La Toma de Encarnación, una gesta libertaria

«En las calles alucinadas de la mítica Areguá casacciana, personajes como Octavio Villalba o Rigoberto Molina, que se resisten a hundirse en el sopor de la siesta, que prefieren soñar con los ojos abiertos, son primos hermanos de los anarquistas que tomaron la ciudad de Encarnación». Sobre el día en que Encarnación se convirtió en la primera comuna libertaria de América escribe Montserrat Álvarez.

"Personajes como Octavio Villalba, como Rigoberto Molina, que se resisten a hundirse en el sopor de la siesta, que prefieren soñar con los ojos abiertos, son primos hermanos de los anarquistas que tomaron por asalto la ciudad de Encarnación..." (Imagen: Gabriel Casaccia en Areguá)
"Personajes como Octavio Villalba, como Rigoberto Molina, que se resisten a hundirse en el sopor de la siesta, que prefieren soñar con los ojos abiertos, son primos hermanos de aquellos anarquistas que tomaron por asalto la ciudad de Encarnación..." (Imagen: Gabriel Casaccia en Areguá)

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El 20 de febrero de 1931, un grupo de obreros y estudiantes tomó la ciudad de Encarnación, en el departamento de Itapúa, y la proclamó comuna libertaria. Esto formaba parte de un plan mayor para iniciar una revolución en Paraguay. De inspiración obviamente anarquista, concebida al calor de los rescoldos del sueño trunco de la Comuna de París y bajo el influjo de las ideas de Rafael Barrett –además del peso, en el movimiento del Nuevo Ideario Nacional, de miembros que no dudaban en declararse anarquistas, especialmente obreros y estudiantes que venían de una militancia anterior en el anarcosindicalista Centro Obrero Regional Paraguayo (CORP)–, aquella quijotada convirtió a Encarnación, durante dieciséis horas, en la primera comuna libertaria de América.

Revolucionarios de Misiones cruzaron el Paraná esa madrugada para sumarse a la empresa. Fue notable la participación de ácratas como Cantalicio Aracuyú, Ciriaco Duarte, León Naboulet, Marcos Kanner, V. Canavesse, J. P. Cuéllar, Ramón Durán y Juan Verdi, por nombrar unos cuantos. Es un anacronismo tramposo sostener que la Toma de Encarnación fue realizada «con la jefatura del conocido dirigente comunista Obdulio Barthe» (1), que era anarquista entonces y que participó en aquella gesta –una gesta típicamente anarquista– movido por sus ideales anarquistas de ese tiempo, como lo demuestra el hecho de que fue precisamente como resultado del fracaso del plan –el propio Barthe lo reconoce en sus memorias (2)– que renunció a dichos ideales y terminó engrosando las filas del partido comunista paraguayo.

La mayor parte de la acomodada clase media que se considera de «izquierda» en Paraguay es, por tradición, afín a ese partido. Se destaca, por eso, normalmente en la Toma de Encarnación la participación de Barthe y, en una distorsión retrospectiva deliberada para manipular el pasado poniéndolo al servicio de intereses partidarios, se lo presenta como «dirigente comunista». Se omite también por eso sistemáticamente mencionar el hecho histórico de que Barthe participó en la Toma de Encarnación antes de volverse «comunista» («comunista» en el sentido «oficial» en Paraguay), o, en sus propias palabras, antes de renegar de su «etapa de sueños utópicos y de aventuras de tipo anarquista» (3) –con lo cual admite lo anarquista que fue esta aventura– para finalmente ser nombrado secretario general del PC.

Se olvida, asimismo, por eso que la de Encarnación es conocida como «la primera comuna libertaria de América», libertaria en el sentido de anarquista. Se olvida, igualmente, por eso, al mencionar libros como 1931. La toma de Encarnación (Asunción, Rafael Peroni, 1985), del historiador anarquista argentino Fernando Quesada, todo pasaje que llame por su verdadero nombre a esta gesta libertaria. Se olvida por eso incluso, al mencionar el prólogo de ese libro, señalar que el prologuista, Ciriaco Duarte, que era anarquista, dejó escrito en él: «aclarar para la historia que [la Toma de Encarnación] no fue un “infantil y descabellado asalto a la ciudad”, según la interpretación de Gaona, o “un asalto a la ciudad por una gavilla de conocidos comunistas”, según la prensa oficialista, es lo esencial en esta relación de hechos». Se olvida por eso, finalmente, que la figura que Ninfa Duarte, hija del anarquista Ciriaco, destaca en la Toma de Encarnación es la de otro anarquista, Cantalicio Aracuyú:

«A comienzos de 1931 comienza la larga huelga que organizaron los albañiles en Asunción. Este movimiento activo se origina bajo el liderazgo del histórico sindicalista Cantalicio Aracuyú, junto a otros destacados intelectuales de la época, como Obdulio Barthe y Óscar Creydt, y, como hecho relevante durante su transcurso figura lo que ha pasado a los anales de la historia como la Toma de Encarnación» (Ninfa Duarte, «Ciriaco Duarte, luchador por el sindicalismo libre en Paraguay», Gibralfaro, nº 71, marzo-abril de 2011)–.

Estos olvidos no son nuevos. Ya decía Casimiro, aquel personaje de Casaccia, en Los herederos (Barcelona, Planeta, 1975), novela que –como han observado, entre otros, Carlos Rama y Ángel Cappelletti en El anarquismo en América Latina (Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1990)– recrea, precisamente, la Toma de Encarnación:

«–Todos los paraguayos somos políticos –le replicó Casimiro–. Aquí no hay otra cosa que hacer. Aquí se fracasa o se triunfa políticamente. No hay otro éxito... También algunos se entretienen con la historia patria. Pero hay pocos historiadores de verdad, La mayoría son aficionados que escriben una historia pro domo sua...».

Por fortuna, no todos somos tan olvidadizos. Un año después de la «aventura anarquista» –por decirlo al modo de Barthe– de la Toma de Encarnación, uno de los revolucionarios que participaron en ella, el anarquista León Naboulet, publicó su testimonio en la ciudad argentina de Posadas, titulado: El primer amago de tendencia anarquista en el Paraguay. La toma de Encarnación (4), un folleto de 24 páginas que, entre otras cosas, coincide con el citado prólogo de Ciriaco Duarte al libro de Fernando Quesada en manifestar lo absurdo de atribuir la Toma de Encarnación a los «comunistas», como entonces hizo (y como sigue haciendo, según vemos, hasta hoy) la prensa paraguaya:

«La prensa paraguaya ha calificado este movimiento de comunista. […] La prensa argentina también lo ha hecho. ¿Por qué? Por ignorancia, por mala fe, por servilismo. […] El “comunismo” de los bolchevistas va a la centralización de todas las fuerzas sociales en el estado; el anarquismo va a la descentralización y a la disolución del estado. El bolchevismo conduce a la dictadura; el anarquismo, a la libertad» (pp. 14-15).

Naboulet reivindica, dicho sea de paso, el espíritu libertario que, decíamos antes, animó el Nuevo Ideario Nacional y que llevó a la Toma de Encarnación:

«La juventud paraguaya que preparó esta revolución y la llevará tarde o temprano a feliz término y que escribió el “Nuevo Ideario Nacional” es de tendencia anarquista y no “comunista”. Estaba ligada al Centro Obrero Regional que tiene la misma tendencia y que es la mayor fuerza proletaria en aquella república» (p. 16).

Fueron años agitados aquellos en Paraguay, años de guerras y revoluciones. En esta esquina del sur del continente, fueron los años de Severino Di Giovanni, de Simón Radowitzki, anarquistas expropiadores, anarquistas de acción directa, y de acción directa violenta. Porque no toda acción directa es violenta, y de hecho la Toma de Encarnación se dio sin violencia –el único herido de la jomada del 20 de febrero fue Aracayú, en el tiroteo festivo que celebró la creación de la comuna (5)–. Años incendiarios en los que un clamor de sangre hirviente llevaba a un pacifista como Kurt Wilckens a tratar de asesinar al coronel Varela para vengar a sus víctimas. En las calles alucinadas de la mítica Areguá casacciana, personajes como Octavio Villalba, como Rigoberto Molina, que se resisten a hundirse en el sopor de la siesta, que prefieren soñar con los ojos abiertos, que se rebelan contra el peso del destino y complotan para tomar la ciudad e iniciar una revolución, son primos hermanos de esos anarquistas históricos. De aquellos que tomaron por asalto la pequeña ciudad de Encarnación y la soñaron, por dieciséis horas, como el territorio libre del futuro.

Notas

(1) Un columnista de opinión de este diario incurrió hace algunos días en ese anacronismo: «La toma de Encarnación», por A. González Delvalle, ABC Color, 11/02/2024.

(2) Obdulio Barthe, Memorias inéditas, Capiatá, TEA, 2009.

(3) Ídem.

(4) León Naboulet, El primer amago de tendencia anarquista en el Paraguay. La toma de Encarnación, Posadas, Jean Valjean, 1932.

(5) M. Rivarola: Obreros, utopías y revoluciones, Asunción, CDE, 1993.

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