Eusebio Mañasco, un anarquista paraguayo en los yerbales

Una vieja foto nos cuenta la historia del anarquista paraguayo que formó el Sindicato de Obreros Yerbateros de San Ignacio en 1920 y fue condenado por la Justicia argentina a cadena perpetua.

Viajeros yendo a Buenos Aires a los actos por Sacco, Vanzetti y Mañasco (del libro de Lida Martínez Chas “Marcos Kanner. Militancia, símbolo y leyenda. Crónica de una pasión revolucionaria”, Posadas, Editorial Universitaria, 2011).
Viajeros yendo a Buenos Aires a los actos por Sacco, Vanzetti y Mañasco (del libro de Lida Martínez Chas “Marcos Kanner. Militancia, símbolo y leyenda. Crónica de una pasión revolucionaria”, Posadas, Editorial Universitaria, 2011).gentileza

En la foto reproducida en esta página vemos un grupo de pasajeros que parten a Buenos Aires en barco para sumarse a los actos en defensa de tres presos: dos italianos condenados a muerte en Estados Unidos y un paraguayo condenado a cadena perpetua en Argentina. Los dos primeros eran Niccola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. El tercero se llamaba Eusebio Mañasco.

Eusebio Mañasco había sido detenido años antes en medio de reclamos de mejoras laborales para los trabajadores de los yerbales de San Ignacio, Misiones.

Desde las primeras décadas del siglo XX, diversos autores describieron la explotación –realizada con la complicidad del Gobierno, la Policía y el Poder Judicial– de esos trabajadores, conocidos como «mensúes», esclavizados en los yerbales de Paraguay, Argentina y Brasil con un sistema que, en su serie de crónicas de 1908 Lo que son los yerbales, el anarquista español Rafael Barrett explica así:

«El mecanismo de la esclavitud es el siguiente: no se le conchaba jamás al peón sin anticiparle una cierta suma que el infeliz gasta en el acto o deja a su familia. Se firma ante el juez un contrato en el cual consta el monto del anticipo, estipulándose que el patrón será reembolsado en trabajo. Una vez arreado a la selva, el peón queda prisionero los doce o quince años que como máximum resistirá a las labores y a las penalidades que le aguardan. Es un esclavo que se vendió a sí mismo. Nada le salvará».

El mismo sistema que en «Los mensú», incluido en su libro de 1917 Cuentos de amor, de locura y de muerte, el escritor uruguayo Horacio Quiroga recrea así:

«Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos tajos, descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos mensú devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalén y Gólgota de sus vidas. ¡Nueve meses allá arriba! ¡Al año y medio! Pero volvían por fin, y el hachazo aún doliente de la vida del obraje era apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que olfateaban allí.

De cien peones, sólo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria de una semana a que los arrastra el río aguas abajo, cuentan con el anticipo de una contrata. Como intermediario y coadyuvante espera en la playa un grupo de muchachas alegres de carácter y de profesión, ante las cuales los mensú sedientos lanzan su ¡ahijú! de urgente locura.

Cayé y Podeley bajaron tambaleantes, de orgía pregustada y rodeados de tres o cuatro amigas se hallaron en un momento ante la cantidad suficiente de caña para colmar el hambre de eso de un mensú.

Un instante después estaban borrachos y con nueva contrata firmada».

El mismo sistema que en su informe de 1914 expone el inspector José Niklison, que en la ciudad argentina del cuento de Quiroga, Posadas, encuentra «una fatigosa e interminable sucesión de construcciones de madera mezquinas y sucias, que sirven de asiento a tabernas y burdeles más ruines aún», y que, como Quiroga, observa que es un punto de «conchabo» de mensúes: los conchabadores anticipan al peón un pago que le permite unos días de diversión y lo «engancha» a una deuda que concluirá con su vida. Una vida cruzando el monte con cargas de yerba de más de cien kilos a la espalda, sujetas a la frente con correas, viviendo de reviro –harina, grasa y sal– de madrugada y yopará –poroto, mandioca y maíz– de noche, entre el aire envenenado por la tuberculosis y la sífilis.

Para cambiar esa vida de salarios miserables, jornadas de sol a sol y pagos en vales de tiendas de las empresas, Eusebio Mañasco, miembro de la Federación Obrera Marítima, llegó en 1920 a los yerbales de San Ignacio, Misiones, y formó el Sindicato de Obreros Yerbateros, que reclamó una jornada laboral de ocho horas, pago de horas extra y salario en efectivo. Al no haber respuesta, se organizaron huelgas.

En ese contexto, en 1921 apareció asesinado el ingeniero Allan Stevenson, y la policía detuvo a Mañasco, que fue acusado de la autoría intelectual del homicidio, encarcelado con otros cuatro sindicalistas y condenado a cadena perpetua en un proceso irregular que incluyó confesiones bajo tortura.

En enero de 1927, en Buenos Aires, en la revista Culmine, el anarquista Severino di Giovanni escribió: «¡Por Mañasco! Al heroico agitador de los mensúes, al pionero que tuvo la osadía de desafiar la omnipotencia sin límites de los chupasangre de los yerbales de Misiones, enviamos nuestra fraterna solidaridad en este momento en que los avenegras de la magistratura buscan definitivamente enterrarlo vivo en uno de tantos presidios dispersos por la Argentina». En abril, los diarios anunciaron que la condena a muerte de los anarquistas Sacco y Vanzetti seguía en pie pese a las protestas mundiales. Comenzaron a organizarse en toda Argentina actos contra las condenas de Sacco y Vanzetti por la justicia estadounidense y de Mañasco por la argentina.

Por desgracia, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto. Y tres años más tarde, el 1 de febrero de 1931, Severino di Giovanni fue fusilado en el patio de la Penitenciaría Nacional ante varios testigos.

Entre ellos estaba el escritor Roberto Arlt. Que días después, el 7 de febrero, relató lo que había visto en su columna Aguafuertes Porteñas, del diario El Mundo:

«El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.

Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.

Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Este grita:

–Venda no.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordene a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.

Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

–Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

–¡Viva la anarquía!

–¡Fuego!».

Pero volvamos a 1927. En 1927 Severino di Giovanni estaba vivo, encabezaba la campaña por Sacco y Vanzetti y escribía reclamando la liberación de Mañasco. Y en junio de 1927 Marcos Kanner enumeraba, en Bandera Proletaria, lo perdido con el repliegue de los obreros yerbateros tras la detención de Mañasco: «Los jornales, que llegaron a cuatro pesos cuando el pabellón del sindicato tremolaba triunfante, bajaron a uno y cincuenta. Las ocho horas subieron a diecisiete. Otra vez se quiebran a cachiporrazos las costillas de los mensúes». Y en julio de 1927 la presión pública lograba, finalmente, que el presidente Alvear decretase el indulto.

Así el nombre de Eusebio Mañasco, nacido en 1889 en el pueblo de Barrero Grande –que hoy se llama Eusebio, pero, previsiblemente, no Mañasco, sino Ayala– se unió a los de Sacco y Vanzetti en las protestas de 1927. De esos tiempos es la foto que dio pie a estas líneas: un grupo parte a Buenos Aires a sumarse a los actos por los tres presos. El del centro es Kanner, antes citado. Y el del extremo derecho probablemente es el legendario anarquista Cantalicio Aracuyú, hijo de india y de negro, famoso por su elegancia, y capaz de sacudir con sus palabras a cualquier auditorio, tanto en español como en guaraní, que se sabe que participó en los actos de 1927. Aquel Aracuyú del que cuentan que, cuando fue detenido en una huelga y arrojado en medio de la selva para que muriese, cruzó de regreso el monte, sobreviviendo con frutos y raíces, y trajo vivos a todos sus compañeros, abandonados también, a los que sirvió de guía.

juliansorel20@gmail.com

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