El mercado de las identidades (a cien años de la Masacre de Tulsa)

Hace cien años en el caos de Tulsa
Hace cien años en el caos de Tulsa.The University of Tulsa, McFarlin Library Archives

Ya presagio impreciso de un horror inminente, ya sórdido fantasma familiar de un trauma inconfesable, una siniestra sombra, incierta como un sueño, proyecta su oscuridad sobre la literatura estadounidense del siglo XIX y atraviesa con largo escalofrío el siglo XX hasta revelarse finalmente en la actualidad, freudiano e inexorable retorno de lo reprimido. Esa sombra puede tener muchos nombres, y uno de ellos es el nombre de la Masacre de Tulsa, de la cual se cumple ahora el centenario. Como nosotros hoy, aquel 30 de mayo los vecinos de Tulsa no pensaban en fuego y sangre, ni sabían que a muchos solamente algunas horas los separaban de la muerte. Algo pasó, o quizá nada –ya no lo sabremos nunca–; el pretexto fue banal como cualquier pretexto, letal como cualquier pretexto: alguien escuchó un grito, alguien vio una carrera, alguien estuvo ahí cuando dos jóvenes entraron a un ascensor, alguien dijo que uno de ellos era negro. El odio, que es tan real, busca motivos irreales, justificaciones ardientes para no aceptarse ciego.

Ese presagio recorre en balsa el Misisipi mientras acompañamos a Jim y Huckleberry en su amistad entrañable y ominosa y sabemos, sin saber por qué lo sabemos, que el más fuerte es el más débil, que el protector necesita protección, que el negro esclavo fugitivo arriesga aún más que el rebelde niño blanco e incluso que Jim confía demasiado en este cuando sueña en voz alta a su lado –trabajará muy duro y ahorrará cada centavo y comprará a su esposa, que también es esclava, y juntos trabajarán y comprarán a sus hijos, que también son esclavos, y, si no se los quieren vender…, él, Jim, los robará–, pues, indignado, Huck rumia ideas tan paradójicas –«como dicen, le das la mano a un negro y te agarra el brazo», reflexiona: «ahí estaba este negro, hablando con todo descaro de robarle sus hijos al legítimo dueño»– que nos hacen reír y, al mismo tiempo, iluminado su absurdo por la risa, nos revelan su peligro, el clima premonitorio que hará posibles, desde el corazón de las tinieblas, episodios tan macabros como la Masacre de Tulsa.

Cuando Tom Robinson, acusado del brutal ataque contra una joven del pueblo, ataque que ya se sabe cometido por un zurdo, se pone de pie en la corte y sus poderosos hombros se dibujan bajo la camisa, todos ven cómo cuelga el muñón inútil de su brazo izquierdo, años atrás mutilado, en el trabajo, por la desmotadora de algodón: Tom es manco, pero sabemos que, contra toda lógica, eso no lo salvará, porque en ese momento –aunque no conozcamos sus historias– el fantasma de Dick Rowland, lustrabotas de Tulsa, y el fantasma de Emmett Till, y los ocho fantasmas de Scottsboro y largas columnas mudas de anónimos fantasmas de linchamientos sin registro cruzan ese tribunal para decirnos en silencio sobre Tom lo que antes nos habían dicho sobre Jim, que nació condenado de antemano.

El 30 de mayo de 1921, Dick Rowland, lustrabotas negro de 19 años que estaba trabajando en el centro de Tulsa, entró al edificio Drexel y subió al tercer piso, al baño para gente de color, en un ascensor operado por Sarah Page, joven blanca de 17 años. Nunca se supo qué pasó, pero Dick voló a su casa y contó que se había tropezado al entrar al ascensor, que se había agarrado del brazo de la ascensorista y que ella había gritado. Lo arrestaron al otro día y el Tulsa Tribune publicó en portada: «Nab Negro for Attacking Girl In an Elevator» («Negro atrapado por atacar a una chica en un ascensor»). Temiendo un linchamiento, la policía lo trasladó de la cárcel al juzgado. La edición vespertina del Tulsa Tribune publicó: «To Lynch Negro Tonight!» («¡A linchar al negro esta noche!»). Un grupo de blancos se apostó ante el juzgado y cuando eran casi mil, docenas de negros armados fueron también al lugar para proteger al chico. Se les persuadió de retirarse pero, pasadas las 10 y media de la noche, mientras lo hacían, se desató un tiroteo que llegó al distrito negro de Greenwood, donde poco antes del amanecer una multitud destruyó y prendió fuego a todo; se calcula que murieron más de 300 personas, y miles se quedaron sin hogar.

Este artículo es acerca de la Masacre de Tulsa, pero no solo acerca de la Masacre de Tulsa. Antes, en medio y después de la novela de Mark Twain y de la novela de Harper Lee de las que hablamos al comienzo, hemos escuchado –leído– en otros miles de páginas de diversos escritores las voces de esos fantasmas que desgranan sus misterios de terrores pasados y sus presagios de terrores futuros, y nunca sus advertencias tuvieron tanto poder ni fueron tan sobrecogedoras como entonces, antes de presentarse desembozadamente, con la encomiable y pedestre intención de la denuncia explícita (así, recientemente, en series de tan previsible éxito como Watchmen o Lovecraft Country). Tan enorme abismo media entre el genuino potencial subversivo y la inagotable hondura del verdadero arte, por un lado, y, por otro, la tediosa superficialidad de los rutinarios productos diseñados para satisfacer el apetito de indignación moral y adular la (burda) «corrección política» de un segmento del mercado, que no volveremos a mencionar hoy a estos últimos (bastante cruel ha sido ya ponerlos en un mismo párrafo con Matar a un ruiseñor y Las aventuras de Huckleberry Finn). Mejor no hablar de ciertas cosas, que diría Luca Prodan. Mejor no hablar de la apropiación de la política por el fandom, de la ética por la industria, de la literatura, del pensamiento, de la poesía misma, y aun de la verdad histórica, por la feria de las vanidades, parafraseando a Thackeray, o por el mercado de las identidades. No, mejor leer y releer esos grandes libros, hoy censurados (porque la censura no siempre viene de la derecha –término cada vez más equívoco, como su supuesto contrario–) porque sus autores recogieron en ellos la palabra nigger, mejor escuchar y volver a escuchar a Billie Holiday:

Southern trees bear a strange fruit,

blood on the leaves and blood at the root,

black bodies swinging in the Southern breeze,

strange fruit hanging from the poplar trees…

Mejor escucharla cantar esos versos de Meeropol, porque uno solo vale por mil panfletos. Here is a fruit / for the crows to pluck, / for the rain to gather, / for the wind to suck… «He aquí una fruta,

para que la arranquen los cuervos,

para que la tome la lluvia,

para que la aspire el viento...»

montserrat.alvarez@abc.com.py