy importantes.

“El riesgo concreto es el deslizamiento de categorías: que el ‘vecino’ pase a leerse como ‘rival

Camilo José Caballero Ocariz, sociólogo.

¿Cómo funciona esta convivencia fronteriza?

La frontera funciona porque hay acuerdos informales todos los días: se compra, se vende, se trabaja, se cruza, se habla en portuñol, se negocia y se convive. Un cartel xenófobo ataca justamente ese tejido cotidiano.

Además, este tipo de insultos tiene un efecto performativo: aunque no represente a la mayoría, obliga a todos a reaccionar. Instala una escena de agravio. Los paraguayos pueden sentirse atacados como colectivo; los brasileños pueden sentirse injustamente asociados a una provocación; las instituciones quedan presionadas; y la opinión pública empieza a discutir no solo el hecho, sino la relación entre nacionalidades. Ahí está el riesgo: que un acto minoritario logre imponer una conversación mayoritaria en clave de conflicto.

Es un riesgo que aquí no tomó mucha fuerza, pero es importante entender cómo funciona.

Ciudadanos enfurecidos destruyeron uno de los carteles ofensivos colocados en Ciudad del Este.

Identidades mixtas en Alto Paraná: integración sin asimilación

En varios distritos de Alto Paraná están asentadas comunidades de brasileños, japoneses y otros grupos que mantienen fuertes raíces culturales, como el idioma, la gastronomía, los bailes y los deportes.

¿Cómo se explica este fenómeno y por qué se da?

Creo que hay que desarmar un prejuicio común: que mantener el idioma, la gastronomía, los bailes o los deportes de origen sea una falla de integración. No necesariamente es así. Sociológicamente, es lo contrario: es una adaptación racional y funcional a la lógica de frontera.

La frontera debilita la presión asimilacionista del Estado-nación. Lejos del centro, donde el Estado “fabrica” homogeneidad, el borde permite vivir entre dos países sin tener que disolverse en uno. Existen gradientes identitarios y, en la Triple Frontera, opera la lógica del enclave étnico y del nicho económico.

A modo de ejemplo, la colectividad brasileña ligada al agronegocio, las colonias japonesas a la producción agrícola tecnificada y las comunidades árabe, china, coreana y taiwanesa al comercio de Ciudad del Este. En ese contexto, la red de origen, la lengua, la confianza y los contactos son capital económico; conservarlos rinde y se convierte en capital en sentido bourdieuano.

Son campos sociales transnacionales, familias que tienen un pie en cada orilla, con migración en cadena, donde la identidad de origen no es nostalgia, sino infraestructura de la vida diaria.

Dicho de otro modo, Alto Paraná funciona más como un multiculturalismo de yuxtaposición que como una interculturalidad de intercambio profundo. La diversidad es densa y vital, pero las costuras entre comunidades son más finas de lo que parecen, y eso es justamente lo que un episodio como el del cartel pone a prueba.

Ciudad del Este y varios distritos del departamento crecieron tanto con migraciones internas paraguayas como con migraciones extranjeras. Que estas comunidades mantengan su idioma, su comida, sus fiestas, sus deportes o sus instituciones no debe interpretarse automáticamente como falta de integración. En muchos casos es exactamente lo contrario: es una forma de integración plural.

Las comunidades se integran al territorio sin borrar completamente su memoria cultural. Una comunidad japonesa puede sentirse profundamente parte de Yguazú y, al mismo tiempo, conservar prácticas culturales japonesas. Una familia brasileña puede vivir desde hace décadas en Paraguay, trabajar la tierra, comerciar, pagar impuestos, participar de la vida local y mantener el portugués o ciertas costumbres brasileñas.

Lo mismo ocurre con otras colectividades. La frontera produce identidades mixtas, prácticas híbridas y pertenencias múltiples. Por eso, los intentos de reducir la convivencia a una oposición simple entre paraguayos y brasileños, nacionales y extranjeros, son pobres y políticamente peligrosos.

Frontera y economía: cooperación, competencia y asimetrías

¿Qué factores sociales, políticos o económicos podrían estar detrás de la aparición de mensajes de este tipo en una zona históricamente caracterizada por la integración entre diferentes nacionalidades?

Hay que ser prudentes hasta que se determine la autoría y las responsabilidades concretas. Puede tratarse de una provocación organizada, de una negligencia grave, de un conflicto comercial, de un hackeo o de una acción con intencionalidad política. No lo sé.

Pero sociológicamente se pueden identificar algunos factores que ayudan a entender por qué un mensaje de este tipo puede aparecer y tener impacto. Uno de ellos es entender que esa integración entre diferentes nacionalidades, como comenté anteriormente, es una integración particular.

La frontera combina integración con competencia. Paraguay y Brasil están profundamente conectados, pero esa relación también tiene asimetrías económicas, demográficas, comerciales y culturales. Brasil tiene un peso regional muy fuerte y Paraguay posee una identidad nacional muy sensible frente a cualquier gesto que pueda ser leído como desprecio o subordinación.

La ubicación y la cartelería, en este caso, no son un detalle menor: ocupan espacios visibles y producen mensajes públicos. Lo que aparece en una pantalla o en un cartel de gran tamaño no queda como una opinión privada; se vuelve una intervención en el espacio común.

La frontera combina integración con competencia. Paraguay y Brasil están profundamente conectados, pero esa relación también tiene asimetrías económicas, demográficas, comerciales y culturales.

Camilo José Caballero Ocariz, sociólogo.

El espacio público en disputa: carteles, redes y amplificación digital

Vivimos en una época donde la provocación circula muy rápido. Un mensaje ofensivo no necesita representar a una mayoría para generar efectos. Basta con que sea visualmente fuerte, indignante y viralizable para instalar una conversación pública. En ese sentido, este tipo de acto puede buscar menos convencer y más provocar, dividir o generar ruido social.

El fútbol es un condensador. En la previa mundialista, el deporte funciona como esa “guerra sin disparos” de Orwell, un canal socialmente autorizado para tramitar rivalidades nacionales.

También está la amplificación digital y el anonimato: una provocación montada en una pantalla LED en un espacio sensible y viralizada por redes, con la hipótesis del hackeo de por medio, escala a escándalo nacional en horas, con muy bajo costo para quien la origina.

Existe además un vacío institucional. El mensaje pudo ocupar ese lugar precisamente porque ese espacio público estaba mal gobernado. Se reconocieron concesiones sin licitación y sin pago al Estado. La columna de opinión de ABC lo sintetizó bien al señalar que el problema de fondo no es el cartel, sino la capacidad del Estado de administrar un bien que es de todos y que ese sitio funcionaba como una “tierra de nadie”.

Hay una anomia regulatoria que vuelve el espacio público disponible para cualquier provocador con una idea y una pantalla.

¿Existe el riesgo de que estos mensajes generen prejuicios o tensiones entre paraguayos y brasileños, incluso cuando no representan el pensamiento de la mayoría de la población?

Riesgo hay, pero no hay que sobreestimarlo ni preocuparse demasiado. Por un lado, el riesgo opera mediante un mecanismo preciso: la bronca contra un provocador anónimo no se queda flotando; busca un blanco visible. Y el blanco visible no es el autor anónimo, sino el vecino brasileño, el brasiguayo, el que no tuvo nada que ver. Ningún brasileño concreto puso ese cartel, pero todos pueden terminar pagando el costo simbólico. Así es como una minoría de provocadores, multiplicada por la amplificación mediática, fabrica un clima que la mayoría nunca pidió. Es la mecánica del pánico moral que describe Stanley Cohen: el episodio se vuelve más grande que el hecho.

Por otro lado, hay un contrapeso que no quiero subestimar y que, como sociólogo, me parece el dato más esperanzador: la contramovilización fue inmediata y plural. Repudiaron el hecho la Cámara de Comercio, organizaciones feministas, la Municipalidad, el Gobierno, e incluso el sector señalado se apresuró a deslindar responsabilidades. Es decir, la sociedad fronteriza tiene anticuerpos y los activó rápidamente. La tensión existe, pero la frontera no está indefensa ante ella.

No es que de un día para otro se vaya a romper la convivencia entre paraguayos y brasileños. La integración cotidiana es particular, pero muy fuerte: hay comercio, empleo, familias binacionales, amistades, deporte, turismo, educación y cooperación. Pero justamente por eso hay que cuidar ese tejido. La convivencia no se sostiene sola; se sostiene porque las personas la practican y porque las instituciones la protegen.

El rol de las instituciones ante discursos de odio

¿Qué papel deben desempeñar las instituciones públicas y los líderes comunitarios para evitar que este tipo de expresiones derive en conflictos o actos de discriminación?

Hay muchas cosas que se pueden hacer. La primera y más concreta: el Estado tiene que ocupar y gobernar el espacio público. Este episodio es, antes que un problema de odio, una falla de gobernanza territorial. Regular las concesiones, transparentar quién autoriza qué en la franja de dominio y poner nombre a las responsabilidades hace más por la convivencia que cualquier declaración. Ahí, la falta de información alimenta rumores, y los rumores son muy peligrosos en contextos de frontera.

La segunda, decisiva: separar la firmeza contra la provocación del castigo al colectivo. Las instituciones deben ser tajantes con el hecho y, al mismo tiempo, explícitas en proteger a la comunidad brasileña residente. Condenar el cartel y nombrar a los vecinos como parte del “nosotros” fronterizo, en una misma acción.

La tercera: reencuadrar el Mundial. El fútbol puede ser una fiesta de la diversidad o un campo de batalla simbólico, y eso depende del marco que ofrecen los líderes. Los referentes comunitarios —clubes, colectividades, iglesias, gremios, etc.— tienen aquí más capacidad de moldear el clima que el propio Estado. Asimismo, un pronunciamiento conjunto, encuentros entre municipios, cámaras empresariales, organizaciones comunitarias, instituciones educativas y referentes culturales pueden ayudar a restablecer el marco correcto: la frontera como espacio de encuentro. Celebrar el encuentro.

La cuarta, de fondo: pasar de la tolerancia a la interculturalidad. Tolerar es soportar al otro; integrar es reconocerlo y construir con él. Aquí retomo nuevamente la idea de la integración mencionada en las preguntas anteriores.

Y la quinta: no alimentar la espiral. Una respuesta proporcionada desinfla el pánico; una respuesta histérica lo confirma. Parte de la madurez institucional consiste en no darle a un provocador la dimensión nacional que buscaba.

En los espacios de reflexión —instituciones educativas, grupos de amigos, familias, etc.— no basta con decir “esto está mal”. Hay que explicar por qué está mal. Está mal porque reduce a las personas a nacionalidades. Está mal porque utiliza el espacio público para producir desprecio. Está mal porque daña una convivencia construida durante décadas. Está mal porque desconoce que Alto Paraná es lo que es gracias a múltiples comunidades, incluyendo paraguayos, extranjeros, migrantes y otros grupos que han aportado a su desarrollo.

Finalmente, este episodio debería servir para pensar los desafíos de integración en la Triple Frontera. La integración no significa ausencia de conflictos. Significa capacidad de procesarlos sin convertir la diferencia en odio. La frontera siempre tendrá tensiones económicas, culturales, lingüísticas y políticas. Lo importante es que esas tensiones sean tramitadas institucionalmente y no mediante discursos de superioridad, provocaciones xenófobas o violencia simbólica.

La mejor respuesta sociológica es defender la convivencia sin ingenuidad. La Triple Frontera no es un paraíso multicultural sin problemas, pero tampoco es una zona condenada al conflicto. Es un laboratorio social complejo, donde la diversidad funciona todos los días porque la gente común la practica. Por eso, estos mensajes deben ser rechazados con firmeza, pero también con inteligencia.

La Triple Frontera no es un territorio sin tensiones. Tiene desigualdades, disputas económicas, diferencias culturales y memorias históricas complejas. Pero también es uno de los ejemplos más claros de convivencia práctica en la región. La integración no significa ausencia de conflictos; significa capacidad de procesarlos sin convertir la diferencia en odio.

Comentarios aparte: desde una lectura sociológica, este episodio no debe ser visto solamente como un hecho aislado de mal gusto ni únicamente como un problema de cartelería pública o de seguridad informática. Tiene que leerse como una intervención simbólica en un territorio muy sensible: la Triple Frontera.

¿Provocación aislada o síntoma social? Lo que dejó el episodio

En una zona como Ciudad del Este, Foz do Iguazú y Puerto Iguazú, donde la vida cotidiana depende de la circulación de personas, mercaderías, idiomas, familias, afectos y trabajos, un mensaje xenófobo no queda encerrado en el cartel. Circula socialmente, produce conversación, instala sospechas y puede activar tensiones que normalmente están contenidas por la convivencia diaria.

Igualmente, conviene no llamar a esto, sin más, “xenofobia”. La xenofobia clásica es el rechazo al extranjero que vive entre nosotros: el inmigrante, la minoría visible. Lo que apareció en la PY02 es otra cosa: un mensaje de triunfalismo nacional asimétrico —Brasil afirmando su dominio sobre Paraguay— colocado en suelo paraguayo y rematado con una imagen de agresión física. No es el “nosotros” expulsando al “otro”; es una humillación simbólica del “nosotros” en su propio territorio. Esa distinción no es un tecnicismo; precisa lo que el cartel puede activar de este lado.

Convivencia bajo presión: qué revela este caso sobre la Triple Frontera

¿Qué lectura social se puede dar a lo ocurrido con el cartel?

La Triple Frontera vive de una convivencia pragmática: se llevan bien porque se necesitan, y el desafío histórico es transformar eso en una integración intercultural, donde se lleven bien porque se reconocen, sin que las asimetrías lo impidan.

Episodios como el del cartel son pruebas de estrés: no crean el problema, sino que lo revelan. Muestran exactamente dónde los lazos son más delgados. La pregunta que dejan, más que “quién puso el cartel”, es si vamos a seguir conviviendo por interés o si vamos a animarnos a integrarnos por reconocimiento.

En síntesis, el mayor riesgo de estos carteles no es que expresen lo que piensa la mayoría, sino que intenten instalar una frontera simbólica de odio en un territorio que sobrevive y prospera gracias a la convivencia.

Camilo Caballero Ocáriz, sociólogo.

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