El Nobel y el samurái: Kenzaburo Oe y Yukio Mishima, vidas paralelas

En su columna La Máquina del Tiempo, el Crononauta nos lleva al Japón de la posguerra para reflexionar sobre un curioso episodio de la historia del siglo XX y sobre las vidas paralelas de los escritores Yukio Mishima y Kenzaburo Oe, Premio Nobel de Literatura fallecido en marzo.

Inejiro Asanuma apuñalado por Otoya Yamaguchi. Imagen capturada por Yasushi Nagao (1930-2009), quien ganó con ella el Premio Pulitzer de Fotografía en 1961.
Inejiro Asanuma apuñalado por Otoya Yamaguchi. Imagen capturada por Yasushi Nagao (1930-2009), quien ganó con ella el Premio Pulitzer de Fotografía en 1961.

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El segundo de los dos Nobel de Literatura japoneses existentes hasta hoy, Kenzaburo Oe, murió el 3 de marzo. El primero, Yasunari Kawabata, nunca dejó de insistir en que no entendía por qué le habían dado el premio a él y no a Yukio Mishima, que (Kawabata dixit) era un genio.

Mishima y Kawabata se suicidaron hace mucho –Mishima en 1970, Kawabata en 1972–; Oe, por el contrario, del amor de los hibakusha por la existencia pese al sufrimiento que padecían por los estragos de la radiación nuclear, y del amor de su hijo por la música pese a su deformidad y sus limitaciones de nacimiento, aprendió a venerar la vida y murió anciano, «de causas naturales».

Horror en tiempo real: la muerte televisada de Inejiro Asanuma

Diez años antes del suicidio de Mishima, en 1960, millones de televidentes japoneses vieron en directo en las pantallas el brutal asesinato del presidente del Partido Socialista de Japón, Inejiro Asanuma, cuando, en medio de un debate transmitido a todo el país por la Nippon Hoso Kyokai (NHK), un estudiante de ultraderecha de 17 años saltó al escenario y lo apuñaló varias veces con un wakizaki.

El joven asesino se llamaba Otoya Yamaguchi. Un mes después, el 2 de noviembre, hizo con su sábana una cuerda para colgarse, escribió con pasta dental en la pared en su celda: «Tenno heika banzai. Shichisho hokoku», «Larga vida al emperador. Siete vidas por mi país», y se ahorcó.

En los remotos tiempos del shogunato Kamakura, el samurái Kusunoki Masashige pronunció esa frase, «Shichisho hokoku», antes de partir a su última batalla, que sabía perdida de antemano. El día de su muerte, Mishima la llevaba escrita en la cinta que ceñía su cabeza.

Muy poco después del suicidio de Otoya Yamaguchi, en enero de 1961, una novela corta de Oe, Sebunchin (Diecisiete), apareció en la revista Bungakkai.

El protagonista y narrador en primera persona de Sebunchin tiene la edad de Otoya Yamaguchi: 17 años.

Jóvenes asesinos

Sebunchin comienza el día del decimoséptimo cumpleaños del protagonista. Ese día entramos en su intimidad, torturada por la vergüenza. Odia su cuerpo flaco y débil, «femenino», su fealdad, su falta de virilidad y valentía. Se masturba imaginándose musculoso, fuerte y varonil: «Voy a la playa y las miradas de las chicas me siguen. Cuando los chicos me ven, el respeto crece en sus corazones como una semilla cálida...». Se imagina con sus amigos, «jugueteando desnudos en las olas», y llega al orgasmo. Pero el espejo lo devuelve a la realidad: es solo «piel y huesos», con «una cara sospechosa y llena de odio, ¡un rostro realmente repulsivo!».

Esa noche, discute con su hermana, que refuta todos sus argumentos. «¡Mierda! ¡Maldita sea la astucia de las mujeres!». Derrotado por «una mujer», se le saltan las lágrimas. Perdido el control, grita groseramente. Su hermana «se estremeció por un segundo»; «luego bajó la mirada y volvió a leer su libro». También su padre está en la sala, leyendo el periódico. «Mi padre y mi hermana habían observado serenamente no solo mi derrota, sino también mi grotesco berrinche. Mi padre ha tenido que darse cuenta de que su hijo está llorando, pero lo disimula detrás de su periódico». Incapaz de controlar el «remolino de furia, humillación y vergüenza» que siente, patea la mesa; su padre suelta «una risita desdeñosa y fría, sin levantar los ojos del periódico». «Con un grito, giré y le di una fuerte patada a mi hermana mayor en pleno rostro». Ella cae, «la mano aferrando su libro, la sangre corriendo por su rostro. Le rompí las gafas y el vidrio le cortó el párpado. Ella siempre tuvo la cara insoportable de un tiburón mako. Ahora la sangre del grueso párpado de su ojo inútil se acumulaba en su pómulo anormalmente grueso». La madre llega «al galope» de la cocina a abrazarla. El padre suelta: «¡Ya no tendrás dinero de tu hermana para la universidad! Ahora tendrás que estudiar mucho para entrar».

«¿Dónde está mi enemigo?»

A continuación, el joven protagonista de la novela de Oe huye al cobertizo del fondo del jardín, sintiéndose «exiliado», toma un wakizaki –como el que Otoya Yamaguchi utilizó para asesinar al presidente del Partido Socialista– y «apuñala la oscuridad». «Algún día, mataría a mi enemigo con mi acero… del modo más varonil… era una premonición llegada del futuro. ¿Pero dónde está mi enemigo? ¿Es mi padre? ¿Es mi hermana? ¿Es un soldado estadounidense de una de esas bases? ¿Es un japonés de las SDF?... ¡Eii! ¡Eii! Yaaaaaaah».

Al otro día, en clase de educación física, se rezaga tanto en la carrera de 800 metros que sus compañeros pasan a su lado en dirección contraria al volver cuando él no ha llegado a la mitad del camino. Desesperado, corre «como loco, la cabeza atrás, los brazos colgando sin fuerza a los lados...». «¡Corre como hombre!», le grita el entrenador. Cuando llega a la meta, «el entrenador señaló detrás de mí y se rió. Traté de asentir varonilmente. Pero todo lo que logré fue una cara tonta y comemierda de eh-heehhh y un encogimiento de hombros. Entonces vi un largo rastro detrás de mí: me había hecho pipí encima. Como una tormenta que se estrella contra los árboles del bosque, las risas resonaron en la escuela. Sinceramente, lo hice lo mejor que pude, lo intenté con tanta fuerza que creí que moriría, y mi única recompensa fue la humillación».

Ya está listo para convertirse.

La Facción del Camino Imperial

–¿Quieres ser sakura?

Sakura, «flor de cerezo», era alguien pagado para ir a mítines y atraer seguidores. En la novela, la pregunta se la dirige al protagonista Shintoho, un chico de su colegio, en la parada del tranvía. «A veces voy a mitines de derecha –dice Shintoho–. Hoy hay uno en la estación de Shinbashi. Están contratando sakuras, ¡500 yen! ¿Qué te parece, amigo?... Te diré algo, no soy derechista, sino más bien anarquista...». El mitin es de la Facción del Camino Imperial.

En el mitin, el violento discurso de Sakagibara Kunihiko, el líder de la Facción, lo entusiasma. «Recordé mi vergüenza en la clase de educación física y me sentí liberado… Yo era un cachorro lamiendo sus heridas… buscando un papá-perro que me curase... Como en sueños, escuché los mismos insultos que yo lanzaba contra la gente normal y la sociedad que me maltrataba… era la voz de Sakagibara, pero en mi cabeza era mi voz, su odio era el grito de mi corazón… “¡Esos maricones están siendo follados por el culo por Kruschev tan fuerte que no pueden ni tirarse un pedo!...” Nuestros aplausos y gritos eran coreados por nuestros hermanos, dándonos fuerza».

Unas chicas comentan, a sus espaldas: «Los reclutan jóvenes, ¿no? Han de venir por dinero». El protagonista gira: «se estremecieron bajo mis ojos... se encogieron de miedo... Era como si me estuviera convirtiendo en una persona nueva... Con una armadura para tapar mi ser mezquino y débil...». Se les acerca. «Les grité: “¿creen que son mejores que nosotros, putas?” Ellas corrieron entre la multitud, llorando bajo el cielo oscuro... Entonces sentí una mano musculosa, fuerte, en mi hombro. Giré y vi los rostros amables de los miembros de la Facción del Camino Imperial».

Su entusiasmo atrae la atención de Sakagibara, que lo hace su protegido. Se cumple su sueño de ser apreciado. Es una víctima inocente, un cachorro. Sakagibara es el papá-perro que buscaba. Al denigrar a otros, la violenta retórica refuerza su orgullo de pertenecer al grupo. Se ha convertido en alguien nuevo al volver contra los demás el desprecio que sentía por sí mismo.

Uniformes y violencia

La noticia de que se ha unido a la Facción mejora su situación en la escuela y le sirve para ennoblecerse ante su familia falseando los hechos: «mi familia me preguntó cuándo me uní y cómo había conocido a alguien tan importante como Sakagibara. Tenía preparada la mentira que los haría callar: “Me uní cuando mi hermana entró a trabajar de enfermera en el hospital militar, porque no soportaba que la gente hablara mal de los militares”... Ella me había derrotado en mi cumpleaños, pero yo volteé la tortilla...». Ir con el grupo por la calle, todos con el uniforme de la Facción, lo llena de júbilo: «nadie ve mi debilidad… solo ven mi uniforme, ¡y le temen!».

Sakagibara le dice que tiene «mucha tensión sexual», le da dinero y lo envía al barrio rojo. Allí, una joven lo masturba: «creí ver lágrimas en sus mejillas, pero era mi semen… Con satisfacción, me volví a poner el uniforme sin decirle una palabra a la esclava». Su relación con las mujeres es expuesta por Oe en el odio a su hermana, la intimidación de las chicas en el mitin, el encuentro con la prostituta y, finalmente, su letal ataque a unas jóvenes cuando va con otros miembros de la Facción a disolver una manifestación de izquierda. «Fui hacia un grupo de chicas y las derribé, pisoteándolas mientras intentaban huir». Esa noche, «la multitud se sumió en el silencio al correr el rumor de que una de las chicas había muerto… sentí el orgasmo triunfal del violador y una maravillosa visión dorada me dijo que un día los mataría a todos». (Oe alude a un hecho real, la muerte de la joven Kanba Michiko en una manifestación en 1960). Su «virilidad» equivale a la superioridad sobre las mujeres; como no existe, tiene que crearla mediante la violencia, porque el odio y la vergüenza que lo atormentan se deben a su falta –desde el comienzo del relato, el día de su cumpleaños, se ve inferior (débil, cobarde, «femenino»)–.

Oe atribuye así raíces inquietantes a la fuerza de la retórica política violenta (que él limita a la derecha). La figura paterna del emperador, presencia constante en el relato detrás de la figura del líder del Camino Imperial, Sakagibara, evoca oblicuamente las atrocidades cometidas durante la expansión imperialista de Japón en el Este asiático. El protagonista supera su vergüenza con violencia, su impotencia con abusos de poder, su cobardía con un uniforme que inspira miedo a otros, su inferioridad con la degradación de grupos presentados como inferiores en los mítines. La Facción del Camino Imperial permite a Oe relacionar el odio del protagonista del relato con el ideario nacionalista de la ultraderecha.

Oe y Mishima, polos del Japón de la posguerra

El 15 de agosto de 1945, Hirohito anunció la rendición de Japón. En «Retrato de una generación de posguerra», Oe recordó ese día: «Los adultos se sentaron alrededor de sus radios y lloraron. Los niños… estábamos sorprendidos y decepcionados de que el Emperador hubiera hablado con voz humana».

Cuando fracasó su intento de restaurar el pasado imperial mediante un golpe de estado, Mishima murió como un samurái: se cortó el abdomen con un wakizaki. Por el sentido del meiyo (honor), la muerte es esencial en el bushido. No basta vivir como un samurái: sobre todo, hay que morir como tal. Por eso Tsunetomo dejó escrito en su Hagakure que «bushido significa muerte».

Hay consenso en que Sebunchin está inspirado en Otoya Yamaguchi. No he escuchado a nadie sugerir que pueda estarlo también en Yukio Mishima, que se suicidaría una década después. Pero Oe nunca vio en ese suicidio más que una forma de orientalismo, y lo dijo en una entrevista con Kazuo Ishiguro: «Toda la vida de Mishima, incluida su muerte por seppuku, fue una especie de actuación diseñada para presentar la imagen de un japonés arquetípico... La imagen superficial de un japonés desde el punto de vista europeo» (Stronger Than Stereotype: A Conversation With Nobel Laureate Kenzaburo Oe, Grand Street, núm. 38, 1991). Al leer esto, no parece imposible que Oe pudiera pensar en Mishima como próximo a Yamaguchi o al protagonista de Sebunchin. No porque Mishima lo fuera (no lo fue), sino porque hay algo inconciliable en los universos literarios y las ideas políticas de Mishima y Oe, un desencuentro perfecto.

Oe y Mishima son los polos del Japón de la posguerra. Oe rechazó el Bunka Kunsho, la Orden de la Cultura otorgada por el emperador, resabio del Japón imperial que Oe deploraba. Mishima intentó restaurar ese Japón imperial, y cuando fracasó eligió la muerte honrosa del samurái, la ceremonia del seppuku. Para Oe, el emperador era una piedra en el camino al Japón democrático que deseaba. Para Mishima, no era una persona sino un «emperador mítico poético», un símbolo de universos extintos y de experiencias perdidas, la posibilidad de integrar un todo trascendente, superior al pedestre mundo capitalista. Oe renegó del pasado con su vida, Mishima renegó del presente con su muerte.

Notas

Las citas de Sebunchin incluidas en este artículo son traducciones propias de diversos pasajes de la versión en inglés incluida en el libro de Kenzaburo Oe Two Novels: Seventeen & J, Nueva York, Blue Moon Books, 1996, 194 pp.

Las citas del Hagakure incluidas en este artículo son traducciones propias de diversos pasajes en inglés tomados del libro de Yamamoto Tsunetomo Hagakure: The Book of the Samurai, Nueva York, Kodansha, 1992, 180 pp.

La imagen del asesinato de Inejiro Asanuma por Otoya Yamaguchi que ilustra este artículo fue capturada por Yasushi Nagao (1930-2009), quien ganó con ella el Premio Pulitzer de Fotografía en 1961.

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