Durante años, Paraguay ha construido una narrativa económica potente: energía abundante y accesible, estabilidad macroeconómica, baja deuda pública, presión tributaria moderada y una ubicación estratégica en el corazón de Sudamérica. Son fortalezas reales. De hecho, la energía competitiva y la baja carga tributaria fueron parte central de esa estabilidad y de la diferenciación que el país logró en una región marcada por la volatilidad.
Pero existe una pregunta que merece ser abordada sin eufemismos: ¿qué ocurre cuando el principal argumento competitivo de una economía es ser más barata que las demás?
Competir por costos es una estrategia válida en etapas iniciales de desarrollo. Permite atraer inversión, generar empleo y acelerar el crecimiento. El problema surge cuando esa ventaja deja de ser transitoria y se convierte en identidad permanente. Las economías que basan su posicionamiento exclusivamente en precios bajos tienden a concentrarse en actividades de escaso valor agregado, con márgenes reducidos y limitada capacidad de innovación.
Paraguay tiene hoy una oportunidad distinta. La estabilidad macroeconómica —inusual en América Latina— es un activo estratégico. La disciplina fiscal y la prudencia en el manejo de la deuda han construido credibilidad. Esa base no debe utilizarse solo para sostener competitividad en costos, sino para escalar hacia un modelo más sofisticado.
El capital global ya no se mueve únicamente por incentivos fiscales. Evalúa calidad institucional, previsibilidad normativa, infraestructura eficiente, talento calificado y estándares ambientales y de gobernanza. Analiza ecosistemas completos, no solo estructuras tributarias. Si Paraguay aspira a atraer inversiones que generen empleo mejor remunerado y transferencia tecnológica, debe consolidar esos factores.
El desafío no es abandonar nuestras ventajas actuales. Es transformarlas en plataforma. La energía competitiva puede ser el punto de partida para industrias más complejas. La estabilidad fiscal puede ser el cimiento para desarrollar un mercado de capitales más profundo. La ubicación estratégica puede convertirse en un hub logístico regional si se acompaña de infraestructura moderna y procesos eficientes.
También el sector privado tiene un rol central. Profesionalizar la gestión, invertir en tecnología, adoptar estándares internacionales y priorizar productividad no es una opción, sino una necesidad. Eso también exige una cultura empresarial más orientada a procesos, formación continua y mejora permanente. El diferencial del futuro no será cuánto cuesta producir en Paraguay, sino qué tan bien se produce.
La experiencia internacional demuestra que los países que lograron aumentar sostenidamente su ingreso per cápita evolucionaron desde ventajas estáticas —recursos naturales o costos bajos— hacia ventajas dinámicas basadas en conocimiento, innovación e institucionalidad sólida. Ese tránsito no ocurre automáticamente. Requiere visión estratégica y coherencia de largo plazo.
Paraguay ha demostrado resiliencia y orden en un entorno regional complejo. Precisamente por eso, el mayor riesgo hoy no es la inestabilidad, sino la complacencia. Ser eficientes en costos puede abrir puertas. Pero solo la capacidad de generar valor las mantiene abiertas. Y ese valor se construye con instituciones confiables, talento, inversión productiva y una visión de largo plazo que trascienda coyunturas.
La discusión que debemos dar no es cómo seguir siendo el país más barato. Es cómo convertirnos en uno de los más competitivos y sofisticados de la región. Ese es el verdadero salto pendiente.
*Economista y analista financiero especializado en desarrollo económico.