«Remember, remember, the Fifth of November…»

Hoy, 5 de noviembre, es el Día de Guy Fawkes. Cuando Alan Moore le puso la máscara de este conspirador del siglo XVI al protagonista del cómic «V de Vendetta», creó un símbolo para nuestros tiempos.

"Good evening, London. I thought it time we have a little talk…"
"Good evening, London. I thought it time we have a little talk…"

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Alegres bandadas de niños corretean hoy por las calles de los pueblos y ciudades del Reino Unido pidiendo moneditas –A penny for the guy!– y preparan las hogueras que encenderán esta noche –la Bonfire Night– en memoria de la fallida Conspiración de la Pólvora, porque es 5 de noviembre, el Día de Guy Fawkes, aquel conspirador del siglo XVI que quiso hacer volar el Parlamento por los aires y que, en forma de máscara, regresó del pasado a través de las viñetas del cómic V de Vendetta, de Alan Moore y David Lloyd, para convertirse en símbolo de resistencia al poder.

Misteriosamente, ese regreso coincidió con el momento en el cual la tradicional máscara de cartón o papel maché de Guy Fawkes, infaltable hasta entonces cada 5 de noviembre en el Reino Unido, comenzaba a desaparecer de las calles y la memoria. Como si el fantasma del conspirador, presintiendo que estaba por extinguirse, hubiera decidido doblar la apuesta y no solo resurgir en su propio lugar de nacimiento sino además, multiplicado por millones, cubrir todos los rincones del planeta.

Lo cuenta el propio Alan Moore en un artículo de 2012:

«A comienzos de la década de 1980, cuando las ideas que terminarían concretándose en V de Vendetta se fraguaban en un verano de revueltas contra Thatcher y preocupante ascenso del ultraderechista Frente Nacional, el potencial de Guy Fawkes como héroe revolucionario pareció extrañamente confirmado por las circunstancias: el dibujante, David Lloyd, sugirió utilizar la máscara de Guy Fawkes como emblema de ese individuo-solo-contra-un-Estado-fascista. David compró una de las máscaras de cartón de Guy Fawkes que solían ponerse en venta desde mediados de otoño, a fin de usarla de referencia. Para nuestra sorpresa, ese fue el año (algo bastante comprensible, luego de un verano tan violento) en el que la máscara de Fawkes pasó de moda, desplazada por las verdes máscaras plásticas de Frankenstein del Halloween estadounidense. También fue el año en que el nombre Guy Fawkes Night cayó en desuso, sustituido por el menos provocativo de Bonfire Night. Entonces notamos qué curioso era que hubiéramos pensado en esa imagen justo cuando, al parecer, estaba siendo purgada de los anales de la iconografía inglesa…» (1).

Y así fue como la máscara de Guy Fawkes, en su origen tan insular, tan británica como el título –que juega con el famoso eslogan de Churchill, «V de Victoria»– de aquel cómic que comenzó a aparecer por entregas en 1982 en la extinta revista Warrior, dio su primer paso hacia la universalidad. Rescatada, cuando estaba en vías de extinción, en las viñetas de la novela gráfica de los ochenta, masivamente difundida por la adaptación cinematográfica de 2006 –con producción del dúo Wachowski y dirección del debutante James McTeigue– y adoptada por Anonymous y por Occupy, ha cobrado en la cultura global del siglo XXI ese sentido nuevo, al tiempo que coherente con su origen histórico, que supieron percibir desde el comienzo Moore y Lloyd.

Moore y Lloyd cubrieron a su solitario disidente con capa, sombrero y careta de fino bigote y puntiaguda barba que remiten al siglo de Guy Fawkes, ese terrorista, ese conspirador, ese personaje característico de la Modernidad, ese individuo que se enfrenta a la ley en nombre de la justicia. Los trece conjurados de la pólvora –los implicados en the Gunpowder Plot– se rebelaron contra la persecución de los católicos por parte de las élites protestantes que gobernaban Inglaterra. Del líder del complot, Robert Catesby, fue la idea de hacer volar en pedazos la sede del Parlamento, abierta protesta contra un gobierno y un rey –Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia– que no reconocían el derecho de todo ser humano a profesar las creencias que desee.

Los complotados fueron Catesby, John Grant, John Wright, Christopher Wright, Ambrose Rookwood, Everard Digby, Thomas Wintour, Thomas Bates, Thomas Percy, Robert Keyes, Robert Winter, Francis Tresham y Guy Fawkes. Fawkes había nacido en la ciudad de York, en el norte de Yorkshire, en una casa de la calle Stonegate que hoy alberga una posada, la Guy Fawkes Inn. Su padre era protestante, pero murió cuando Guy era niño, y su padrastro, católico, tuvo que adherirse a la Iglesia anglicana para poder trabajar, mientras que su madre era recusante –no asistía a servicios religiosos anglicanos–, lo cual la exponía a penas de multa, cárcel e incluso ejecución. En los Tercios de Flandes, donde peleó del lado español, Fawkes cambió su nombre por el de Guido, y como Guido firmó las declaraciones, conservadas hasta hoy, que tuvo que suscribir antes y después de la tortura en la Torre de Londres.

El plan era volar, con varios toneles de pólvora depositados en un sótano de la Cámara de los Lores, a quienes aprobaban la persecución de los católicos, comenzando por el rey y su real familia. Guy fue elegido para encender la mecha el 5 de noviembre. Descubierto esa misma noche antes de lograrlo, y condenado con los demás conspiradores a ser ahorcado, arrastrado y descuartizado –Hanged, drawn and quartered: el castigo para los culpables de alta traición–, vuelve a morir en efigie cada año el 5 de noviembre, quemado en hogueras en todo el Reino Unido. «¿Y si lo retratamos –cuenta Moore que, hablando de su solitario héroe, le propuso Lloyd– como un Guy Fawkes resucitado, con una de esas máscaras de papel maché, capa y sombrero? Sería extravagante y Guy Fawkes tendría la imagen que se merece, luego de tantos años. ¡No deberíamos quemarlo cada 5 de noviembre, sino celebrar su intento de volar el Parlamento!» (2).

La imagen, sin embargo, no era tan nueva, aunque sí tardía, heredada no de los tiempos del Guy Fawkes histórico sino de las muy posteriores ilustraciones de la novela de William Ainsworth Guy Fawkes: Or, the Gunpowder Treason, publicada por entregas en Bentley’s Miscellany en 1840 y reunida en tres tomos en 1841. Fue George Cruikshank –recordado por sus trabajos en obras de Dickens y Thackeray– el artista que la ilustró con sus grabados y nos legó esa estampa victoriana del esbelto aventurero romántico de cabellera oscura, fino bigote y perilla, el rostro bajo el ala del sombrero, envuelto en su capa negra. Estampa muy a tono con el libro de Ainsworth, ejemplo de cierta moda literaria que idealizó la rebeldía y el trágico final de los conjurados de 1605; por raro que parezca, a su modo un tanto under, un tanto punk, Moore y Lloyd fueron quizá, con este cómic, los últimos representantes de tan decimonónica tendencia.

Moore entendió lo que veía Lloyd en el conspirador del siglo XVI, su universalidad como símbolo de rebelión contra el aparato institucional del Estado y su maquinaria ideológica, material, jurídica, en nombre de una causa sentida como justa, aun si es ilegal. No es menor el acierto de elegir a este personaje impopular en su país, que, como la Armada Invencible y las historias de los Estuardo, ha alimentado por largo tiempo el anticatolicismo inglés, para crear a un solitario que nada a contracorriente.

Repartidos sus despojos por el reino como escarmiento y advertencia, Guy Fawkes tenía ya madera de emblema de la resistencia al poder. Bastaba un toque de ficción –que no solo, ni siempre, engaña– para revelarlo. Escrita en los años ochenta y situada en los noventa del siglo XX, la historia de V de Vendetta, retrato de una sociedad aplastada bajo el yugo del control, no podría ser más actual. Toda máscara cumple dos funciones opuestas: velar –que es la más obvia– y revelar –que es la más profunda–. Oculta el «verdadero» –o cotidiano– rostro al tiempo que desoculta lo que este esconde. Así, en el teatro griego de la Antigüedad ayudaba al público a olvidar quién era en la vida diaria el actor y ayudaba al actor –por lo menos, yo siempre lo he imaginado así– a dejar que saliera de su interior el personaje. La máscara encubre lo que somos, y libera lo que podemos ser. Ah, mefistofélica sonrisa del enmascarado que empieza su discurso cortés y peligroso en todas las pantallas:

Good evening, London. I thought it time we have a little talk

Notas

(1) Moore, A. (2012): «Viewpoint: V for Vendetta and the rise of Anonymous». BBC News, 08/03/2012. (Traducción propia.)

(2) Moore, A. (1983): «Behind the Painted Smile». Warrior, nº 17. (Traducción propia.)

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