A un siglo del día en que cambió el mundo

Después de adelantar un «trailer» con la teoría de la relatividad especial o restringida en 1905, Albert Einstein presentó la teoría de la relatividad general diez años después, el 25 de noviembre de 1915, a la Academia Prusiana de las Ciencias. El documento fue publicado en los Annalen der Physik el día 20 de marzo de 1916: oficialmente, el espacio y el tiempo dejaban de ser lo que habían sido hasta entonces. Hace hoy exactamente un siglo.

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¿Por qué Albert Einstein ha marcado el mundo a tal extremo que nadie ignora quién es y que todos lo hemos visto alguna vez, si no varias, hasta en cajas de cereal para el desayuno, dibujos animados, remeras, cómics, publicidad y películas de Hollywood? Seguramente, las razones de esta impronta requerirían, para los físicos, una exposición mucho más minuciosa que la que yo pueda hacer, pero creo que nadie juzgará inapropiado señalar que, además de cambiar la forma de explicar el universo y pensar sus leyes, que son asuntos propios de la Física, Einstein cambió también la forma de concebir la realidad en cuanto tal, en sí misma, lo cual es propiamente un asunto filosófico y, por ende, de la incumbencia de la humanidad toda y no de los especialistas en una ciencia o disciplina particular. Sí, Einstein cambió el mundo como nunca se había hecho, de un modo brillante, completo y definitivo, de un modo terrible y sin retorno, y empezó a cambiarlo ya en su mente cuando atisbó interiormente los primeros indicios de que la materia podía ser pensable como energía, y la energía, como materia. Ya había empezado a cambiar el mundo entonces, antes de que nadie lo pudiera ver con claridad; ya había empezado a cambiarlo cuando, con sus tres famosos artículos en los Annalen der Physik, leyendo los cuales cabe llamarlo el «padre de la era atómica», para bien y para mal, formuló la teoría especial de la relatividad en 1905; pero cuando, hace hoy exactamente un siglo, el 20 de marzo de 1916, publicó su teoría general de la relatividad, Einstein terminó de transformarlo todo integralmente. E = mc² significa que la materia no es sino energía en reposo; E = mc² significa que la estabilidad del mundo físico solo es aparente; E = mc² significa la obsolescencia de las grandes, pesadas y tiránicas nociones absolutas y la liberación intelectual de sus caducas cadenas; E = mc² significa un conjunto ilimitado de universos posibles en expansión; E = mc² significa la bomba sobre Hiroshima; E = mc² significa la posibilidad de finales mucho peores y más indignos que la muerte; E = mc² significa el adiós definitivo a todo lo que formaba el hogar del hombre conocido hasta entonces y el comienzo de una nueva era de incertidumbre, horror, peligro y maravilla en la que viviremos para siempre. Las consecuencias de la tesis einsteiniana de la relatividad son tan profundas, y tan vastas y completas, que nadie, que yo sepa, las ha calculado aún en toda su magnitud vital, filosófica, cultural, artística, social y política, por no decir meramente científica –esa dimensión más ardua que, enunciada aquí como la última, encierra, materia opaca, a todas y cada una de las demás de esta lista–. Con la caída de los Principia de Newton, todos los pilares de la civilización tal como hasta entonces era concebida, y hasta el propio Dios, en tanto emblema o metáfora de cuanto es permanente, en tanto garantía de regularidad y firmeza del tiempo y del espacio, caen por tierra: no hay un marco exterior al que remitirnos en caso de duda, no hay ningún posible absoluto al que poder referir nada como algo «relativo», y ya todo es en sí mismo –como si, antes de su nacimiento biográfico, Hegel, Dostoievski, Lichtenberg, Nietzsche, hubieran soñado con Einstein al decir de diversas maneras «Dios ha muerto»– pura relatividad. El tiempo y el espacio perdieron su autonomía con respecto al movimiento de los cuerpos, y aun este movimiento perdió su independencia, como dato cognoscible, para el observador, respecto de sus propias circunstancias –la posición desde la cual observa–. La gracia y la belleza de la formulación más célebre de esta idea merece que la recordemos, si bien tendré que hacerlo con mis propias palabras: Einstein imagina que dos rayos caen al mismo tiempo en una vía ferroviaria, uno delante y otro detrás de un tren en marcha; desde el tren, un pasajero, comprende Einstein, los verá caer uno tras otro, y desde fuera, un hombre de pie, quieto, junto a la vía, los verá caer a la vez. Y lo más tremendo es esto: no se podrá decir que uno tenga razón y el otro no; no cabrá decir que sean en sí ni sucesivos ni simultáneos, porque lo que ha desaparecido –y, hasta donde yo sé, irreversiblemente– es posibilidad misma de un «en sí». Solo podría darle la razón a uno u otro alguien que lo viera todo desde un punto de quietud absoluta, un morador omnisciente de las esferas del cielo perdurable de la astronomía medieval, o aun del mundo de Newton, en el cual el tiempo se movía según sus propias leyes y la masa y el espacio no cambiaban por el estado de movimiento o reposo ni por el punto de vista de ningún observador.

Es el punto de vista de Dios lo que ya no tiene lugar en nuestro universo. En cuanto a lo demás, la muerte como inercia, la inercia como ilusión de la materia, la materia como apariencia y en general las líneas centrales de la magnífica y espantosa teoría einsteiniana están prefiguradas ya, a mi juicio, en los inicios de la filosofía griega, y tal vez incluso quepa rastrear sus esbozos en los planteamientos originales de los grandes fisicistas jonios –y aquí pienso incluso en el generalmente menos valorado de los milesios, Anaxímenes, y sus explicaciones de los cambios cuantitativos (rarefacción, condensación, como determinantes del número y la proporción de partículas concentradas en los cuerpos) en tanto factores de los cambios cualitativos de la materia– pero el desarrollo de esta investigación –que ignoro si alguien ya ha hecho– requiere, con perdón por el juego de palabras, un tiempo y un espacio que exceden los que me brinda el presente artículo. Sí se ha escrito, con desigual fortuna, sobre la impronta de Einstein en la literatura y en el cine de ciencia ficción desde la primera mitad del pasado siglo XX hasta nuestros días, y también se ha relacionado la teoría de la relatividad especial y general con ideas y trabajos de diversos campos y disciplinas, y con expresiones artísticas, tanto coetáneas a su concepción y formulación como ulteriores a estas, que problematizan de diversas formas todo marco absoluto de referencia, ético, estético, epistemológico y de toda índole, en una suerte de panorama epocal o de gran fresco de una cultura signada por la tendencia a socavar sus propios cimientos, y huelga decir que lo mejor del pensamiento actual bebe de la energía –sigo con los juegos de palabras– liberada por Einstein al dinamizar la pesada inercia de la materia con que se edificaron las certezas anteriores y al movilizar las ideas –sin ello, aun este breve artículo, o, más precisamente, la perspectiva del observador que lo está escribiendo, hubiera sido inconcebible–. Los primeros desarrollos oficiales de la teoría general de la relatividad pueden remontarse al ensayo escrito en coautoría con su amigo el matemático Marcel Grossman, usualmente apocopado «Entwurf» («Entwurf emer verallgemeinerten Relativitatstheorie und einer Theorie der Gravitation») y publicado a comienzos de 1913 en el Zeitschrift für Mathematik und Physik, que también publicó la segunda parte en 1914, si bien las observaciones sobre la gravitación fundamentales para estos artículos las anotó Einstein en su hoy llamado «Cuaderno de Zürich» en el invierno de 1912-1913. En el otoño de 1915, Einstein comenzó a revisar estos planteamientos y antes de la Navidad concluyó que tenía que repensarlo todo. El proceso está documentado y expuesto en detalle en, entre otros estudios recomendables, por ejemplo, el minucioso artículo del profesor Janssen «Of pots and holes: Einstein’s bumpy road to general relativity» (en: Annalen der Physik 14, 2005). Sin embargo, Einstein ya sabía que tendría que extender el principio de la relatividad del movimiento uniforme hasta llegar a abarcar todo tipo de movimiento; lo sabía ya, como mínimo, desde aquella primera publicación sobre el citado principio galileico-newtoniano en 1905, y sabía ya además (¿cómo podría no saberlo?) que desde ese momento el nuestro sería un viaje sin boletos de vuelta rumbo a un universo extraño en el que todo movimiento sin excepción sería relativo y en el que ya jamás volvería a existir nada que no lo fuese.

juliansorel20@gmail.com

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