Los datos presentados para el período 2014–2024 muestran una región con niveles de satisfacción relativamente estables, aunque con diferencias persistentes entre países seleccionados. Uruguay aparece de manera sistemática entre los valores más altos, con registros que oscilan entre 6,3 y 6,7 puntos. Chile, Argentina y Brasil se ubican también en un rango superior al promedio regional, con variaciones moderadas a lo largo de la década.
En el extremo opuesto, Bolivia, Perú y Paraguay presentan niveles más bajos, con promedios que rara vez superan el umbral de 6 puntos.
Paraguay se sitúa de manera constante entre los países con menor satisfacción con la vida en América del Sur. En 2014 registraba un valor de 5,9, similar al de Bolivia y Perú. A partir de allí, el indicador mostró una leve caída en 2015 y 2016, con 5,5 puntos, seguido de una recuperación moderada que llevó el promedio a 5,7 en 2017 y 2018.
Durante los años posteriores, el indicador se mantuvo prácticamente estancado en torno a ese nivel, con un descenso a 5,6 en 2021 y una mejora gradual hasta alcanzar 6,2 en 2024.
Este avance reciente resulta relevante, aunque no debe sobredimensionarse. La brecha con Uruguay, por ejemplo, se mantiene en alrededor de medio punto, una diferencia que, en una escala de 0 a 10, no resulta menor. Esta distancia sugiere que las condiciones estructurales que influyen en la percepción de bienestar continúan siendo menos favorables en el caso paraguayo.
El estancamiento prolongado del indicador durante gran parte de la década plantea interrogantes sobre la capacidad del modelo económico paraguayo para traducir el crecimiento macroeconómico en mejoras sostenidas en la calidad de vida. Paraguay ha mostrado en distintos períodos tasas de expansión del PIB superiores al promedio regional, estabilidad macroeconómica y una inflación relativamente controlada.
Sin embargo, estos logros no se reflejan con la misma intensidad en la percepción subjetiva de bienestar de la población.
La comparación regional expone un contraste evidente. Países como Uruguay y Chile, con mayores niveles de desarrollo institucional, sistemas de protección social más amplios y servicios públicos de mayor cobertura, mantienen niveles de satisfacción superiores.
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En el caso paraguayo, la persistencia de déficits estructurales limita el impacto positivo del crecimiento económico sobre la vida cotidiana. La informalidad laboral, la baja cobertura de la seguridad social, las deficiencias en salud y educación, y la precariedad de los servicios públicos continúan marcando la experiencia diaria de amplios sectores de la población. Estos factores tienden a erosionar la percepción de estabilidad y progreso personal, aun cuando los indicadores macroeconómicos muestren resultados favorables.
La evolución reciente, que lleva al país a 6,2 puntos en 2024, puede interpretarse como una señal de mejora relativa. No obstante, el dato debe leerse con cautela. Parte de esta recuperación podría responder a factores coyunturales, como una mejora en el empleo o en el ingreso real durante determinados períodos, sin que ello implique necesariamente un cambio estructural en las condiciones de vida.
El riesgo reside en confundir una mejora puntual con una transformación sostenida.
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El índice de satisfacción con la vida actúa, en este sentido, como un termómetro social. No reemplaza a los indicadores económicos tradicionales, pero sí los interpela. Para Paraguay, los datos muestran que el problema no radica únicamente en cuánto crece la economía, sino en cómo se distribuyen los beneficios de ese crecimiento y en qué medida se traducen en mayor seguridad, mejores oportunidades y mayor previsibilidad para las personas.
El desafío consiste en transformar esa mejora coyuntural en una tendencia sostenida, capaz de cerrar la brecha con sus vecinos y de reflejar, en la percepción ciudadana, un progreso que vaya más allá de las estadísticas macroeconómicas.
*Este material fue elaborado por MF Economía e Inversiones