Siglo y medio de Luis Alberto de Herrera, el aliado que se tornó amigo del Paraguay

El papel de Paraguay en la Guerra del 70 fue un tema central de reflexión para el político y periodista uruguayo Luis Alberto de Herrera (22 de julio de 1873 - 8 de abril de 1959). A días de su sesquicentenario, la profesora Beatriz González de Bosio lo recuerda con este artículo.

Luis Alberto de Herrera en una caricatura dibujada por José María Cao Luaces, revista Caras y Caretas nº 396, mayo de 1906.
Luis Alberto de Herrera en una caricatura dibujada por José María Cao Luaces, revista Caras y Caretas nº 396, mayo de 1906.

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El político, historiador y diplomático oriental Luis Alberto de Herrera fue una de esas figuras que transforman la sociedad a su paso. Herrera puso fin a las dudas sobre el papel del Paraguay en la historia de la Republica Oriental del Uruguay. Desde ese momento, los uruguayos asumieron una actitud culposa con abundantes expresiones de gratitud, en la convicción de que el Paraguay hizo en defensa del Uruguay lo que la genuina amistad reclama: defenderlo al punto de poner en peligro su propia existencia.

Antes de la publicación de la tesis de Herrera, la visión del papel de Paraguay en la guerra contra la Triple Alianza era uniformemente negativa y objeto de escarnio. Se admiraba hasta cierto punto el heroísmo de los soldados, pero se criticaba todo lo demás, desde la conducción hasta la obediencia ciega, pasando por la supuesta ausencia de conducta humanitaria.

La reivindicación del Paraguay comenzó con el libro de Herrera El drama del 65 (la culpa mitrista), publicado en 1926. Excelente literato y cuidadoso historiador, ya en el título Herrera plasma la tesis de esta obra, que comienza con un despliegue de habilidad literaria, reflejo de aquel magnífico sistema educativo que hizo del Río de la Plata región líder en alfabetización, vida universitaria y publicación de libros.

Para Herrera: «La triple alianza fue un epílogo. Marca su preliminar la guerra civil en Uruguay; síguese la intervención brasileña. La empresa contra Paraguay cierra el drama. El fuego vecinal acabó en inmensa hoguera: de un país se extendió a medio continente». Solo un escritor con su talento puede comenzar una obra histórica con el mismo atractivo de una novela de ficción. Nadie que lea este párrafo puede dejar de quedar atrapado por su habilidad narrativa.

El libro visita cada uno de los protagonistas de la tragedia bélica, sus intereses y la manera en que encararon los acontecimientos, que desbordaban la simple tarea gubernativa de los cuatro países.

Uno de los capítulos se titula: «Una propaganda culpable». Y mucha de esta se dio a través del diario La Nación Argentina, de Bartolomé Mitre, quien tenía en su haber una carrera en uniforme militar en Uruguay en época de Juan Manuel de Rosas. Por lo tanto, para algunos no era extranjero.

El papel del Partido Nacional o Blanco, enfrentando el expansionismo porteño, tampoco genera dudas en el autor, pues el título del capítulo cinco es revelador de su pensamiento: «La rectitud del Presidente Berro».

Solo dos capítulos más adelante aparece otra afirmación categórica: «Duplicidad del Presidente Mitre». Sobre el papel de los ingleses, hay un capítulo titulado «¡No toquéis a la reina!», que reflejaba los presuntos intereses de la corona británica en el desenlace de la contienda.

El autor tampoco ignora el tema clave de las ambiciones territoriales del Imperio brasileño y el nunca relegado deseo de Mitre de reconstruir el antiguo Virreynato del Plata. En su descripción de esa angurria territorial, Herrera se refiere al Tratado Secreto de la Triple Alianza y su cesión de un plumazo de todo el Chaco paraguayo a la Confederación Argentina. Con la habilidad de los oradores diestros, define la cuestión en dos capítulos. El quince se denomina «Un grafico del despojo», y el siguiente: «Hasta Bahía Negra, en el Chaco Boreal, hasta entonces paraguayo».

Si todavía quedaran dudas de la postura del autor, un capítulo más adelante aparece el primer elogio incontrovertible de Solano López en el Río de la Plata, titulado con toda sencillez: «La epopeya y su Mariscal». El coraje que se precisaba para asumir una actitud novedosa y altamente riesgosa para un político de su rango no puede ser exagerado.

Herrera investiga el pasado de la región y lo va describiendo. En un capítulo analiza la visión de Carlos Antonio López, estadista firme, respetado y temido en la región por el poderío económico que iba logrando su nación. Luego se interna en las disputas de los orientales y encuentra al general Venancio Flores, adversario ideológico del liberal Partido Colorado uruguayo. Se menciona que el Uruguay podría desaparecer del mapa político y convertirse en una «Polonia», cuyo territorio fue repartido entre Rusia, Prusia y Austria a fines del siglo XVIII y cuyo idioma y cultura, pese a no existir como entidad política, siguieron vigentes en el ethos de sus ciudadanos. No es desconocida la anécdota del compositor romántico Frédéric Chopin, que llevaba en el bolsillo un poco de tierra polaca por si tuvieran que enterrarlo en el exilio.

En varios capítulos, Herrera enfoca las siempre conflictivas relaciones entre el Uruguay y la Confederación Argentina, que imponía su voluntad, cuando era menester, por la fuerza. Se había apropiado de la Isla de Martín García, en territorio uruguayo, base del poderío militar porteño aguas arriba. Una batería de artillería en Martín García podía bloquear todo el comercio de los ríos Paraná y Uruguay. Para justificar el despojo, la Argentina siempre se presentó como dueña del Río de la Plata y reclamó para sí, desafiando la política internacional de fronteras de agua, el canal de navegación primero y todo el Río de la Plata después, con una doctrina denominada «de la costa seca». En el Capítulo 54, «Nuestro litoral prohibido», Herrera «muestra hasta dónde llegó el abuso del gobierno mitrista» –«Prohibido nos estaba surcar aguas nuestras»– y concluye, contundente: «El litoral continúa clausurado para nuestras comunicaciones y abierto, por ende, para las del invasor».

Durante la Guerra del Chaco, el apoyo al Paraguay demostrado por Luis Alberto de Herrera en su pensamiento y escritos se extendió a sus acciones cuando, ya mayor, en 1933, solicitó visitar el frente de batalla en el inhóspito desierto en disputa entre Paraguay y Bolivia. Esta muestra de amistad de un ciudadano oriental caló muy hondo en el imaginario colectivo paraguayo y trajo a la mente gestos de los uruguayos hacia el Paraguay. El primer país en devolver los trofeos de guerra, el primero en abrir una escuela con el nombre del prócer Artigas en el solar donde viviera este, refugiado en el Paraguay, el primero de los combatientes de la Triple Alianza en honrar la figura de Francisco Solano López con una estatua ecuestre, en la playa del Buceo.

A siglo y medio de su nacimiento, nuestro país sigue recordando al autor que plasmó una visión política e histórica diferente de las imperantes hasta entonces sobre el papel del Paraguay en la Guerra contra la Triple Alianza.

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