La historia comienza mucho antes de las bombonerías europeas. En Mesoamérica, el cacao tuvo un valor que rozaba lo sagrado.
Mayas y mexicas lo bebían en preparaciones amargas, espumosas, a veces condimentadas con ahí, vainilla o achiote. No era “chocolate” en el sentido moderno, sino una bebida ritual y social, asociada a ceremonias, a la élite y al intercambio: las semillas funcionaron como moneda y símbolo de estatus.
El salto a Europa llegó en el siglo XVI, tras la conquista y el comercio colonial.
En las cortes ibéricas, el cacao se adaptó al paladar local con azúcar, canela y otras especias. Esa transformación fue clave: el chocolate dejó de ser un brebaje amargo y ceremonial para convertirse en un lujo dulce, energético y cada vez más deseado.
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¿Alimento o vicio?
Su consumo se expandió por España, Italia y Francia, y con él apareció la pregunta incómoda: ¿era alimento o era vicio?
Ahí se instala el “pecado”. En la gastronomía antigua, el chocolate cayó en una zona gris moral y religiosa, sobre todo entre los siglos XVII y XVIII.
La controversia estalló alrededor del ayuno y la abstinencia: si el chocolate se bebía, ¿rompía el ayuno? Teólogos, confesores y médicos discutieron su naturaleza.
Algunos lo defendían como bebida permitida; otros lo consideraban tan nutritivo —por su mezcla con azúcar, leche o yemas, según la receta— que equivalía a comer.
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En conventos y espacios clericales se registraron prohibiciones y advertencias, no solo por la norma, sino por el hábito: la taza caliente se volvió costumbre diaria, y la costumbre, tentación.
La sospecha no era solo religiosa. Moralistas y médicos de la época lo retrataron como excitante, casi afrodisíaco, capaz de “calentar la sangre” y estimular el apetito —incluido el sexual—, en un tiempo en que la comida se leía también como conducta.
El chocolate, además, era un marcador de privilegio: caro, importado, dependiente del trabajo colonial. Ese cóctel de lujo, placer y “energía” alimentó la idea de un gusto culpable, un capricho que podía desordenar el cuerpo y las costumbres.
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Con el tiempo, la industrialización del siglo XIX y la democratización del cacao diluyeron el estigma. El “pecado” quedó como metáfora, y el chocolate pasó de sospechoso a imprescindible.
Pero su historia recuerda que, antes de ser un símbolo de romance, fue también un objeto de disputa: una pasión servida en taza, capaz de provocar debates sobre deseo, poder y límites en la mesa.