El silencio de su ausencia

En nuestro mundo, ya «solo los presos tienen tiempo para leer», dijo Mark Fisher, crítico rebelde de una sociedad acunada y amansada con las cómodas farsas de la cultura rápida.

Cita de Mark Fisher en un muro de la Goldsmiths University.
Cita de Mark Fisher en un muro de la Goldsmiths University.gentileza

«Hoy la filosofía se ha trivializado y la prueba más contundente es que la misma conciencia filosófica ha sido arrastrada al tormento de la lucha, no solo externa sino también internamente. Pero si construir el futuro y asentar todo definitivamente no es nuestro asunto, es más claro aún lo que, al presente, debemos llevar a cabo: me refiero a la crítica despiadada de todo lo que existe…»

Karl Marx, carta a Arnold Ruge, septiembre de 1843 (1).

Cada cierto tiempo, ha escrito Mark Fisher (2), el villano de Hollywood es la depredadora corporación maligna. En Wall-E (Disney-Pixar, 2008), la megacorporación Buy n Large ha reducido a la especie humana a un craso e inerme montón de eternos niños obesos que se mueven en sillas motorizadas. Reflejado en su pasiva distracción mientras disfruta la peli, el espectador debe sentirse preocupado y aludido. Digo «debe» porque, lejos de desafiarlo, este tipo de producto alimenta el consumo no a pesar de, sino gracias al ambiguo malestar (ambiguo porque brinda al mismo tiempo el «bienestar» paradójico de hacernos conscientes de que somos conscientes de nuestros motivos para sentir malestar) que suscita y que nos permite no solo seguir consumiendo, sino hacerlo de modo impune.

Tal es la función ideológica de muchos productos de consumo diseñados para el segmento progre del mercado. Como, por ejemplo, los medios autodenominados «independientes» o «alternativos» de comunicación. Por eso no tienen (aunque así lo proclamen) el propósito real de informar a su target (o a su «comunidad», como la hipocresía santurrona de los «emprendedores» del sector prefiere llamarlo) acerca de nada (todo lo que dicen, su target ya lo sabe, e incluso, con frecuencia, lo sabe más y mejor que ellos, y desde hace tiempo: por algo, precisamente, es el target elegido), sino el de ocultar que cuanto «revelan» no afecta los intereses expuestos sino que los favorece, que cuanto «denuncian» no depende, para seguir operando, de nuestro desconocimiento.

El capitalismo, ha escrito (de nuevo) Fisher, a diferencia del estalinismo o el fascismo, que son inconcebibles sin ella, no hace propaganda. Ya no existe una ilusión que enmascare la realidad: lo que existe es una fantasía. Una fantasía inconsciente, es decir, ideológica: pese a nuestra distancia de lo que hacemos, pese a nuestra consciencia de lo que hacemos… lo hacemos. Pero mientras sepamos que el capitalismo es destructivo, etcétera, y compartamos dibujitos que exhiban que lo sabemos y que sufrimos por saberlo, estamos autorizados a seguir participando en sus intercambios (sin olvidar exponer en nuestras redes la angustia que nos causan las consecuencias, etcétera).

Del mismo modo que esa maquila que permite al Che volver a diario en forma de toneladas de remeras, tales medios «independientes» o «alternativos» integran la más repugnante –y funcional– variante del lucro dentro del capitalismo de consumo, que –como ha señalado Zizek, a su lacaniano modo, varias veces– reposa en esta estructura particular de forclusión, de negación (por decirlo en términos más familiares, si bien no estrictamente equivalentes para el psicoanálisis) de la realidad.

Porque nuestro modo de vida ya no solo admite la forclusión, sino que depende de ella. Y si podemos seguir participando, en nuestros actos, de intercambios que sabemos destructivos, es en gran parte precisamente gracias a que los sabemos destructivos en nuestras mentes, y a que demostramos este saber en nuestras redes. De modo similar a las muestras de arte que toman masacres (la de Curuguaty, por ejemplo, en Paraguay) como tema, y que se exponen en museos y centros culturales diseñados al gusto de las élites o de los sectores progresistas de las élites para blanquear sus conciencias, estos medios de comunicación «no empresariales» –que, a fin de cuentas, en los hechos son empresas privadas con fines de lucro aunque no se presenten como tales, o incluso lo nieguen– alimentan ese mecanismo, al que deben su éxito comercial, y sostienen esa particular estructura de forclusión, de la que forman parte fundamental y sin la cual no existirían ni tendrían sentido; se nutren, en suma, de la mala consciencia de la pequeña y mediana burguesía, y aprovechan los modos digitales actualmente generalizados de construcción en línea de la propia subjetividad y de proyección en línea de la propia imagen en un mundo que parece haber superado hegelianiamente la contradicción entre lo exhibido y lo vivido, el panóptico y el fuero interno, lo imaginario y lo real.

«Es necesario actuar de una vez, se nos dice», escribe irónicamente Mark Fisher, hablando del «chantaje ideológico» a los supuestos «individuos compasivos y solidarios» a propósito de los conciertos Live Aid de 1985; «hay que suspender la discusión política en nombre de la inmediatez ética». Parafraseando lo que dice Fisher en ese libro, tan ampliamente citado aquí (ver notas al pie) sobre Product Red, marca que «intenta prescindir (¿o forcluir, como los medios independientes con sus auspiciantes?) hasta del intermediario filantrópico», el punto no es ofrecer una alternativa al capitalismo. O a la prensa empresarial. Al contrario: el supuesto carácter alternativo de tales productos representa «la aceptación “realista” de que el capitalismo es el único juego que podemos jugar». Estos productos, como muchos otros similares, alientan la fantasía de que el consumo –en este caso, el consumo simbólico, como lo hemos llamado en otros artículos (3)– puede contribuir a resolver la desigualdad global sistémica: «Lo único que tenemos que hacer es comprar los productos correctos»… y compartir los dibujitos correctos.

Parte del éxito de este tipo de productos se debe a la frecuente falta de críticas contra ellos desde una izquierda, tal vez algo desfasada, cuyo silencio cómplice refuerza la imagen que estas marcas cultivan, parte esencial de la cual es permitir la identificación con la pequeña burguesía progresista. He observado que en ocasiones existe en la «izquierda» oficial, en la «izquierda» partidaria –en la «izquierda», en fin, del sistema– una suerte de mandato tácito: evitar críticas que puedan arruinar alianzas o afectar amistades. Pienso que es probable que esa tendencia a censurar a priori tales críticas responda a intereses o conveniencias que, personalmente, no me importan. Fisher, sabido es, fue finalmente víctima de la depresión, pero también de la angustia ante el deterioro de una cultura cada vez más adicta al consumo de nimios sucedáneos de todo pensamiento digno de tal nombre: «No hace falta decir que la cultura es importante –decía en una de las últimas entrevistas que concedió (4)–. Pero gran parte de la izquierda organizada todavía pasa por alto el poder de la cultura, la forma en que las luchas hegemónicas no sólo pueden ser combatidas en una arena política estrecha, sino en términos de lo que la gente consume». El miércoles se cumplirán tres años del suicidio del escritor inglés Mark Fisher, aKa «k-punk». El silencio de su ausencia hoy retumba en el vacío como un ruido atronador.

Notas

(1) Publicada por primera vez en los Deutsch-Französische Jahrbücher [Anales Franco-Alemanes] en febrero de 1844.

(2) Mark Fisher: Capitalist Realism: Is There No Alternative? Winchester, Zero Books, 2009.

(3) Montserrat Álvarez: «Turismo es violencia», Cultural de ABC Color, 12/01/2020. En línea: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/2020/01/12/turismo-es-violencia/

(4) Peio Aguirre: «”Hay que democratizar la política y el trabajo”. Entrevista con Mark Fisher», El Estado Mental, 07/08/2016. En línea: https://elestadomental.com/diario/hay-que-democratizar-la-politica-y-el-trabajo

D-Generation

Antes de convertirse en uno de los escritores y críticos culturales ingleses más interesantes de su generación, Mark Fisher (11 de julio de 1968 - 13 de enero del 2017) fue, durante la década de 1990, miembro de la banda D-Generation. D-Generation lanzó su álbum Entropy in the UK en 1994. Escúchalos aquí: https://youtu.be/IIRE67S7Ydg

montserrat.alvarez@abc.com.py

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