08 de Junio de 2010 22:22

Un solitario y bravo pastor

Por Ilde Silvero

Más bien parco, de poco trato social, pero su presencia inspiraba respecto y su conducta generaba admiración tanto en seguidores como en eventuales críticos. Mons.

Ismael Rolón nunca pasaba desapercibido porque cumplía a cabalidad su misión principal de predicar la Buena Nueva entre los hombres y cuidar de su rebaño como un buen pastor, aunque los tiempos hayan sido áridos y harto difíciles para todos.Lo conocí como estudiante y joven periodista en los años 70, una década particularmente dura para los opositores a la tiranía stronista por la fuerte represión contra los movimientos campesinos y estudiantiles cuyos líderes, en su mayoría, conocieron la tortura, el exilio o el asesinato. La Iglesia Católica se iba volviendo en el refugio casi obligado y solitario de tanta gente perseguida por las bestias al servicio del Tiranosaurio.

En gestiones silenciosas y directas ante algunas autoridades o en voz alta y firme en pronunciamientos públicos y documentos eclesiales, Mons. Rolón fue un implacable defensor de los derechos humanos y el incansable profeta de la necesidad de un cambio sociopolítico para forjar un país mejor.

En los años 80, la dictadura se iba acercando a su fin pero todavía daba fuertes patadas. Todos los semanarios opositores, radio Ñandutí y el diario ABC Color fueron clausurados por el déspota. El terror silenciaba todas las voces disidentes. En medio del obligado silencio, la Iglesia paraguaya resuelve reiniciar la publicación del semanario "Sendero", cuya dirección acepté con mucha honra. La orientación, el respaldo y el aliento de Mons. Rolón fueron fundamentales para que esta publicación sobreviviera como único vocero de la oposición y de todas las fuerzas sociales hasta la caída de la dictadura.

El testimonio de vida de Mons. Rolón constituía un notable ejemplo por su honradez, su conducta ética y la inclaudicable coherencia entre su fe en Dios y sus acciones personales. La relevancia de su autoridad moral  era muy notoria en una sociedad  corroída por los abusos del poder, los excesos del desenfreno inmoral, los males de la injusticia social y  la ostentación de la riqueza generada por la corrupción en la administración pública.

Finalmente, a lo largo de sus años como sacerdote, como obispo, como arzobispo y como jefe de la Iglesia paraguaya, Mons. Rolón siempre actuó como un siervo de Dios, un digno sucesor de los apóstoles y un pastor atento  a las necesidades materiales y espirituales de su pueblo. En una sociedad tan carente de líderes sociales y culturales que sostengan la esperanza de la gente en un futuro mejor, Ismael Rolón siempre será recordado como un padre exigente y misericordioso,  austero para sí y generoso con los demás; un hombre de Dios en este valle de lágrimas y de esperanzas siempre postergadas.
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