Donde somos millones

¿Quiénes celebran el regreso a una legitimidad ilusoria y el supuesto final de una barbarie que creen excepción y que siempre fue regla, y por qué lo celebran?

Hombre con remera de Black Lives Matter en Washington DC, septiembre de 2020 (Foto: Johnny Silvercloud).
Hombre con remera de Black Lives Matter en Washington DC, septiembre de 2020 (Foto: Johnny Silvercloud).GENTILEZA

En el universo dualista construido por la formidable maquinaria mediática estadounidense (reforzada por medios de todo el mundo, «mainstream» e «independientes» por igual), tras las elecciones del pasado fin de semana, el Bien ha derrotado al Mal y el planeta respira con alivio.

Joe Biden y Kamala Harris –la exfiscala que hizo su carrera metiendo pobres en la cárcel– fueron la fórmula recibida con aplausos en Wall Street como pareja perfecta para quienes nada tienen que temer del gobierno. Otros, en cambio, no tienen demasiado qué esperar ni, en consecuencia, demasiado por qué votar, ignorados igualmente por ambos bandos.

Es frecuente el desdén por esos otros, que, se afirma, no se preocupan por los problemas que nos deben preocupar ni se alarman por lo que nos debe alarmar, pero lo cierto es que el pánico de las clases medias progresistas (que se piensan, a veces, como «izquierda») a la irrupción del fascismo encubre la continuidad del gobierno de Trump con una tradición que no ha roto: su política de deportación fue una extensión de la de Obama, y su postura sobre el estado de derecho es la hermanita gemela de la retórica represiva de Joe Biden contra el crimen.

Y si Trump ha recibido el apoyo de supremacistas y extremistas de ultraderecha, Biden ha recibido el de, cabe decir, criminales de guerra. Consta por lo menos el apoyo público de los 500 militares estadounidenses de alto rango que firmaron la carta abierta a favor del candidato demócrata durante su campaña en septiembre (1), poco después de que 70 (la lista subió pronto a 130) funcionarios de seguridad nacional que sirvieron en gobiernos republicanos hubieran hecho lo propio (2).

¿Por qué la élite militar, económica y mediática estadounidense –o gran parte de ella– ha repudiado a Trump y apoyado a Biden? ¿Porque Trump es un fascista y Biden no, es decir, por razones humanitarias o morales? Buen chiste.

¿Quizá porque esa élite afianza su supremacía incorporando países al orden que económica, diplomática y comercialmente –y militarmente, cuando le conviene– lidera? Con relaciones reguladas a veces por convenios –como el Acuerdo de Asociación Transpacífico de Barack Obama (y su vicepresidente, Joe Biden)–. Y que también descansan parcialmente en el poder amable de un consenso construido por instituciones –organismos internacionales, por ejemplo–, espacios forjadores de ideología –prensa «mainstream» y «alternativa», las redes sociales y su fact-checking–, actores –intelectuales que invariablemente confirman el «sentido común» (Chomsky es un buen ejemplo), activistas de derechos humanos con visiones circunscritas a las demandas de colectivos específicos–, etcétera.

No todos los periodistas, intelectuales y activistas confirman el sentido común ni acatan el consenso, pero la mayoría sí (por algo el consenso es consenso, por algo el sentido común es común). Y cuando se presentan como antihegemónicos –siendo, como son, justamente lo contrario–, o con amistoso ropaje de valores progresistas, son aún más eficaces.

La dominación por el consenso es un juego sucio y sutil que suele funcionar bastante bien. Pero es un juego, por lo visto, demasiado sutil para Trump, que rompió el citado Acuerdo Transpacífico de Obama (y Biden), impuso elevados aranceles a productos chinos (en un momento delicado por el auge económico de China y tras décadas –al menos desde Nixon, el primer presidente de su país que visitó Pequín, en 1972– de intentar integrarla al orden comercial mundial liderado por dicha élite), y a los coches alemanes, el acero canadiense y los artículos de lujo franceses, y que descalificó a los citados organismos internacionales, que contribuyen de mil formas a forjar ese consenso y legitimar, por ende, el poder de esa élite.

Sospecho, por ello, que para parte del establishment estadounidense las políticas de Trump no han fortalecido, sino debilitado, su dominio global. Y que esperan que Biden devuelva al gobierno su fachada democrática y restablezca las buenas relaciones con sus aliados. Me arriesgaría a decir que Biden ha sido designado como el restaurador de las formas y el discurso que contribuyen a fabricar ese consenso y a legitimar ese dominio.

Los poderes económicos y mediáticos, en suma, no detestan a Trump. No lo repudian por «fascista» sino porque despoja a los intereses de la clase dominante estadounidense de toda apariencia de legitimidad. Tampoco apoyan a Biden porque lo crean capaz de implementar políticas más equitativas que Trump (¿podría importarles eso?) sino porque lo saben capaz de devolver esa apariencia de legitimidad a sus intereses.

¿El problema es Trump? No: el problema, mucho más complejo, es lo que ha permitido que Trump (pero no solo Trump, ni principalmente Trump) sea un problema. ¿Desaparece el problema con Biden? Ni un ápice. Queda intacto.

La lucha antirracista que resurgió en Estados Unidos este año es uno de los movimientos de masas más importantes de la historia reciente, pero Black Lives Matter no resurgió primaria ni exclusivamente contra Trump. En muchos estados y ciudades, se enfrentó a la policía de los gobernadores y autoridades demócratas, es decir, al aparato del Partido Demócrata que está en el poder en esos lugares, y ese aparato de poder demócrata es un pilar de la clase dominante estadounidense, a la que también representa Biden.

Entonces, ¿quiénes detestan a Trump? Las clases medias ilustradas, formadas en el respeto a los valores e instituciones democráticas, los sectores moderados, liberales, «progres», de centro… ¿Por qué lo detestan? Porque, en ese ilusorio universo dualista construido por la maquinaria mediática que decíamos al comienzo e impuesto con valor de realidad por el consenso, Trump representa la ruptura del supuesto orden previo regido por esos valores e instituciones.

Estas elecciones tendrían «consecuencias en el alma de Estados Unidos», advirtió en agosto el excongresista John Kasich, que opuso a Trump a «todos nuestros mejores líderes, que trabajaron para unirnos, para salvar nuestras diferencias», y subrayó que por eso él, Kasich, un republicano, estaba allí, apoyando a Biden en la Convención Demócrata: «En tiempos normales, esto probablemente no sucedería», sonrió. «Estos no son tiempos normales» (3).

Kasich estaba allí, pues, a modo de emblema de la «democracia», profanada por Trump, de los tiempos «normales». Civilizado emblema del corporativismo amistoso y de las sonrisas complacientes de esa clase media que no necesita entender la política real y cuya política es, por ello, fundamentalmente estética. Esa que se mofa de la vulgaridad y del bronceado con spray de Trump desde la altura moral y la cultura «superior» de las notas (otoñales) de The New Yorker y las (pésimas) columnas de los Nate White (4) –craso remedo midcult de un supuesto «humor británico» que la iletrada progresía sudaca aplaude en dolorosamente horribles traducciones–. Esa que suspira de alivio por el regreso a una normalidad en la que podrá dejar de preocuparse por el hundimiento del barco a manos de un capitán loco.

¿Y qué le ven de bonito a un tipo como Joe Biden? El regreso a una legitimidad ilusoria y el final de una barbarie que creen excepción, y que siempre fue regla. La presidencia de Trump no ha sido anormal sino brutal como las anteriores, pero de un modo descarado que lo opone a la «decencia» de un Biden que separa en política el contenido y la forma: es, pues, insisto, una diferencia estética.

Meramente estética. Muchas vidas no cambiaron significativamente después de enero del 2017; quienes trabajaron bajo Obama siguieron trabajando bajo Trump: ¿por qué habrían de cambiar sus vidas si, elección tras elección, los gobiernos hacen lo que las corporaciones dicen?

Se celebra, sin embargo, la derrota de Trump porque Biden es a su lado, nos dicen, un «mal menor». No lo es, pero a quienes celebran no les importa si lo es o no, como tampoco les importa a los grandes medios de prensa que cierran filas contra Trump ni a los cientos de medios autodenominados «alternativos» o «independientes» que esa progresía consume en cada rincón del mundo y que integran una gran fábrica de consenso como pequeñas piezas de apariencia amistosa en la maquinaria reproductora de la ideología hegemónica –piezas de apariencia amistosa, pues, pero en absoluto inocuas–.

Trump parece concentrar en su masa los excesos del capitalismo, en su obesidad industrial el peso de la especulación inmobiliaria y en su lenguaje altisonante la impulsiva irreflexión del marketing de click-bait. Es sólido pero no se desvanece en el aire, mientras que Biden, dietético y leve, disciplinadamente inmaterial, con su decoro demócrata y su vicepresidenta impecablemente negra, y mujer, endulza sin calorías los poderes de Silicon Valley y Wall Street como la «meritocracia» endulza los privilegios. Ninguno de los dos refleja a quienes bajo cualquiera de los dos trabajan sin dignidad ni estabilidad (si encuentran trabajo), por más que, de haber ganado Trump, ellos habrían sido culpados otra vez de su victoria.

Aunque se han disputado la presidencia de su país, lo único que dos tipos como Biden y Trump deberían disputarse es el catre con menos pulgas de la celda de una cárcel. Biden comenzó su carrera política cuando fue electo senador por Delaware en 1973 a los 29 años: el senador más joven de su país. En este medio siglo ha dejado traslucir que no se necesita votar a un republicano para poner a un reaccionario en el gobierno. Cuando Bush declaró la Guerra a las Drogas en 1989 con medidas más firmes de represión y 85 por ciento más de celdas en las cárceles para alojar más convictos, Biden lo criticó por blando. Un año antes de votar por la ley de Clinton de 1994 para encarcelar de por vida a infractores reincidentes, entre otras cosas, Biden dijo en el Senado: «Todos los proyectos de ley importantes sobre delitos salidos de aquí desde 1976 tienen la firma del senador demócrata por Delaware: Joe Biden». Entre 1980 y 2005, la población carcelaria de Estados Unidos se disparó en un 734 por ciento. La versión de Biden del american dream parece un encarcelamiento en masa. Biden encabezó desde el 2010 el proceso contra WikiLeaks y Julian Assange, al que llamó terrorista (5), y persiguió a Edward Snowden por todo el tercer planeta amenazando a otros países para que se negaran a darle asilo (6). Biden respaldó la intervención estadounidense en los Balcanes, la invasión de Afganistán en el 2001, la guerra contra Irak en el 2003 y, como vicepresidente de Obama, la intervención en Libia, el acuerdo de ayuda militar con Netanyahu (si Trump se llenó la boca de retórica sionista, Biden apuntaló con dinero el apartheid en Palestina) y el programa de drones no tripulados que mató a casi 3800 personas, entre ellas miles de civiles indefensos (7). Joe Biden es, en efecto, mucho más fino que Trump: en vez de insultos racistas, xenófobos y misóginos, simplemente lanza bombas.

Volviendo a la fábula del «mal menor», no es cosa nueva. Si alimentó en estas elecciones el apoyo a Biden –Noam Chomsky dijo en varias entrevistas (8) que no votar por Biden sería favorecer a Trump y que eso equivaldría a favorecer el ascenso de Hitler en la Alemania de los años 30–, ya Hillary Clinton la había usado, de manera mas indirecta, en el 2008. Afirmó Hillary Clinton en aquel entonces que los previos logros del movimiento por los derechos civiles habían dependido de tener un presidente demócrata, Lyndon Johnson.

Cuando el demócrata Lyndon B. Johnson y el republicano Barry Goldwater se enfrentaron en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1964, Johnson prometió poner fin a la guerra de Vietnam, y Goldwater prometió continuarla.

Johnson ganó, siguió con la guerra y asesinó a millones de vietnamitas. A pesar de ello, la insidiosa –la tramposa– moraleja demócrata que pretende inculcarnos la fábula del mal menor es que nada pueden por sí solos los movimientos populares: que necesitan un presidente (demócrata) capaz de escucharlos, ese buen presidente que complementa con perfecta naturalidad al satanizado villano (Trump) en la lógica dualista de este universo esquemático.

Pero la guerra de Vietnam no terminó bajo Johnson sino bajo Nixon, y no porque Nixon fuera particularmente capaz de escuchar, sino porque no pudo frenar los movimientos de protesta, los reclamos de los soldados que se negaban a combatir y la resistencia del pueblo vietnamita, que nunca se rindió. Si algo bueno trae el 2020, no es la derrota de Trump, sino la evidencia del poder explosivo de estos movimientos para sacudir al mundo e inspirar en todas partes nuevas ideas de justicia. No necesitas un presidente. No necesitas un partido. No necesitas un gobierno. Tu trabajo produce las ganancias que sostienen todo este sistema, y que sostienen hasta las mismas calles, donde somos millones.

Notas

(1) «Medio millar de antiguos altos cargos del Ejército de EE.UU. y expertos en seguridad nacional muestran su apoyo a Biden», EuropaPress, 24/09/2020 (disponible en línea: https://www.europapress.es/internacional/noticia-medio-millar-antiguos-altos-cargos-ejercito-eeuu-expertos-seguridad-nacional-muestran-apoyo-biden-20200924203307.html).

2) «More than 70 former GOP national security officials and Congressmen endorse Biden», CNN, 21/08/2020 (en línea: https://edition.cnn.com/2020/08/21/politics/gop-national-security-officials-endorse-biden/index.html).

3) Matthew Yglesias, «John Kasich makes the Republican’s case for Joe Biden», en: Vox, 17/08/2020 (Disponible en línea: https://www.vox.com/2020/8/17/21373196/john-kasich-dnc-speech-transcript).

4) Nate White, «Why do some British people not like Donald Trump?» (14/02/2019), en: https://teacherpoetmusicianglenbrown.blogspot.com/2019/02/why-do-some-british-people-not-like.html (hay versiones en castellano fáciles de encontrar –infestan las redes sociales).

5) «Julian Assange like a hi-tech terrorist, says Joe Biden», The Guardian, 19/12/2010 (en línea: https://www.theguardian.com/media/2010/dec/19/assange-high-tech-terrorist-biden).

6) «Biden pide a Correa que niegue asilo político a Snowden», BBC, 29/12/2013 (en línea: https://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2013/06/130629_ultnot_biden_correa_snowden_en). «Snowden asegura que pidió asilo a 27 países, pero que Biden lo boicoteó», EFE, 17/09/2019 (en línea: https://www.20minutos.es/noticia/3766242/0/snowden-asegura-pidio-asilo-27-paises-biden-boicoteo/).

7) Micah Zenko, «Obama’s Final Drone Strike Date», en: Council on Foreign Relations, 20/01/2017 (Disponible en línea: https://www.cfr.org/blog/obamas-final-drone-strike-data)

(8) «Mehdi Hasan and Noam Chomsky on Biden vs. Trump», en The Intercept, 15/04/2020 (En línea: https://theintercept.com/2020/04/15/biden-trump-noam-chomsky-mehdi-hasan/). «Noam Chomsky Believes Trump Is “the Worst Criminal in Human History”», en The New Yorker, 30/10/2020 (En línea: https://www.newyorker.com/news/q-and-a/noam-chomsky-believes-trump-is-the-worst-criminal-in-human-history).

montserrat.alvarez@abc.com.py

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD