23 de Febrero de 2012 00:00

Pobre infraestructura y baja calidad esperan a los alumnos

Hoy, más de un millón y medio de alumnos vuelven a clases en el sector público de la educación. Les recibirá un sistema educativo paupérrimo desde todo punto de vista.

Los datos hablan de que el 75% de las instituciones tienen problemas de infraestructura. Es decir, necesitan algún tipo de construcción, ampliación o reparación. Eso es lo que salta a la vista. Lo peor es lo que no se ve, lo intangible: la baja calidad de la educación. Así que cuando en cada casa se arme el revuelo habitual del inicio de clases, es de esperar que la alegría y las ganas de aprender y ser mejores gracias al esfuerzo y el conocimiento sean el motor impulsor de educandos y docentes, y sirvan como una fuerte sacudida para que quienes tienen a su cargo la educación en nuestro país cobren conciencia de su gran responsabilidad para con el futuro de la patria y de sus habitantes.Hoy, más de un millón y medio de alumnos vuelven a clases en el sector público de la educación. Les recibirán un sistema educativo paupérrimo desde todo punto de vista. Los datos hablan de que el 75% de las instituciones tienen problemas de infraestructura. Es decir, necesitan algún tipo de construcción, ampliación o reparación. Es lo primero que saltará a la vista de la gente y seguro será la noticia: clases bajo árboles, ventanas rotas, alumnos sentados en el piso; postales repetidas de un país donde no hay político que no diga que su prioridad es la educación. La descripción recién hecha corresponde a un ambiente nada propicio para el aprendizaje.   

Es difícil concentrarse cuando el termómetro supera los 35 grados y no hay ventilador; o cuando el frío castigue con fuerza; o cuando la silla que a uno le tocó en suerte no tiene apoyabrazos y hay que escribir sobre la propia falda; o cuando llueve y el agua se cuela a chorros entre las tejas rotas.   

El mensaje que transmiten estos edificios maltrechos a sus alumnos es primordial. En una entrevista publicada en nuestro diario, el lunes 9 de mayo de 2011, Luigi Iannacci, profesor de la Universidad de Trent, Canadá, expresó: "Hay una cuestión muy básica: sos un niño, vas a tu escuela y la escuela es un desastre, se cae a pedazos, está sucia, no hay nada allí, no hay materiales, y hay muchas personas en un pequeño espacio. Desde el edificio ya se plantea que no hay nada atractivo allí. Por lo tanto, ¿qué clase de reverencia tenemos hacia la educación? ¿Qué clase de ideas le comunicamos al chico cuando le ponemos estas escuelas y le decimos que esto es lo que hay para ellos? ¿Cuánto vas a poner de tu parte si ves que a los adultos les importa tan poco, que esto es lo que tienen para ofrecerte? ¿Cómo podés ser al mismo tiempo demandado y castigado, cuando tenés en los ministerios de Educación adultos que no hacen lo correcto y no hacen una correcta planificación financiera para asegurar que las escuelas sean y se planteen a sí mismas, físicamente, como un lugar que genera respeto y que se merece el respeto de los niños, porque es un lugar que los adultos respetan lo suficiente como para invertir en ellos?". Son preguntas sobre las que vale la pena reflexionar.

Eso es lo que salta a la vista. Lo peor es lo que no se ve, lo intangible: la baja calidad de la educación, que sufre la desgracia del atraso,  que no es exclusivamente atribuible a la falta de recursos económicos, sino también a la falta de visión de los gobernantes, a la mezquindad de los que quieren llevar todo el rédito de un programa exitoso e incluso a la falta de vocación de miles de maestros que van a su trabajo cada día como irían a cualquier otro puesto laboral, sin dimensionar el impacto que su actitud y su entusiasmo puede tener en el futuro de los niños que les fueron confiados por sus padres. Esto se debe en parte a que la posibilidad de percibir un ingreso seguro en zonas donde no hay oportunidades laborales atrajo a la profesión docente a personas que no sienten la emoción de ver progresar a sus alumnos, de acompañarles en su entrada al mundo del conocimiento. También hay una gran responsabilidad del Estado, que –por ejemplo– este año no preparó ninguna campaña de capacitación en el período de preclases.   

La baja calidad educativa es el problema fundamental y debe ser atacada con la fuerza de un huracán. Ciertos avances hubo en los últimos dos años. Se realizaron jornadas de actualización pedagógica mensuales, y también se reorganizó de alguna manera el absurdo de que un alumno tuviera que cursar hasta 24 asignaturas por curso, con profesores que ni siquiera conocían sus nombres ni tenían posibilidades reales de trabajar a fondo con ellos, porque tenían dos horas de clases semanales de su asignatura. En la historia paraguaya hay antecedentes de pedagogos que supieron estar a la vanguardia del pensamiento latinoamericano, como es el caso de Ramón Indalecio Cardozo, cuya obra fue rescatada del olvido en la administración del ministro Luis Alberto Riart y distribuida en formato digital a los maestros del país. Hoy, tristemente, no hay referentes de renombre a nivel local. Y los programas están muy por detrás de lo que ofrece y demanda el mundo real. Decir que el currículum no se proyecta hacia el futuro es poco. En algunos casos, los contenidos y los métodos de enseñanza son casi medievales y recuerdan a la clásica postal del monje que enseña a sus discípulos dictándole textos. No hay debate, no hay discusión, no hay descubrimiento. Apenas una repetición vacía.   

De las tecnologías de la información y la comunicación no hay mucho que mencionar. La única iniciativa exitosa y a una escala considerable es "Una computadora por niño", que copó las escuelas de Caacupé, a iniciativa de una fundación y con apoyo del sector privado. Fuera de eso, las TIC son una excepción en el sistema público, un proyecto piloto que nunca termina de aterrizar.   

La educación pública paraguaya no tiene prestigio, por mucho que el Ministerio de Educación trabaje en fijar la idea de que la escuela pública paraguaya es digna y está a la altura de otros sistemas públicos. En realidad, es imposible comprobarlo porque Paraguay nunca participa de las pruebas internacionales que miden los resultados educativos de los países. Pero es lo que la gente percibe y por eso el 20% de la matrícula a nivel nacional asiste a una institución privada. Muchos padres dan lo que no tienen para que sus hijos asistan a una escuela que tal vez no sea mucho mejor que las otras, pero al menos tiene sillas donde sentarse, y donde tienen la certeza de que no se perderán valiosas horas de clases por conflictos de diferente índole en los que los niños y jóvenes terminan siendo rehenes.

Sin embargo, como se dice vulgarmente: es lo que hay. Así que hoy, cuando en cada casa se arme el revuelo habitual del inicio de clases, que cambia las rutinas de los hogares y la vida de los pueblos y ciudades, es de esperar que la alegría y las ganas de aprender y ser mejores gracias al esfuerzo y el conocimiento sean el motor impulsor de educandos y docentes, y sirvan como una fuerte sacudida para que quienes tienen a su cargo la educación en nuestro país cobren conciencia de su gran responsabilidad para con el futuro de la patria y de sus habitantes.
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