Cada 1 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Personas Sin Hijos, una fecha que busca visibilizar una realidad cada vez más frecuente —vivir sin descendencia— y, sobre todo, romper con la idea de que la adultez “se completa” únicamente a través de la maternidad o la paternidad.
Aunque suele circular como “día internacional”, no es una efeméride oficial de la ONU. Su origen se vincula a movimientos que, desde los años 70, reclamaron reconocimiento social para quienes no tenían hijos por elección.
Con el tiempo, la conversación se amplió: hoy la fecha también sirve para hablar de quienes no pudieron o no lograron tenerlos, y de los costos emocionales y sociales que eso puede implicar.
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No todas las personas sin hijos son “childfree”: diferencias que conviene entender
En el debate público, “no tener hijos” suele tratarse como una sola categoría, pero las trayectorias son distintas. “Childfree” se usa para describir a quienes deciden no tener hijos como proyecto de vida.
No es lo mismo que “childless” (sin hijos), que en inglés suele asociarse a una ausencia no necesariamente elegida.
Existen múltiples situaciones: personas que postergaron la decisión hasta que ya no fue posible, quienes enfrentan infertilidad o barreras de acceso a tratamientos, quienes no encontraron condiciones de pareja, salud o estabilidad, y también quienes eligen conscientemente no ser madres o padres.
Entender esas diferencias importa porque cambia el tipo de apoyo social, médico y emocional que cada grupo puede necesitar.
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Estadísticas y natalidad en el mundo: por qué cada vez menos personas tienen hijos
El fenómeno ocurre en gran parte del planeta. Según estimaciones de Naciones Unidas, la tasa de fecundidad global cayó desde alrededor de 5 hijos por mujer en 1950 a cerca de 2,3 en años recientes, con proyecciones de descenso adicional hacia mediados de siglo.
En muchos países, además, crece la proporción de personas que llegan al final de su edad reproductiva sin hijos, aunque con grandes diferencias por región y nivel socioeconómico.
Las razones son conocidas, pero se combinan de manera desigual: costos de vida y vivienda, empleos más inestables, dificultades para conciliar, falta de políticas de cuidado, cambios culturales, acceso a educación y anticoncepción, y también incertidumbre ante crisis económicas y climáticas.
La postergación, en particular, incrementa el riesgo de que un deseo de tener hijos no llegue a concretarse.
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¿Qué dicen los estudios sobre el bienestar de las personas sin hijos?
La evidencia no apunta a una regla única. Investigaciones basadas en encuestas longitudinales en Europa y Estados Unidos suelen encontrar que las diferencias promedio de satisfacción con la vida entre padres y personas sin hijos son pequeñas y dependen mucho del contexto: apoyo social, calidad de la pareja, salud, ingresos y políticas públicas.
La experiencia también cambia según el motivo: quienes son childfree suelen reportar niveles de bienestar comparables o superiores a promedios poblacionales, mientras que la involuntariedad (infertilidad o deseo frustrado) se asocia con mayor malestar, especialmente cuando hay estigma o presión familiar.
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No tener hijos no define por sí solo una vida “mejor” o “peor”, pero sí revela cuánto pesan las expectativas sociales y qué tan preparados están los países para sostener decisiones —y circunstancias— diversas.