“Cambia, todo cambia”, dice la famosa canción. La demostración de hombría y su concepto, no son la excepción.
Una moderna y flamante molécula de testosterona es generada por una moderna cepa de hombres, y sus venas son autopistas por ella utilizadas para llegar hasta las neuronas y al bañarlas generar un peculiar comportamiento. Dicha conducta tiene el fin de llamar la atención de las hembras de manera enérgica y firme, y a su vez levitar su ego.
Quienes somos incapaces de segregar la novel Testosterona 2.0, estamos en proceso de extinción tras un duro y horrible padecer.
He estado observando y, por sobre todo, escuchando al nuevo macho en su andar. La nueva concepción de virilidad, generada por tan sofisticado encéfalo, tiene por idea la expiración de las antiguas feromonas naturales ya caducas, y su reemplazo por un seductor ruido, inmenso en decibeles.
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En la actualidad, quien más estruendo y alboroto tenga capacidad de generar, es quien más hembras tiene capacidad de copular. Al menos, a esa conclusión he llegado luego de mis observaciones.
Si bien el estado de “celo” de estos machos se mantiene durante todo el día, tiene sus picos en horas de salida de colegios y luego del declinar del sol.
En el primer caso, es notorio y casi estereotipado el deambular frente a los colegios, en sus poderosas glándulas tuneadas (otrora simples vehículos de transporte) despilfarrando decibeles/feromonas, cual pavo real tratando de seducir con la voluptuosidad e imponencia de sus plumas. Manteniendo una velocidad de casi paso de hombre, ventanillas bajas, brazo extendido hacia el exterior, volumen al máximo, haciendo vibrar a propios y extraños, haciendo la pasada un par de veces.
Rostro casi inmutable, seductor, excepto si se logra el plus de disparar la sirena de algún vehículo por ahí estacionado. La misma es generadora de una elevación del ego del nuevo macho, que no tiene precio. Probablemente este hecho genere algún otro tipo de hormona, de placer 2.0, con la consecuente irradiación de una mueca única.
Ese plus tiene un nivel extra cuando acontece por las noches. El transitar por un barrio, sumergiéndose en el silencio de su madrugada, quebrantándola con esa eyaculación de feromonas, más el disparo de alarmas lloriqueantes que quedan a su paso, dan una sensación mística e inefable entre quienes la generan.
Esta testosterona, no solo actúa cambiando el comportamiento sexual, sino que además tiene un efecto en la comunicación que se da entre miembros de esta evolucionada especie. Quienes van en tremendos vehículos, totalmente envueltos en decibeles, casi atontados, son incapaces de escucharse entre sí, por lo que una mirada o un gesto son suficientes para transmitir las complejas ideas en su recorrida.
Otra característica interesante es la segregación de manera pulsátil de la testosterona 2.0. A escasos 100 metros de mi vivienda, yace un lugar de encuentro de los nuevos machos. La reunión es muy exclusiva por cierto, pues solo es bienvenido al grupo quien posea este tipo de glándula.
Allí es donde puede apreciarse la calidad pulsátil de esta hormona, pues la música y sus vibraciones, y la de mis ventanas y puertas, se dan al máximo, por unos minutos, para luego detenerse, luego aumentar hasta un pico que dura segundos, para volver a detenerse, en forma cíclica, cuyo periodo varía desde minutos a segundos.
Como es de observar, esta avanzada y estupenda hormona tiene la capacidad de bloquear algunos conceptos sociales como el respeto a los demás y el sentido de ubicación. A ninguno de estos súper varones 2.0 pareciera importarles las molestias que causan a su paso, a hora y deshora, a vecinos, amigos y desconocidos, niños, ancianos, trabajadores y estudiantes.
Un solo punto me pone tranquilo, mientras esta marea de ruido proveniente de sus “naves”, va y viene abombándome. He observado que los miembros de la cepa que está a metros de casa, en reunión constante, si bien esparcen sus feromonas a todos los sectores, siempre están allí, sin hembras. Cuando cambian de base, para trasladarse a alguna estación de servicio para hacer gala de su fuerza frente a otras cepas generadoras de la misma hormona, en una colosal lucha, ocurre lo mismo. Eso me da la esperanza de que ellos no podrán perpetuar la especie.
Un amigo me dijo, y pareciera ser que con algo de razón, que esta generación solo desea copular con sus autos (Ojalá). La ototoxicidad no será eterna.
Sergio A. Rodríguez
