No olvidamos Kronstadt

Se descalificó a los marineros de Kronstadt como supuestos «contrarrevolucionarios» para esconder lo que sus demandas revelaban: la traición a los ideales de 1917, escribe la poeta y filósofa anarquista Montserrat Álvarez en el centenario del levantamiento de los marineros de Kronstadt contra el gobierno bolchevique (1921-2021).

Marineros de Kronstadt durante la rebelión de 1921.
Marineros de Kronstadt durante la rebelión de 1921.GENTILEZA

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En marzo de 1921, los marineros de la fortaleza naval del golfo de Finlandia se levantaron contra el gobierno bolchevique y establecieron una comuna revolucionaria que durante dos semanas hizo realidad en Kronstadt la democracia obrera. Fueron asesinados. Este año que termina es el año del centenario de la revuelta de Kronstadt, y no podemos despedirlo sin decir unas palabras sobre ese levantamiento cuyas demandas no han perdido actualidad.

Terminada la guerra civil, escribe Alexander Berkman, se esperaba que el gobierno aliviara las pesadas cargas impuestas en Rusia en ese periodo e instaurara libertades fundamentales. No fue así: «la militarización del trabajo esclavizaba aún más al pueblo» y «reforzaba la convicción de que el partido comunista estaba más interesado en conservar el poder político que en salvar la revolución». Los obreros de Petrogrado fueron los primeros en protestar, protesta aplastada con mano de hierro. Al saberlo, los marineros de Kronstadt enviaron a Petrogrado una comisión para informarse. De regreso, la comisión presentó su informe el 1 de marzo en la Plaza del Ancla de Kronstadt ante miles de marineros, obreros y soldados rojos. Cundió la indignación por la represión bolchevique contra los obreros de Petrogrado y, considerando que los soviets existentes ya no representaban la voluntad de los trabajadores, fue aprobado un programa de quince puntos que, entre otras cosas, demandaba: elecciones libres para los soviets; libertad de reunión para sindicatos y organizaciones campesinas; abolición de los privilegios del partido comunista; liberación de todos los presos políticos; raciones iguales para todos los trabajadores; libertad de palabra y de prensa para obreros y campesinos, para sindicalistas, anarquistas y socialistas.

El 4 de marzo, en el Soviet de Petrogrado, entre tumulto y protestas de delegados de varias fábricas, fue aprobada una moción que declaraba a los marineros de Kronstadt culpables de motín contrarrevolucionario. Berkman estuvo allí: muchos, cuenta, se negaban a creer que pudiera llegarse a atacar con las armas al «orgullo y la gloria de la revolución», como había llamado otrora a aquellos marinos Trotsky. Pero fue Trotsky quien publicó al día siguiente las siniestras palabras que anunciaron la masacre: «Ordeno a los que levantaron la mano en contra de la patria socialista que rindan de inmediato las armas». «Solo los que se rindan incondicionalmente pueden contar con el perdón…». «Publico simultáneamente las órdenes de preparar la represión de la revuelta y de los amotinados por la fuerza armada. Toda la responsabilidad de los daños que la población pacífica tenga que sufrir recaerá enteramente sobre las cabezas de los insurrectos contrarrevolucionarios…».

El 7 de marzo de 1921, a las 6:45 de la tarde, la artillería retumbó sobre Kronstadt. Era el día del obrero, y los marineros saludaron a los trabajadores del mundo por radio en medio del estruendo de los cañones. Pese a la desproporción de fuerzas, al hambre y al frío, la comuna asediada resistió varios días –«resistió», escribirá Néstor Makhno años después, «no solo en defensa propia, sino de los trabajadores de todo el país, cuyos derechos eran violados arbitrariamente por las autoridades bolcheviques»–, pero al cabo los bolcheviques lograron entrar y la carnicería tiñó las calles de rojo. Según Makhno, hubo más de diez mil muertos. Consumada la matanza, los meses posteriores serían de represalias, fusilamientos nocturnos, cárcel, ejecuciones en masa.

Años atrás, con la desaparición del gobierno provisional de Kerenski, la revolución de Octubre de 1917 debió haber dado paso a una contestación activa al capitalismo, pero los bolcheviques, una vez en el poder, socavaron la autonomía de los soviets y de los comités de fábrica y, atribuyéndose la representación del proletariado, frustraron la posibilidad de una revolución social desde la base. En su lugar, llegaron la burocracia y la Cheka. La revuelta de Kronstadt recuperó lo mejor del espíritu de esa revolución al volver contra el poder bolchevique sus propios lemas de 1917 clamando «Todo el poder a los soviets». Los marineros de Kronstadt tuvieron que ser descalificados como «contrarrevolucionarios» precisamente porque no lo eran (no es el único caso, en efecto –si el lector lo ha notado–: hay otros, pasados y presentes, iguales en lo esencial, es decir, hay un patrón, y hay –creo– una explicación, pero eso tendrá que ser materia de otro artículo).

Al arrogarse el derecho a decidir por todos, al secuestrar el nombre de revolucionarios, al estigmatizar como contrarrevolucionario el disenso, los bolcheviques olvidaron el respeto por los demás, que no es un ideal burgués sino el principio de la filosofía, de toda duda y cambio, de todo pensamiento, y esto es fundamental porque el pensamiento no es privilegio de una clase ni prerrogativa de un partido, y, sin embargo, en nombre de la revolución se ha negado al sujeto de la revolución el derecho a administrarla, y en nombre del comunismo se ha negado al protagonista de la aventura histórica anunciada en el Manifiesto Comunista por Marx y Engels la capacidad de autodeterminarse, y esto ha pasado en Rusia y en Cuba y en otras partes con la ceguera cómplice del mundo.

La idea de que su «heterogeneidad» descalifica a los trabajadores para desarrollar por sí solos sus procesos revolucionarios (después de derramar su sangre para hacerlos posibles), reforzada con el culto a los líderes utilizados para legitimar partidos «revolucionarios» en el poder, encaja perfectamente con el capitalismo monopolista de Estado.

Pero esa heterogeneidad es sagrada: no hay que permitir que sea perseguida, suprimida y ni siquiera objetada, porque eso allana el camino al absurdo de las revoluciones desde arriba que se han impuesto en la historia. Y que no solo se han impuesto como práctica política en gobiernos, partidos, organizaciones, sino como inconsciente del sentido común de lo que ha terminado conociéndose como «izquierda» por antonomasia (1).

Por ejemplo, el repudio del «espontaneísmo» como «pequeñoburgués» esconde y perpetúa la distinción bolchevique entre soznátelnost (conciencia) y stíjinost (espontaneidad), donde la última designa aquellas acciones «desorganizadas» por «falta» de un guía (un partido): lo que hoy se llama «izquierda» es esa línea dominante, con variaciones de forma, y ha podido secuestrar ese nombre en gran parte escribiendo –más bien, reescribiendo– la historia de las revoluciones porque se impuso en ellas sobre otras izquierdas posibles, y la historia, es bien sabido, la escriben los vencedores.

El grueso de los dirigentes bolcheviques se ajustaba al perfil social, por ellos repudiado, de la pequeña burguesía. Entre los 29 máximos responsables del partido en 1917, solo 6 eran de origen humilde; 17 tenían estudios superiores, y 8, secundarios. Lo cual no tiene nada de malo; lo malo es que se erijan en representantes de una clase social cuyo descontento, si se da, reprimen. Entonces, ¿qué cambia? Empresas, tierras, fábricas no pasan a manos de los trabajadores, sino del Estado, la esclavitud asalariada persiste y persiste la desigualdad: desigualdad en la toma de decisiones, desigualdad en libertades y desigualdad material que en épocas de crisis, cuando las penurias se ceban en las mayorías, vuelve inocultable que siguen existiendo ciudadanos de primera y de segunda.

Los marineros de Kronstadt pedían elecciones libres para integrar soviets que representaran a todos, socialistas, mencheviques, maximalistas, anarquistas, etcétera, reflejando realmente las aspiraciones del pueblo, su pluralidad de voces, su inevitable, necesaria heterogeneidad: a diferencia de la jerarquía bolchevique, no querían imponer nada, y nunca plantearon la exclusión del partido comunista, que tendría su lugar en los soviets, como todas las demás organizaciones de izquierda.

Era necesario descalificar a los marineros de Kronstadt como contrarrevolucionarios porque sus demandas hacían evidente que el modelo defendido por los bolcheviques traicionaba los ideales de 1917. Por eso se ha dicho, y se sigue diciendo, que los insurrectos de 1921 no eran los revolucionarios de 1917 sino otros, llegados después, pequeñoburgueses; que había cambiado su «composición de clase». Los quince miembros del comité revolucionario de Kronstadt eran un carretero, un guardamuelles, un empleado de una escuela técnica, cinco mecánicos, un obrero de minas, un telefonista, tres marinos, un carpintero y un electricista. El gobierno, en un comunicado del 2 de marzo firmado por Lenin y Trotski, llamó a esos trabajadores «instrumentos de antiguos generales zaristas» que «han preparado una conjura contrarrevolucionaria contra la república proletaria». Proletarios conjurados para derrocar una «república proletaria» defendida, contra ellos, desde el poder. La historia humana es un coctel hecho a partes iguales de sangre y humor negro.

Obras citadas

Alexander Berkman: La rebelion de Kronstadt (La Matatesta, 2013).

Néstor Makhno: «En memoria de la rebelión de Kronstadt», en: Delo Truda, n. 10, marzo de 1926.

montserrat.alvarez@gmail.com

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