Patea las urnas

«Las revoluciones las hacen millones, y no unos pocos. Millones, y no unos cuantos héroes a los que haya que venerar como figuras de autoridad. Un verdadero izquierdista se rebela contra toda autoridad». Una breve opinión personal sobre el sentido del disputado término «izquierda».

The Clash: “Sandinista!”, 1981.
The Clash: “Sandinista!”, 1981.gentileza

Hoy has votado. O vas a votar. Al menos si vives en Paraguay, porque hoy en Paraguay hay elecciones municipales, que aprovecharé para decirles un par de cosas sobre los términos «izquierda» e «izquierdista». Términos, lo sé, muy disputados, y, por supuesto, desde hace mucho. Desde antes que gran parte de nosotros hubiéramos nacido. Lo que sigue, de más está decirlo, es solo una opinión personal, la mía.

Un verdadero izquierdista no se presenta a elecciones. Ni para ser electo ni para elegir. Un verdadero izquierdista no promociona jamás candidatos de ningún tipo en elección alguna. Un verdadero izquierdista no se candidata. Un verdadero izquierdista no vota.

Un verdadero izquierdista no disputa cuotas ni espacios de poder al interior del sistema de los parlamentos y demás instituciones que integran la mal llamada «democracia» formal, y menos so pretexto de lograr avances en materia de derechos o mejoras en las condiciones de existencia de «las clases populares» o posibilidades de difusión de ideas presuntamente «revolucionarias», a las cuales, con su mera adscripción a ese orden, ya ha renunciado.

Un verdadero izquierdista siente, rectamente, que en las urnas solo se dirimen y negocian conflictos de interés entre diversos, y con frecuencia opuestos, sectores al interior de la burguesía en cada estado nacional. Pero, sobre todo, un verdadero izquierdista no cree en la «representación». Sabe que, por principio, es inaceptable.

Mi definición de la verdadera izquierda parte de un fundamento, en el fondo, muy sencillo. Cuando era una niña pequeña, mi padre me dijo: «La derecha quiere que todo siga igual. La izquierda, que nada siga igual. Que todo se transforme por completo».

Si por izquierda entendemos revolución, no existen partidos políticos de izquierda. Si por izquierda entendemos representación de las reivindicaciones de determinados sectores de la burguesía, entonces sí existen partidos de «izquierda». Porque el capital no es homogéneo, al interior de la burguesía diversos grupos de intereses luchan primero en las urnas y luego en los parlamentos, a los que envían sus representantes, por su porción de poder legislativo y gubernamental: su disputa no es ni puede ser una lucha revolucionaria, sus partidos solo a ellos los representan y serán sus intereses los que defiendan, y son estos grupos de intereses enfrentados lo que la opinión pública opone como derecha e izquierda por el predominio de un sentido espurio pero generalizado y socialmente aceptado del concepto de «izquierda». Partidos, instituciones democráticas, representación forman en conjunto la cara política del capitalismo.

Todos los partidos políticos son burgueses. Por eso, como todo verdadero izquierdista sabe, aspiran a ser oposición, no a hacer una revolución. Por eso son los dirigentes los que tienen papel y palabra en el juego de la democracia formal. Por eso las «masas» deben escucharlos y creerles, callarse y votar. Votar por dirigentes, por «representantes», por líderes, porque ellos quieren espacio en las instituciones del gobierno y porque, bajo este orden, serán ellos y solo ellos quienes puedan «hacer política».

Este dualismo reproduce y formaliza en el orden político de las «democracias» burguesas las jerarquías que atraviesan la sociedad de clases. Una clase gobierna y otra es gobernada. Y con independencia de las «identidades» subjetivas de derecha o «izquierda» con las que se identifique cada sector de las clases dirigentes, y de las metas subjetivas que sus partidos y organizaciones declaren, y de las retóricas subjetivamente conservadoras o progresistas, reaccionarias o «revolucionarias» a las que apelen, la incorporación de estas relaciones de clase en el modo de «hacer política» es una realidad objetiva.

Un verdadero izquierdista sabe que todo hacer política determinado así, objetivamente, por las jerarquías del orden social que incorpora es una réplica de ese orden social y económico que rechaza. La democracia burguesa no es más que una fuente segura de corrupción tanto para los partidos y sus representantes –que la aprovechan– como para los trabajadores –que la sufren, o, peor, que reniegan de su clase y sucumben a ella–.

Por eso mismo, un verdadero izquierdista no se pone jamás del lado de un gobierno. Ni de su país ni de ningún otro. Un verdadero izquierdista apoya siempre a la gente oprimida por los gobiernos, aunque se declaren –y más aún en estos casos– gobiernos «revolucionarios», como los de Cuba o Nicaragua. Sea el gobierno de Batista, el de Castro o el de Díaz-Canel, sea el de Somoza o el de Ortega.

Un verdadero izquierdista sabe que la revolución no es propiedad de un partido. Ni, menos aún, de su dirigencia. Un verdadero izquierdista sabe que la revolución no se hace desde un gobierno.

Hace cuarenta años, The Clash lanzó su disco Sandinista! Corría el año 1981: Nicaragua era una remera y el Che Guevara era un póster.

El Che Guevara era un póster pero hace unas semanas, tras pasar unos meses encarcelado en el Departamento de Delitos contra la Seguridad del Estado, el artista cubano Hamlet Lavastida fue llevado al aeropuerto con su pareja, la poeta Katherine Bisquet, para dejar el país «sin posibilidad de retorno».

Nicaragua era una remera pero actualmente hay una orden de detención contra el novelista nicaragüense Sergio Ramírez, que está exiliado en Costa Rica por segunda vez. La primera fue bajo la dictadura de Somoza.

Hace poco me enviaron dos columnas de opinión sobre Stroessner publicadas en la prensa paraguaya. Una comparaba el exilio de Roa bajo Stroessner con el de Sergio Ramírez bajo Ortega para recitar clichés sobre «las dictaduras y su miedo a la palabra», etcétera. La otra comparaba la dictadura de partido único que rige en Cuba con la del Partido Colorado que, disfrazada de democracia multipartidaria, regía en el estronismo. El primer columnista se calló ante la cárcel y el exilio que varios escritores y artistas están sufriendo en Cuba. El segundo, derechista asumido, sin vínculos ni intereses comprometidos entre la «izquierda», quizá no opinaría sobre Cuba con tanta libertad si los tuviese. Cada uno de ellos le dice a su público lo que su público quiere oír.

El primero, que omitió la represión en Cuba, refleja a cierta clase media que se autopercibe de «izquierda». Orgullosa de su identidad de «izquierda». En ese lugar de prestigio, la clase media de «izquierda» se encuentra definitivamente apoltronada. Y porque esa clase media ha secuestrado el nombre de «izquierda», las críticas que la verdadera izquierda debe hacer, o vienen de la derecha, como en el caso del segundo columnista, o son descalificadas como de derecha, sin serlo. Descalificadas por una «izquierda» que solo ve lo que no compromete su reputación, su imagen, sus alianzas. Que insulta a los presos de las protestas del 11 de julio en Cuba y aplaude a los burócratas que hacen el juego sucio de la propaganda servil para el gobierno cubano y sus funcionarios y embajadas. Una «izquierda» cuyos referentes siguen recitando impávidos sus rancios catecismos autoritarios porque a cumplir tal función le deben ya demasiado, si no se lo deben todo. Desde su identidad política hasta su imagen personal, pasando a veces por sus carreras. Una falsa «izquierda» acomodada y burguesa que ya no critica nada porque tiene todo que perder.

Escribí hace poco, a propósito de Cuba, que millones de personas recelan hoy del supuesto «fracaso» del marxismo, el socialismo, el comunismo debido a que han sido históricamente desvirtuados tanto por el autoritarismo burgués de los partidos tradicionales de «izquierda» en cada país como por la apropiación de los procesos revolucionarios por parte de las élites en el poder en Estados totalitarios. Marx empezó a reescribir la historia desde la perspectiva de la clase trabajadora porque la revolución es suya, es su autoemancipación, en la cual se transforma y transforma toda la sociedad. Cuando unos pocos se apropian de este proceso y devienen élites, la propiedad estatal deja de ser medio para convertirse en fin.

Esto ha llevado a muchos a confundir el marxismo con lo contrario de lo que realmente es y a identificar el socialismo, no con la emancipación del proletariado, sino con su opuesto, la planificación y propiedad estatal. Algo que la derecha sabe aprovechar muy bien. Y que en gran parte le debe a esa falsa «izquierda» burguesa que ha dado al nombre de izquierda un sentido espurio con su ceguera cómplice.

La revolución es asunto de la clase trabajadora internacional, no de un gobierno nacional. La revolución es asunto de la clase trabajadora, no de gobierno alguno. Las revoluciones las hicieron millones, y no unos pocos. Millones, y no unos cuantos héroes superiores a los que haya que rendir culto como figuras de autoridad. Un verdadero izquierdista se rebela contra esa autoridad.

Y contra toda autoridad. Un verdadero izquierdista no acepta jamás que partido o gobierno alguno sustituya en el poder a la burguesía derrocada reproduciendo su dominación de clase y dejando a los trabajadores el papel de obedecerlo. Eso en lo que respecta a los gobiernos mal llamados «revolucionarios». Y en lo que respecta al orden institucional de las también mal llamadas «democracias» actualmente existentes, un verdadero izquierdista sabe que su juego político excluye, en vez de incluir, con la representación. Por eso no disputa votos, mayorías, puestos gubernamentales, escaños en parlamentos, cargos institucionales ni parte alguna en la maquinaria estatal de la democracia burguesa, que rechaza por completo. Un verdadero izquierdista no milita por el poder sino en contra del poder y por la revolución. Y no respalda ni a quienes ejercen el poder en nombre de otros ni a quienes lo persiguen para ejercerlo de la misma forma. No se candidata. No vota.

Patea las urnas.

montserrat.alvarez@abc.com.py

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