Puertas adentro, en casa, el paraguayo es optimista del futuro de su familia. Puertas afuera, mira al Estado con recelo y a la democracia con un pragmatismo que no se ve en casi ningún otro país de la región.
Esa es la fotografía que deja el informe 2026 de Latinobarómetro, el estudio de opinión que desde hace 30 años toma el pulso de América Latina y que este año realizó 19.207 entrevistas cara a cara en 17 países, 1.200 de ellas en Paraguay, entre mayo y junio.
Un país confiado en su futuro, pero muy crítico con sus instituciones: desconfía de su presidente (24/100) y partidos político (16) y dispuesto a cambiar reglas a cambio de resultados esperados por muchos años en servicios básico como justicia, salud y educación.
Democracia pero con condiciones
El dato que más llama la atención es que el 71% dice que no le importaría que llegara al poder un gobierno no democrático si resuelve los problemas estructurales, la cifra más alta de los 17 países medidos, por delante de Honduras (69%). Además, el 23% respalda abiertamente un régimen autoritario, frente al 17% del promedio.
Ese pragmatismo se extiende a las piezas del sistema: el 55% cree que la democracia puede funcionar sin partidos políticos y un 33% piensa que puede funcionar sin elecciones, el porcentaje más alto de la región, empatado con Ecuador y Guatemala.
En resumen, el informe habla más de la frustración de la población con los resultados de la política que de la realidad institucional.
El Estado con tarjeta roja
La frustración tiene un responsable. En una escala de 1 a 10, los paraguayos califican la eficiencia del Estado con 4,1, la tercera nota más baja de la región, solo por encima de Perú y Venezuela. Apenas el 21% siente que el Estado hizo “mucho o algo” por su familia en los últimos tres años; en 2011 era el 28%.
Para el sector privado, hay una cifra que merece atención: el 83% no confía en que el dinero de sus impuestos será bien gastado, cinco puntos por encima del promedio. Es un indicador directo de moral tributaria, clave en cualquier debate sobre presión fiscal.
La confianza institucional acompaña esa tendencia. El presidente reúne 24% de confianza, el gobierno y el Congreso 22% cada uno, el Poder Judicial 26% y los partidos políticos 16%. Solo el 18% se siente representado por el Parlamento.
En el otro extremo, la Iglesia conserva un 76% de confianza, entre las más altas de la región, seguido por Fuerzas Armadas 48%, televisión 48% radio 46% y periódicos 42%.
En servicios públicos, la educación obtiene 43% de satisfacción, la policía 34%, la justicia 27% y los hospitales 25%.
La paradoja del optimismo
Nada de esto apaga el ánimo del paraguayo que ha aprendido a resolver el día a día solo, frente a la indolencia del Estado en la eficiencia de la gestión pública.
El 88% de los paraguayos cree que él y su familia van en la dirección correcta, seis puntos sobre el promedio y entre los niveles más altos de la región, junto con Brasil.
La mirada cambia al levantar la vista como sociedad: solo el 34% piensa que el país avanza en la dirección correcta.
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Mirando Estados Unidos pero sin perder de vista a China
Paraguay figura entre los países más cercanos a Washington. El 74% califica como buenas las relaciones con Estados Unidos y Donald Trump obtiene una valoración de 5,6 sobre 10, la tercera más alta de la región, frente a un promedio de 4,7. El 48% cree que sus políticas tendrán un impacto mundial positivo.
Aun así, la influencia de China es percibida como positiva por el 61%, cuatro puntos más que la de Estados Unidos (57%). Es un dato relevante en un país que mantiene relaciones diplomáticas con Taiwán y no con Pekín.
Seguridad: la batalla perdida
El 81% cree que el crimen organizado tiene mucho o bastante poder en el país y el 40% considera que esa batalla directamente no se puede ganar, la tercera cifra más alta de la región. La presencia de grupos criminales en el propio barrio subió de 30% en 2020 a 36% en 2026. El 69% acepta que “un poco de mano dura” no le viene mal al país.
En resumen, el consumidor paraguayo es optimista y la demanda interna conserva su ánimo, pero la confianza en el Estado, las reglas de juego, en la justicia y en el destino de los impuestos sigue siendo el eslabón débil. Y es justamente ahí donde se juegan la seguridad jurídica y el clima de inversión.