«No hay mal que dure cien años»

Henry Kissinger (Heinz Kissinger, Fürth, Baviera, 27 de mayo de 1923 - Connecticut, Estados Unidos, 29 de noviembre de 2023), figura clave en la historia de la posguerra fría que contribuyó considerablemente a dar forma al mundo actual, murió el miércoles en su casa de Connecticut a los 100 años de edad. Hasta nunca, Henry Kissinger, premio Nobel de la Guerra.

Ronald Reagan y Henry Kissinger en el área residencial de la Casa Blanca, 1981
Ronald Reagan y Henry Kissinger en el área residencial de la Casa Blanca, 1981

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Ha muerto a los cien años Henry Kissinger, el Nobel de la Paz que promovió la guerra. Nació en la antigua ciudad bávara de Fürth, a orillas del Regnitz, y llegó a Nueva York con su familia, refugiados judíos de la Alemania nazi, en 1938. Estados Unidos cometió y permitió abusos desde mucho antes de que Kissinger llegara al poder, pero la historia de Kissinger arroja luz sobre la maquinaria de la que fue engranaje.

Por un lado, es la historia de una serpiente que se muerde la cola: empresas apoyadas desde el gobierno por el secretario de Estado Henry Kissinger serán representadas después por la firma consultora privada Kissinger Associates, regímenes apoyados desde el gobierno por el secretario de Estado Henry Kissinger rematarán después industrias públicas que serán negociadas por la firma consultora privada Kissinger Associates… Eso fue lo que nos mostraron, entre otras cosas, los Kissinger Cables liberados hace unos años por WikiLeaks: al secretario de Estado Kissinger trabajando desde el gobierno –y completando la tarea desde Kissinger Associates– en beneficio de una gran corporación y en perjuicio de las víctimas de uno de los peores desastres industriales de la historia, solo comparable con los de Chernobyl y Fukushima.

Poco después de la medianoche del 3 de diciembre de 1984, una nube venenosa cubrió la ciudad de Bhopal, en la India. La gente empezó a morir de maneras atroces. Era una fuga de isocianato de metilo (MIC) de la planta química de la Union Carbide Corporation (UCC). Miles murieron de inmediato, miles en los días siguientes, miles en los años posteriores.

Antes de aquel 3 de diciembre en que sucedió la Tragedia de Bhopal, fue el secretario de Estado Henry Kissinger quien le consiguió a la UCC un préstamo del Export Import Bank de Estados Unidos para instalar en Bhopal en 1975 su fábrica de pesticida Sevin con una tecnología que reducía los costos de producción a la mitad usando isocianato de metilo (MIC). Y después de la Tragedia de Bhopal, fue la firma Kissinger Associates la que, representando a la UCC, logró un acuerdo extrajudicial en 1989 presionando al Gobierno indio para que liberara a la UCC de su responsabilidad en la catástrofe a cambio de 470 millones de dólares como indemnización, suma irrisoria para la magnitud y duración de los daños (hasta hoy siguen naciendo en Bhopal niños con malformaciones, y los sobrevivientes siguen sufriendo secuelas –enfermedades pulmonares, daños neurológicos, cáncer…). Como parte del trato, todos los cargos contra la UCC fueron retirados (1). Al anunciarse el acuerdo, las acciones de la UCC subieron un 7%. Win-win.

Warren Anderson, CEO de la UCC, salió de la India en un avión del gobierno cuando la nube letal apenas acababa de disiparse, el 7 de diciembre de 1984. Murió muy anciano en Vero Beach, Florida, en 2014, sin haber comparecido nunca ante un tribunal.

Tampoco Kissinger tuvo que hacerlo nunca. Christopher Hitchens dijo que Kissinger debería ser juzgado como un criminal de guerra –y dedicó una serie de artículos y un libro a explicar por qué (2)–, pero siempre supimos que eso no sucedería nunca, porque Kissinger no era una anomalía; a lo sumo, no tuvo demasiado pudor al hacer el «trabajo sucio» que sostiene este orden del que, bien o mal, participamos. La rudeza de sus métodos puede ofender a las personas sensibles, pero, por sensibles que sean, muchas de esas mismas personas aprobarían sus propósitos, velar por los grandes intereses empresariales incrustados en el gobierno y sus ventajas estratégicas en el mapa geopolítico mundial –o, como los amantes de la literatura fantástica prefieren decir, «defender la democracia»–.

En todas y cada una de las muchas crisis que a lo largo de estas décadas obligaron a dudar de la legitimidad de la política exterior del gobierno de su país incluso a los estadounidenses más conservadores y llevaron a protestar a los más decentes, Kissinger se mantuvo inflexible. Nunca vaciló en anteponer la conveniencia a la ética, el poder a la justicia, los negocios a los principios. Supo gobernar para los menos y manipular a los más, y aunque sus políticas pudieron socavar un tanto el apoyo público al gobierno y, por ende, a la doctrina de la seguridad nacional, la revivió en una nueva forma imperial sustentada en alardes de fuerza cada vez más brutales y secretismos cada vez más obscenos.

La trágica historia de Medio Oriente lleva la marca sangrienta que ayudó a grabar a fuego desde los comienzos de su carrera en la Casa Blanca como asesor de seguridad de Nixon durante su primer mandato, cuando saboteó tras bambalinas el Plan Rogers. Promovió la entrega de ayuda militar de Estados Unidos a Israel durante la guerra de 1973, en la que murieron más de 20.000 árabes y unos 2.500 israelíes. Se aseguró de que Estados Unidos no entablara relaciones con la Organización de Liberación de Palestina. Dejó a los palestinos fuera de las negociaciones que llevaron a los acuerdos de Camp David en 1978, y los temas fundamentales y acuciantes de la ocupación israelí y la autodeterminación palestina ni siquiera fueron abordados.

Respaldó la tiranía del Sha de Irán, que reprimía brutalmente a la oposición, hizo la vista gorda ante los atropellos del gobierno de Arabia Saudita contra su población para cultivar relaciones amistosas con este, asegurando así el acceso de Estados Unidos al petróleo y las ganancias de la venta de armas al régimen saudita, régimen autoritario que por su parte se fortaleció aún más con esas compras. Win-win.

Autorizó a Suharto a invadir Timor Oriental, impulsó la guerra en Angola, respaldó el apartheid en Sudáfrica, mató a cientos de miles de camboyanos con bombardeos masivos contra esa nación neutral con la que Estados Unidos no estaba en guerra, promovió el golpe militar que derrocó a Allende en Chile, apoyó a la dictadura militar argentina en la represión de los opositores, asesoró a Bush en la guerra de Irak.

Con la muerte de los miles de civiles desarmados bajo los bombardeos masivos en Camboya, Kissinger buscaba presionar a Vietnam del Norte para que aceptara sus condiciones para poner fin a la guerra. Y cuando en 1973 fueron firmados, en efecto, los acuerdos de París, le otorgaron el Nobel de la Paz.

Dos miembros del comité del premio dimitieron en protesta. Pero él lo recibió sin turbación ni sonrojo. Incluso los cálculos más favorables a él lo hacen responsable de millones de muertes. Pero él nunca respondió por esas tragedias, nunca se arrepintió, nunca mostró remordimiento ni piedad por las víctimas. Siguió siendo hasta el fin un respetado miembro de la élite política y un invitado de gala en las grandes cenas de Washington. Alguien que supo el secreto que garantiza un Happy End digno de Hollywood: poner siempre los intereses económicos por encima de todo –y en primer lugar, obviamente, de la vida humana–. Ese fue Henry Kissinger. Su figura, ahora muda, espectral, blanca como la nube de pesadilla de Bhopal, aguarda a sus pares al otro lado del río para conducirlos en su largo descenso por el camino oscuro y sin retorno que, desde las selvas de Vietnam y las arenas del Golfo, se hunde eternamente en las ruinas de Gaza.

Notas

(1) Decisión anulada por el Tribunal Supremo de la India en 1991.

(2) Christopher Hitchens (2001). The Trial of Henry Kissinger. Nueva York, Verso Books, 145 pp.

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