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24 de Febrero de 2006 00:00

 

Breve historia del guaraní

Rovyaiterei roime jeygui penendive ha iporã niko ñamoñe’êmi ñañepyrûvo ko tembiapo ary reheguáva, jaikuaami tembiasa yma guare ha mba’éichapa ko’ágã ojepytaso ñane ñe’ê guarani ymaite guivéma. Ko’ã mba’e ñamoñe’êta ambue ñe’ême ikatu haguã upéi ñande ñamombe’u guaraníme ha ñande katupyry avañe’ême ayvúpe.

Ko’ãva ha’e moñe’êrã jaikuava’erã ikatu ñañomongeta mbo’ehakotype ha opavave ñande rapicha ndive: La era precolombina; Llegan los europeos; Empieza la escritura, El guaraní en la época independiente.
Péicha roñepyrû ore rembiapo peteîha

La era precolombina

Según investigaciones aceptadas, aproximadamente por el año 3000 a.C. había tres grandes grupos étnicos que poblaban América del Sur: el de los andinos al oeste, el de los aruakos al norte, y un tercer grupo, posiblemente más populoso, que se ha denominado tupí-guaraní, con gran extensión territorial. Al parecer, los tupí-guaraníes por esta época han venido emigrando lentamente desde América Central, hacia el centro de América del Sur, donde se habrían establecido por mucho tiempo, desarrollando un conjunto de lenguas muy bien estructurado, conocido hoy como el tronco lingüístico tupí-guaraní.

Se estima que antes del inicio de la Era Cristiana, se generó un nuevo movimiento migratorio expansionista, que produjo una escisión de este grupo que nos interesa. Por una parte, los tupíes iban hacia el este, hasta la costa atlántica, y hacia el norte, tomando el curso del Amazonas y sus afluentes, desarrollando la lengua tupí. Por la otra parte, el grupo de los guaraníes se movía hacia el oeste y sudoeste, tomando la cuenca del Río de la Plata (ríos Paraná, Paraguay y Uruguay), hablando el avañe’ê.

Nadie duda hoy que el medio de comunicación de los tupí-guaraníes tenía la misma base lingüística, pero la distancia entre las parcialidades étnicas hacía que esta lengua primigenia haya adoptado diversas peculiaridades zonales y dialécticas. Como resultado, se han generado así un centenar de lenguas de notable similitud unas con otras, integrantes todas de la gran familia lingüística tupí-guaraní.

Los tupí-guaraníes, dado el carácter seminómada que tenían, no dejaron rastros materiales de opulencia como otras culturas amerindias (palacios, templos, estatuas, etc., de los incas o los aztecas, por ejemplo). Pero el legado cultural más valioso que nos queda de ellos es un verdadero tesoro: la lengua, aunque sin escritura.

Por razones varias, entre las que se destaca la atroz persecución por parte de los gobernantes portugueses, la lengua tupí ingresó a una paulatina decadencia, en lo que hoy es el sur y este de Brasil, hasta desaparecer (excepto una rama, el ñe’êngatu del Amazonia). Mientras que, curiosamente, la lengua guaraní adquirió una notable fortaleza en lo que hoy es Paraguay y zonas colindantes de los países vecinos: nordeste argentino, sur boliviano y sudeste brasileño.

La economía de los guaraníes estaba basada en la caza, la pesca, y la agricultura. La administración social y de los bienes producidos en cada aldea estaban a cargo de una autoridad patriarcal, el Cacique, bajo la fiscalización de un Concejo de Ancianos. Se sabe que practicaban la democracia, ya que los caciques eran elegidos, y en casos necesarios, también destituidos. Para promover su candidatura, los aspirantes a cacique realizaban justas de oratoria, esforzándose cada uno por congraciarse con los votantes.

En cuanto a la religión, se sabe que los guaraníes creían en la existencia de yvy marãne’y (tierra sin mal), que al parecer significaba el acceso a la inmortalidad. Lo curioso aquí es que no hablamos de un alma inmortal, o vida después de la muerte, sino de una vida inmortal en la Tierra. Hay quien menciona a esto como una de las razones de sus migraciones: la búsqueda de la Tierra sin Mal.

El recorrido de tan inmenso territorio permitió a los guaraníes conocer a profundidad la flora de la zona, estudiándola a su manera y aprovechando las propiedades medicinales de las plantas. Pero, ¿por qué tanto empeño en conocer la flora?... ¿Quizás sea ésta la razón de las migraciones?... ¿Buscaban tal vez alguna planta que les proporcionara la inmortalidad, o el aguyje, estado de perfección eterna?

Sin importar los motivos que les haya conducido a estudiar cada planta que veían, estos conocimientos fueron transmitidos luego a los botánicos europeos, y como resultado de ello, el guaraní ocupa hoy el tercer lugar en cuanto al origen etimológico de los nombres científicos de las plantas, detrás del griego y del latín.

La cultura guaraní precolombina, al no dejar rastros artísticos ni escritos, es de difícil seguimiento. Para lograr que alguien pueda oír las historias originales de éstos, era necesario ser uno de ellos. Así lo hizo Kurt Unkel (1883-1945), rebautizado con el nombre de Nimuendaju (Alojado por sí mismo), por la comunidad guaraní llamada Apapokúva, del Brasil. Unkel dio a conocer en su Alemania natal el producto de sus investigaciones, que más tarde llegó a Sudamérica. Se trata de una leyenda acerca de la Creación y del Juicio Final.

La mejor muestra de poesía precolombina guaraní que disponemos ahora ha sido recopilada por León Cadogan (1899-1973), narrada ante sus oídos tras haber sido adoptado por la parcialidad étnica guaraní Mbya con el nombre de Tupã kuchuvi veve (Tornado de Dios). Este poema es el Ayvu Rapyta (Fundamentos de la Palabra), una colección de textos religiosos y éticos, que era transmitida de forma oral desde tiempos remotos, en sesiones grupales dedicadas a la reflexión y difusión del conocimiento.

Este poema, considerado hoy día como una Enciclopedia de la vida guaraní, se compone de 19 capítulos, como bien los diferenció Cadogan. Los primeros cuatro tratan del Génesis, el origen de la Divinidad Suprema, de la Primera Tierra, de los Hombres, y del Lenguaje Humano. Los siguientes cuatro capítulos tratan de la Paternidad, de la Segunda Tierra, y del origen del Sol y la Luna. El noveno habla de la Buena Ciencia contra los maleficios, el décimo de la Medicina y las Pasiones (sí, la atracción sexual para ellos tenía categoría de ciencia), y los demás tratan del discernimiento entre Bien y el Mal, con consejos y normas de conducta.

Al parecer, los guaraníes (o al menos, los mbya) daban a esta narración poética las mismas cualidades que los cristianos damos a la Biblia. Como curiosidades, mencionemos la importancia que allí se da al lenguaje hablado (como si fuera algo divino), la existencia de siete paraísos, y que los animales y plantas también tienen alma.

Tanta era la importancia que los guaraníes asignaban a la oralidad, que no existe vestigio alguno que nos muestre algún intento de transmitir conocimientos por otro medio. El guaraní fue siempre una lengua exclusivamente oral, y de gran expansión territorial. Los historiadores concuerdan en decir que desde principios de la Era Cristiana, las lenguas del grupo tupí-guaraní cumplían el mismo rol en América del Sur que el latín en Europa: hasta los incas, y otros que procedían de otros troncos lingüísticos, lo entendían.

Incluso hoy, en pleno siglo XXI, no es alocado pensar que un paraguayo corriente que habla bien el avañe´e (guaraní) pueda comunicarse oralmente de manera práctica, ayudado tal vez con pocas señas faciales o manuales, con un indígena del Amazonia que habla el ñe’êngatu (dialecto del tupí), aunque las grafías de ambas lenguas son actualmente muy diferentes entre sí. Esto es así, por supuesto, porque ambas lenguas proceden de la misma raíz.
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