Mientras desde los escritorios de Cetrapam se ensayan excusas tecnócratas y el Gobierno observa con una indolencia que roza el abandono, miles de ciudadanos libran una batalla silenciosa antes de que salga el sol.
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Las paradas amanecen abarrotadas, pero en los rostros hay soledad. La angustia es un sentimiento colectivo y un pensamiento atraviesa las mentes de todos: “No puedo llegar tarde; si llego tarde, me descuentan”.
Son hombres y mujeres que salen para ir a trabajar en la penumbra de la madrugada para terminar de pie, casi al borde del asfalto, disputándoles el espacio a los vehículos en paradas improvisadas que no ofrecen refugio ni seguridad. Para muchos, el trayecto es una odisea de dos o tres trasbordos; para todos, una prueba de resistencia física y mental.
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Pagar mucho o sufrir descuentos
El reloj no perdona y la desesperación crece con cada minuto de retraso. La única salida roza la resignación: recurrir a las plataformas de viaje. Pero la tecnología no consuela el bolsillo; pagar hasta 30 veces el valor de un pasaje normal es un golpe demoledor para la economía familiar, un lujo forzado para no perder el empleo.
En las esquinas florece una solidaridad de trinchera: desconocidos que comparten itinerario organizan un carpooling improvisado para dividir la tarifa y amortiguar el impacto. Funciona como un salvavidas de un día, pero nadie puede costearse el mes entero a ese ritmo.
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La frialdad de las cifras frente a la calzada
En el otro extremo de la realidad, el Centro de Empresarios del Transporte de Pasajeros del Área Metropolitana (Cetrapam) ofrece explicaciones calculadas.
Según el gremio, desplegar toda la flota para cubrir únicamente las horas pico significaría hacer circular buses semivacíos durante el resto de la jornada, lo que dispararía los costos operativos y socavaría la “eficiencia del sistema”. Argumentan la necesidad de un “equilibrio técnico” para no comprometer la continuidad del servicio.
Pero en la calle, las ecuaciones matemáticas no pagan el pan ni justifican el desamparo. Entre la retórica empresarial y la tibieza de un Estado que observa hacia otro lado, el trabajador sigue ahí: atrapado a la intemperie, viendo pasar el tiempo y pagando con su propia dignidad el costo de un sistema roto.
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