El pedido que el jefe Cartes le hizo a Dios

“Quiero pedirle a Dios (…) que este Paraguay se tiña de rojo”. Tierna solicitud del señor Horacio Cartes. Informan que en el yvága Ñandejára esbozó una sonrisa pícara y comentó con San Pedro: “Me molesta por esta vyrésa: borre el pedido”. San Pedro giró para irse y Ñandejára le ordenó: “Bórrelo en mi presencia”. Quizá sospechaba que San Pedro estuviese ya también vendido al Quincho.

El clamor de ver al Paraguay teñido de rojo lo lanzó el señor Cartes el día en que cumplió 70 años, cuando afirmó, de igual manera, que vivirá “140 años más” (esto lo decidió él nomás y no le rogó al respecto a Dios).

Se entiende que el “rojo” refiere al color de la bandera del Partido Colorado. Pero el señor Cartes no tiene necesidad de recurrir a Dios para tal teñido. Con su plata ya pintó de colorado los poderes del Estado y los organismos extrapoder.

El Ejecutivo es suyo. En el Legislativo se hace lo que él quiere; echa a quien quiere echar —salvo los correlí indefendibles a quienes se los deba echar a su pesar— y compra los votos de cuanto tránsfuga en liquidación camina. El tercer poder, el Judicial —pobre anga dirían las abuelas—, está constituido, salvo valientes excepciones, por tunantes al servicio del poder político. Y se sabe quién es el poder político aquí. Hay bien fundadas sospechas de que existen gavillas de fiscales, jueces, magistrados de todas las calañas, que tienen pegados al cuerpo su código de barras y su tarifario para tramoyas.

Y tenemos al Ministerio Público, que no es público sino privado ya sabemos de quién. Está para encubrir toda fechoría “oficialista”. Al fiscal general se lo ve más turbado cuando se le recuerda el asesinato del fiscal Marcelo Pecci. Ese es un nido de avispas exterminadoras que Emiliano R. no se anima a manotear.

El Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados y el Consejo de la Magistratura forman parte de la cocina del Quincho. Copados por el cartismo, ahí se cuece el menú judicial a gusto del jefe.

Entonces ¿qué es lo que queda por teñir de rojo? ¿Para qué molestar a Dios, que tiene un montón de trabajo con todas las guerras, los conflictos, las miserias y los partidos del Mundial en los que los futbolistas (salvo los musulmanes) se santiguan tres veces cada tanto pidiendo la gracia de una victoria?

En la gente con pensamiento crítico que aún queda en el Paraguay, que no se ha vendido (todavía), existe el temor de que “teñir de rojo” el país signifique que ya no se permitirá ningún otro color. Y sabemos lo que ello anuncia. Poder total. Totalitarismo. Silencio. Castigo.

Parafraseando al gran León Gieco, queda por exclamar: Solo le pido a Dios que la corrupción generalizada, la prepotencia del poderoso, la indecencia y la codicia obscena de los que mandan no me encuentren “vacío y solo sin haber hecho lo suficiente”.

nerifarina@gmail.com

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