El Día Internacional de Acción por la Salud de la Mujer se conmemora el 28 de mayo. Nació como una jornada de movilización global impulsada por redes de derechos sexuales y reproductivos —entre ellas la Women’s Global Network for Reproductive Rights, que lo promovió desde 1987— para reclamar acceso a salud integral, información, prevención y atención sin violencia ni discriminación.
La fecha pone en agenda qué se investiga, qué se financia y qué se atiende tarde. Y, sobre todo, obliga a revisar una idea persistente: que la medicina es neutral. No siempre lo fue, ni lo es.
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Salud femenina y sesgo médico: por qué el diagnóstico tarda para ellas
En múltiples especialidades las mujeres tardan más en recibir diagnósticos correctos. Parte del problema es metodológico.
Durante décadas, los estudios clínicos se diseñaron con predominio de varones; luego se generalizaron resultados a cuerpos y ciclos biológicos distintos.
Otra parte es cultural: síntomas reportados por mujeres han sido interpretados con mayor frecuencia como “ansiedad”, “estrés” o “somatización”.
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Los ejemplos son conocidos en consulta y en estadísticas sanitarias. En cardiología, los infartos pueden presentarse con señales menos “de manual” (fatiga extrema, náuseas, dolor mandibular), lo que aumenta el riesgo de subdiagnóstico.
En ginecología, la endometriosis suele acumular años de peregrinación médica antes de confirmarse.
En autoinmunidad, donde ellas concentran una gran proporción de casos, la mezcla de síntomas difusos y pruebas no concluyentes alimenta demoras y etiquetas imprecisas.
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Diagnosticar tarde no es solo un problema individual: también encarece sistemas de salud y empeora pronósticos.
El dolor ignorado: la larga historia de la minimización
La medicina arrastra un sesgo especialmente dañino: el dolor de las mujeres se toma menos en serio. Diversos trabajos académicos han descrito diferencias en evaluación y tratamiento del dolor según género: más probabilidad de recibir tranquilizantes en lugar de analgésicos, o de que el dolor se interprete como emocional.
Esta inercia histórica tiene raíces profundas: desde lecturas patologizantes de la “histeria” hasta una formación clínica que, aún hoy, puede reproducir estereotipos. El resultado: tratamientos tardíos, sufrimiento normalizado y desconfianza en el sistema sanitario.
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Y en condiciones crónicas, el tiempo perdido suele convertirse en discapacidad.
La brecha médica de género en medicamentos
La desigualdad también se mide en miligramos. Si los ensayos clínicos no representan adecuadamente a mujeres —por edad, peso, metabolismo, embarazo, uso de anticonceptivos o ciclos hormonales— los efectos reales aparecen después, en la vida cotidiana.
Un caso paradigmático fue zolpidem (un hipnótico): en 2013, la FDA recomendó reducir la dosis inicial en mujeres por mayor somnolencia y riesgo de accidentes a la mañana siguiente. No era un detalle menor: mostraba que el “paciente estándar” no era universal.
Además, ellas reportan con frecuencia más reacciones adversas a ciertos fármacos, en parte por diferencias farmacocinéticas (absorción, distribución, metabolismo) y por una historia de investigación biomédica que subestimó esas variaciones.
La paradoja: viven más, pero con peor salud
La ciencia llama a esto la paradoja de la morbilidad femenina: en promedio, las mujeres viven más años, pero pasan más tiempo con enfermedades crónicas o discapacidad.
Las hipótesis se superponen: ventajas biológicas en supervivencia, pero mayor carga de dolor crónico y trastornos autoinmunes; efectos de la pobreza y el trabajo de cuidados; violencia de género; y también mayor disposición a consultar y reportar síntomas (lo que revela enfermedad, pero no la causa).
Mejorar la salud de las mujeres no depende solo de más consultas, sino de mejor evidencia, formación sin sesgos y sistemas que escuchen el dolor como dato clínico, no como exageración.