19 de Noviembre de 2010 18:47

 

Augusto Roa Bastos, el guionista

Por Jorge Coronel

Augusto Roa Bastos, el guionista_170690

Augusto Roa Bastos, el guionista_170690 / ABC Color

A 21 años de haber sido galardonado con el Premio Cervantes por su obra "Yo, el Supremo", novela basada en la figura del dictador paraguayo del siglo XIX, José Gaspar Rodríguez de Francia, hacemos un recorrido por una etapa de su vida profesional aún poco conocida: la de guionista de cine internacional.


"La naturaleza del guión y el papel que corresponde al guionista en la realización de un film son, probablemente, pese a su importancia, de las cuestiones peor definidas en la historia del cine", apuntaba Augusto Roa Bastos en "Reflexiones sobre el guión cinematográfico".

 

Es que el escritor paraguayo más importante del siglo XX y uno de los novelistas más laureados de la literatura hispanoamericana, luego de ejercer el periodismo en Asunción –y durante parte del tiempo en que fue obligado a vivir en el exterior por motivos de exilio, tras la Revolución de 1947–, supo formar parte de la industria del cine y destacarse en la labor de un oficio por demás desconocido en su carrera: el de guionista de cine.

Aunque en algún momento él mismo haya calificado a dicho rol como una profesión "de supervivencia"; sin embargo denotó la influencia en su "estilo descriptivo", luego de estructurar argumentos y diálogos que conformarían el guión o "libro" final de una larga serie de largometrajes. Algunos supieron brillar; otros directamente nunca fueron filmado.

Fue así como en Buenos Aires trabajó como guionista de cine por más de quince años (en la década del '50 y parte de los '60). "(...) Lo que podría llamar el tiempo de mi "carrera" de guionista se puede contar más vale por los guiones rechazados que por los aceptados y filmados. Cuando en 1976 viajé a Francia para hacerme cargo de la cátedra de literatura hispanoamericana para la que me habían contratado en la Universidad de Toulouse, dejé en Buenos Aires no menos de una decena de libros de cine no filmados (el libro es obra más extensa, pormenorizada y documentada que un guión) como saldo de una larga batalla perdida", comentaba Roa Bastos en la obra reeditada por Servilibro.

En el texto destaca algunas de sus obras: "Recuerdo que entre ellos había adaptaciones de obras realmente importantes en la historia de la sociedad argentina: La Guerra del Desierto; La colonización judía en la Argentina; gran obra de Sarmiento, Civilización y barbarie, con la alucinante historia de Facundo Quiroga, El tigre de los llanos, como centro argumental; la historia mítica y fantástica de La Ciudad de los Césares, en la Patagonia, una historia del general Lavalle en su lucha contra Juan Manuel de Rosas inspirada en el final de la obra de Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas; un documental sobre los ferrocarriles argentinos; un documental sobre andinismo; una adaptación del gran poema nacional, el Martín Fierro, en la que interpolaba la biografía de Isidoro Tadeo Cruz, escrita por Jorge Luis Borges, según la cual el milico Cruz, de la partida que persigue a Fierro, en una súbita conversión en el fuego del combate, se pasa al bando del perseguido y pelea con él hasta la muerte. Yo lo hacía morir a Cruz para salvar a Fierro".

Esta decisión fue acatada por el mismo Borges. "A Borges le gustó la idea, pero tardó en darme su consentimiento; al fin me lo dio diciéndome con cierta ironía: "Ojalá que no se haya metido usted en camisa de once varas". No me metí en ella pero casi me meten a mí en una camisa de fuerza. El film no se hizo. El proyecto y el libro horrorizaron desde el principio a los productores que sólo querían ganar dinero pero no exponerse a riesgos innecesarios".

Disciplinado como él sólo y perfeccionista como pocos, supo meterse en las vértebras del oficio y calar hondo en el celuloide. No se limitó a escribir por escribir: el joven Roa Bastos escribía guiones, con pasión, pero con dedicación autodidacta y respeto al oficio.

Entonces se compró una vieja moviola, con la que estudiaba –fotograma por fotograma– a los grandes del cine, y descubría con sorpresa la importancia del montaje. "Con el dinero que me pagaron por los derechos de adaptación de Hijo de hombre empecé a comprarme los indispensables artilugios de estudio. Tenía en mi gabinete de trabajo una moviola vieja comprada de los estudios de la Sono Film; en este artilugio de montaje estudiaba como a la lupa, fotograma por fotograma, las películas de los grandes del cine y ensayaba los principios del montaje que es uno de los procedimientos más creativos y difíciles en la elaboración de un film", recordaba el escritor.

Con los ahorros juntados compró "una venerable cámara Arriflex", como él mismo decía. "Con ella hacía mis ensayos con respecto al secreto de las tomas, de las angulaciones, de las luces y a la utilización del tiempo y del espacio cinematográfico en las tomas, desde el close up a las innumerables posibilidades de la profundidad de campo, inaugurada por Orson Welles".

Ya como guionista de renombre, era contratado por su gran capacidad de adaptación de obras literarias, donde también supo trabajar en equipo, como el que formó con Lucas Demare (La Boda, 1964).

Y así dejó en la Argentina una amplia filmografía, en donde se destaca la adaptación de Hijo de hombre, gran referente –hasta el día de hoy– del cine épico latinoamericano.

Pero en este oficio creativo y libre (como a su vez vulnerable y por demás limitado), llegó un momento en que no puso restricciones a la hora de tomar proyectos. "No le tuve asco a nada", decía Roa Bastos al recordar Ya tiene comisario el pueblo (1967), película donde aceptó adaptar una obra de Claudio Martínez Payva, bajo la dirección de Enrique Carreras. Película que -según cuentan- prefería dejarla al olvido.

Era tan destacada su labor de guionista, que también supo destacarse en la docencia. Antes de viajar como catedrático a la Universidad de Toulouse (Francia), fue profesor de Guión en la Universidad de La Plata.

 

En su preocupación por difundir sus conocimientos y apostar al crecimiento de la industria del cine paraguayo, Roa Bastos aseveraba su postura respecto al rol estatal para con el séptimo arte: "El Estado debe velar por su crecimiento y maduración con una ayuda económica bien organizada, exenta de los condicionamientos y compulsiones burocráticos o ideológicos, que han llevado al fracaso a la cinematografía en los países totalitarios. La creación de una Escuela y de un Instituto de Cinematografía, en nuestro país, como organismo autárquico y autónomo, es imprescindible para ello".

 

El prolífico narrador y poeta, embajador de las letras de Paraguay al mundo, brilló así también en esta faceta casi enigmática y acaso desconocida; la del guionista de cine que supo esculpir historias en lenguaje cinematográfico y llevarlas a una industria que hoy -varias décadas después- aún busca florecer en un cine nacional.

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