«La bondad (nosotros), la maldad (ellos)»: Lula y Bolsonaro más allá del Universo Político Marvel

El 2023 comienza de cabeza, con la prensa condenando la «anarquía bolsonarista» –nada menos anarquista que pedir una dictadura militar, como hicieron los bolsonaristas el domingo pasado– y con la izquierda en el gobierno y la derecha rebelándose en las calles.

James Cameron y Sigourney Weaver con el cacique Luiz Xipaia apoyando la lucha de los kayapó contra el megaproyecto de Belo Monte, del segundo gobierno de Lula, Brasilia, 12 de abril de 2010.
James Cameron y Sigourney Weaver con el cacique Luiz Xipaia apoyando la lucha de los kayapó contra el megaproyecto de Belo Monte, del segundo gobierno de Lula, Brasilia, 12 de abril de 2010.

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No pensaba escribir hoy sobre el supuesto «intento de golpe de Estado» del domingo pasado en Brasil, pero como en El Suplemento Cultural conviven opiniones diversas, y a veces opuestas, aprovecho que otro artículo de esta misma edición lo aborda (1) para expresar algunas de mis diferencias con el grueso de los intelectuales. Para el consenso, para la doxa de nuestra época, para ese sentido común progresista, que frecuentemente se quiere y se autopercibe de izquierda, el universo político Marvel habitado por superhéroes y archivillanos, por lulas y bolsonaros, en el que viven es fuente de ilusiones de superioridad moral que refuerzan prestigios y proporcionan subterfugios ideológicos para solapar con altruismos imaginados intereses de clase reales (por lo general, inconscientes). Así, el amor vence al odio, la cultura a la ignorancia, la civilización a la barbarie, los atuendos multicolores de una investidura presidencial a los sobrios trajes negros de otra, los ángeles a los demonios, la bondad (nosotros) a la maldad (ellos), Dios al Diablo. Ah, y, por supuesto, la «izquierda» (también nosotros, claro) al fascismo (¡ellos de nuevo!). Supongo que yo no puedo participar de este tipo de gratificantes identificaciones colectivas debido a que no soy ningún ángel, de modo que utilizaré mi eterna e inevitable distancia para anotar al vuelo (tengo veinte minutos antes del cierre de edición; me disculpo por las estupideces que la prisa me impida enmendar) unas pocas observaciones. «Por el analfabeto a quien escribo», decía Vallejo. En similar paradoja, no las dirigiré (no primaria ni preferentemente) al «público objetivo» de la prensa cultural (al que mis artículos –por más que los lean en secreto para enterarse de críticas y así corregir sus poses– molestan), sino a todas esas otras personas que para las páginas culturales, teóricamente, no existen.

Ante todo, diferencias entre el asalto de partidarios de Bolsonaro a edificios gubernamentales en Brasilia el 8 de enero y el asalto de partidarios de Trump al Congreso en Washington DC el 6 de enero de 2021. Los primeros, ala extremista del bolsonarismo, ya no centran sus protestas en el candidato derrotado sino en la nostalgia por algo nunca extinto y anterior a Trump y Bolsonaro, que este ha sabido utilizar, la dictadura impuesta por golpe militar en 1964 en Brasil, nostalgia peligrosa –tiene apoyo dentro de las Fuerzas Armadas brasileñas y fue Steve Bannon quien lanzó el hashtag #BrazilianSpring en sus podcast– que pide mejores análisis que las fáciles reducciones moralistas al uso («aberración», «fascismo», «barbarie», etcétera), pero que no debe admitir bajo ningún término confusiones ni simpatías.

Segundo, si Lula pudo haber comenzado esta administración con poco capital político, a partir de ahora toda oposición puede ser sospechosa de bolsonarismo, fenómeno cuya ala extrema aparece aislada por derecha e izquierda (basta ver la unanimidad de la prensa local e internacional en el repudio –y los motivos del repudio– a los vándalos: nada, salvo –a veces– la superficie retórica distingue los titulares y editoriales sobre el caso de los medios francamente asumidos como de derecha y los autodenominados «de izquierda», de los autoproclamados «independientes» y los llamados «corporativos», e incluso de estos y los órganos oficiales de la mayoría de los grandes partidos tradicionalmente considerados de izquierda). Los actos para socavar la gobernabilidad de Lula tuvieron el efecto contrario, mientras, parasitadas por una derecha que posa de rebelde, imágenes de lucha contra la represión estatal son asociadas con la «anarquía» desde la izquierda hegemónica, que, identificada con los «gobiernos populares», defiende las instituciones codo a codo con la derecha tradicional, demasiado conservadora –coherente, al cabo– para no condenar a los insurrectos, más allá de sus coincidencias. El 2023 comienza de cabeza, con autoridades y gobiernos condenando en todo el mundo la «anarquía bolsonarista» –aunque el término anarquía admite este uso, dado que tiene más de una acepción y se presta por ello a confusiones, no está de más aclarar que difícilmente puede imaginarse algo menos anarquista que pedir una dictadura militar, como hicieron el domingo pasado los seguidores de Bolsonaro– y con la izquierda en el gobierno y la derecha rebelándose en las calles. Plop.

Tercero, el juez del Tribunal Supremo de Brasil anunció el miércoles multas y prisión para quien participe en bloqueos de carreteras y otras manifestaciones similares a las del domingo 8: «Las autoridades locales deben arrestar a cualquiera que ocupe y obstruya vías urbanas o carreteras, o invada edificios públicos; [...] identificar y requisar los vehículos utilizados en los hechos y a sus propietarios y [...] bloquear los canales de redes sociales en los que se convoque a estos actos», medidas que afectan las libertades públicas de los trabajadores y su derecho a luchar de manera independiente por sus reivindicaciones, y que favorecen a las clases dominantes. Es imposible no imaginar con emoción el pasado, aquel primer momento, ya remoto, de ver a un obrero llegar a la presidencia, pero la presidencia no está hecha para representar a los obreros. Les guste o no a los intelectuales «de izquierda» –que con frecuencia son o aspiran a ser (y esto hay que pensarlo como un factor de descontento y de crítica tanto en extremismos de derecha como en sectores no hegemónicos –a mucha honra– de izquierda sin comillas) clientes de «gobiernos populares»–, el bolsonarismo es un peligro, pero el gobierno no es un amigo. Y reitero lo dicho en otro artículo (2), invisibilizado en su momento, como ahora lo será este: la vocación de desigualdad implícita en discursos como el del líder «que sacó a millones de la pobreza» puede ser inconsciente, pero no es inocua. Estos discursos desalientan las iniciativas de autoorganización que articulan las capacidades de reivindicar reclamos y derechos propios, instan a delegar esas reivindicaciones en un líder al que, para ello, se idealiza, reproducen las jerarquías que hay que combatir, deslizan entre líneas la idea de que no todo gobierno defiende los intereses de las clases dominantes, de que un gobierno puede ser aliado de quienes están en la base de la pirámide social, de que un gobierno puede representar al «pueblo», de que un gobernante puede seguir siendo un obrero. Exhortan, en suma, expresa o tácitamente, a confiar en el poder. Cumplen una función ideológica muy clara, tanto cuando vienen de la derecha como cuando vienen de la pseudoizquierda.

Notas

(1) Mario Larroza, «2023: la resurrección de Luiz Inácio Lula Da Silva», El Suplemento Cultural, 15/01/2023.

(2) Montserrat Álvarez, «Pleito de blancos», El Suplemento Cultural, 06/11/2022.

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