El prelado lamentó que, a menudo, “por su pecado se maltrata a otros”, refiriéndose al daño que se causa tanto a las personas como al entorno natural. Señaló que, así como debemos ser misericordiosos con las personas, también debemos extender esa misericordia a toda la creación.
En ese contexto incluyó a la naturaleza y a los animales, lamentando que hoy se contamine el agua, se talen árboles y se maltrate a los animales. “La creación también sufre cuando no la cuidamos”, advirtió.
“Hermanos, hoy nos toca un tema interesante al que deberíamos prestarle mucha atención: todo encuentro con Jesús cambia la vida de uno y te da mucha alegría porque grande es su misericordia”, afirmó el obispo.
Explicó que el Evangelio de hoy presenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana en Sicar, junto a un antiguo pozo, donde la mujer iba cada día a sacar agua. Ese día encontró a Jesús sentado, fatigado por el viaje, y Él le dijo: “Mujer, dame de beber”. Este gesto, destacó Valenzuela, marca el inicio de un diálogo sincero, lleno de delicadeza y sin juicio, que reconoce la dignidad de la persona.
Valenzuela recordó que, en aquel tiempo, judíos y samaritanos no se trataban entre sí, y existían fuertes prejuicios hacia las mujeres. Sin embargo, Jesús no se detiene ante estas barreras. “Su amor es universal y su misericordia más grande que cualquier prejuicio”, explicó.
El encuentro permitió que la samaritana experimentara un cambio profundo: Jesús la confronta con su situación sin juzgarla, despertando en ella el deseo de ir más allá de la rutina diaria y descubrir la alegría del encuentro con Dios. “Todo encuentro con Jesús nos cambia la vida; es un paso adelante, un paso más cerca de Dios”, afirmó.
Emocionada y transformada, la mujer samaritana dejó su cántaro y corrió a la ciudad a contar su experiencia, anunciando que había encontrado al Mesías. “Este testimonio de sinceridad muestra cómo todo encuentro con Jesús nos da alegría, nos libera y nos transforma”, añadió el obispo.
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No avergonzar a quien peca
Valenzuela también recordó el ejemplo de San Francisco de Asís, quien enseñaba a no avergonzar a quien pecaba, sino a mostrar misericordia. Señaló que burlarse de los demás o hacer bullying los aleja de la oportunidad de encontrar el camino de la salvación.
Destacó que Francisco veía a todas las criaturas, incluyendo la naturaleza, como seres que necesitaban ternura y compasión, y lamentó que hoy se contamine el agua, se talen árboles y se maltrate a los animales.
El obispo insistió en que la misericordia no es un concepto abstracto, sino una práctica concreta que debe aplicarse a todas las áreas de la vida: a las personas, a los pobres, a los enfermos, a los leprosos, a los animales y a la naturaleza misma.
Recordó la famosa oración de paz de Francisco, que resume su misión de llevar amor, compasión y fraternidad a todos los seres.
“Debemos vivir una verdadera fraternidad con toda la creación y practicar la misericordia como acción concreta en la vida diaria, siguiendo el ejemplo de Jesús y de San Francisco”, concluyó.