A “los que odian y quieren divisiones, les digo respetuosamente: a llorar al llorerío…”, dijo don Santiago días pasados en la junta de gobierno de la ANR. Allá había ido para rendir pleitesía al Jefe.
El Jefe es, claro está, ese señor que retoza en medio del culto a su personalidad que le tributa la cofradía honorcoloradina, avivando cada vez más el fuego de su sacrosanta vanidad.
Con un tono de matoncito de barrio, muy lejos de la jerarquía que debiera de tener nada menos que el presidente de la República, el señor Peña esgrimió su voz para desafiar a quienes lo criticaron por haber ido primero a la sede del coloradismo antes que al Congreso Nacional a rendir cuentas de su gestión presidencial.
Pero esa preferencia marca exactamente a quién en verdad responde don Santiago en su alto cargo. Él, con su actitud, expresa de manera palmaria que su lealtad es primero con el unipersonal poder real del señor Cartes y no con la República.
En esto cabe aquello de “el pueblo puede esperar”. Antes está “don Horacio”, de cuya corte forman parte —cual alegre comparsa— todos los demás poderes. Es decir, aquí no hay República, sino una versión caricaturesca del Estado con el variopinto cortejo de servidores de un mandón a quien todos veneran como a un Midas surtidor de oro.
Que el señor Peña vaya primero a rendir cuentas al señor Cartes (y no precisamente al Partido Colorado) antes que al pueblo a través de la representación del Congreso Nacional representa un torpe capricho. Indica la escasa madurez cívica del propio presidente de la República, quien se expuso a una crítica justificada.
Es cada vez más patético: en el orden mayestático del Paraguay, primero está el Quincho. La Corte Suprema de Justicia se encuadró en este orden al presentar primero en la calle España la resolución sobre Kattya González antes de hacerlo donde corresponde institucionalmente.
“A esos profetas de la división que quieren verme pelear con mi querido presidente del partido, les quiero decir, no lo van a lograr”, vociferó don Santiago. No importa que se amen o se peleen. Importa que respeten la institucionalidad. Que respeten la investidura presidencial que otorga la ciudadanía.
Las críticas a que el primer mandatario se someta a un megalómano no son una demostración de odio. Constituyen, sí, una cívica exigencia para observar la prevalencia institucional antes que las excentricidades particulares de alguien siempre ansioso de exhibir su poder.
Finalmente, para defenderse de las críticas, el presidente de la República debiera de tener mayor estatura dialéctica y no la vulgaridad de mandar a sus compatriotas a llorar al neológico llorerío.
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