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    Cálido a caluroso, cielo mayormente nublado, vientos del norte, luego variables. Precipitaciones y ocasionales tormentas eléctricas.

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    Cálido, cielo nublado, vientos variables. Precipitaciones y tormentas eléctricas.

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    Cálido, cielo mayormente nublado, vientos variables. Precipitaciones dispersas y ocasionales tormentas eléctricas.

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06 de Febrero de 2018

 

Acepar, otra cloaca pestilente

Bajo el cínico lema de “Paz y Progreso”, el corrupto régimen dictatorial de Alfredo Stroessner dejó como gravosa herencia sobre las espaldas de los sufridos contribuyentes paraguayos varios elefantes blancos cuyo sostenimiento hasta ahora sigue desangrando las arcas fiscales, aunque sus cleptómanos beneficiarios, convertidos en multimillonarios, se van turnando con cada Gobierno que asume: Petropar, INC, Acepar. Al igual que los demás engendros de la paquidérmica metáfora de corrupción citados, Acepar continúa siendo el mismo antro de rapiña de la hora prima: una empresa pública fraudulenta creada por una corrupta claque de militares y civiles allegada al dictador para enriquecerse impunemente a costilla del Estado, y que hasta hoy continúa sirviendo al mismo perverso fin de enriquecimiento ilícito a los depredadores de caudales públicos que se turnan con cada Gobierno que asume, incluidos facinerosos compañeros de ruta de otras latitudes. Si el nuevo Gobierno que asumirá en agosto próximo no depura la cloaca pestilente en que se han convertido estas empresas públicas, es probable que se hunda en las mismas al impulso de la saludable brisa moralizadora que está comenzando a aflorar con fuerza en varios países de la región y que también está comenzando a soplar en el nuestro.

Bajo el cínico lema de “Paz y Progreso”, el corrupto régimen dictatorial de Alfredo Stroessner dejó como gravosa herencia sobre las espaldas de los sufridos contribuyentes paraguayos varios elefantes blancos cuyo sostenimiento hasta ahora sigue desangrando las arcas fiscales, aunque sus cleptómanos beneficiarios, convertidos en multimillonarios, se van turnando con cada Gobierno que asume: Petropar, INC, Acepar.

Al igual que los demás engendros de la paquidérmica metáfora de corrupción citados, Acepar continúa siendo el mismo antro de rapiña de la hora prima: una empresa pública fraudulenta creada por una corrupta claque de militares y civiles allegada al dictador para enriquecerse impunemente a costilla del Estado, y que hasta hoy continúa sirviendo al mismo perverso fin de enriquecimiento ilícito a los depredadores de caudales públicos que se turnan con cada Gobierno que asume, incluidos facinerosos compañeros de ruta de otras latitudes.

La minisiderúrgica integrada, alimentada con carbón vegetal, ubicada en Villa Hayes, fue cotizada inicialmente en unos US$ 88 millones para producir 100.000 toneladas de acero laminado por año. Sus impulsores, con el general Roberto Pedro Knopfelmacher Benítez como líder del grupo de depredadores agavillados, no satisfechos con la sideral fortuna que iban a engullirse con el fraudulento emprendimiento industrial, convencieron al dictador para que la inversión –a ser financiada con un préstamo de la agencia financiera brasileña CACEX, más un 10 por ciento de aporte del Tesoro– fuera aumentada a US$ 300 millones, supuestamente para ampliar la capacidad de producción de la usina a 150.000 toneladas de acero laminado por año.

Para conseguir la autorización del dictador –siempre perspicaz y desconfiado– incluyeron dentro del grupo de futuros comensales de la gran torta a su hijo mayor, Gustavo Stroessner.

Con esa carta blanca en mano, el general Knopfelmacher, secundado por su hermana Liliana como asesora jurídica; su concuñado Alberto Brisco como gerente financiero y su primo Guillermo Spiess como secretario general de la empresa constituida con la denominación de Aceros del Paraguay S.A. (ACEPAR), se abocaron a entretejer la fraudulenta ingeniería financiera para concretar la colosal estafa a las arcas del Estado.

Contrataron la construcción civil y el montaje electromecánico de los Altos Hornos y de la Acería con la capacidad de producir 150.000 toneladas de palanquillas de acero (materia prima para la planta laminadora), pero centraron su dentellada en la unidad procesadora de productos siderúrgicos terminados (varillas de construcción y alambrones). En vez de adquirir una planta laminadora capaz de procesar las 150.000 toneladas/año de palanquillas de acero producidas por la acería, adquirieron una obsoleta y funcionalmente remendada, cuya capacidad de procesamiento no excedía las 80.000 toneladas/año, aunque pagando, obviamente, el precio de una flamante planta laminadora de 150.000 toneladas/año. Esta puntual y escandalosa estafa les redituó a los involucrados en el suculento chanchullo decenas de millones de dólares, sumados al sobrefacturado costo de la mano de obra según el sistema conocido como “cost plus fee” (costo + beneficio), por el que el costo de la mano de obra para la construcción y el montaje de la usina se multiplicaba por un factor de 2,36. A esto se agregaban los célebres “retornos”, como denominaba la hermana del general Knopfelmacher a las coimas por las compras realizadas, que rondaban el 15 por ciento por encima del verdadero costo.

Esta alevosa “ingeniería financiera” elevó fraudulentamente el costo de la usina de los US$ 88 millones iniciales a más de US$ 400 millones, sin siquiera haberse completado las instalaciones industriales previstas en el proyecto.

La escandalosa estafa con la planta laminadora quedó constatada fehacientemente con el hecho de que, hasta ahora –desde sus inicios en 1986, 32 años después–, y pese a algunas mejoras introducidas tras su privatización, la planta no ha podido producir más allá de las 80.000 toneladas/año de productos terminados comercializables. Vale decir, hasta ahora el cuerpo del delito está ahí, para quien quiera comprobarlo.

A diferencia de Petropar e INC, Acepar fue privatizada durante el Gobierno de Juan Carlos Wasmosy, pero no dejó de ser por eso coto de caza de los mandamases de turno en el Gobierno. Habiendo el Estado pagado más de US$ 400 millones por ella, fue vendida fraudulentamente al empresario ítalo-argentino Sergio Tasselli por apenas US$ 35 millones, de los cuales pagó solo US$ 17 millones (ya que sigue debiendo US$ 6 millones pese a haber tenido una quita de US$ 12 millones). Tras haber lucrado suficientemente con ella, este rufián la retornó al Estado con sus instalaciones convertidas poco menos que en chatarra, además del enorme pasivo mencionado. Tras asumir Horacio Cartes, mediante un diligente fallo judicial, la planta siderúrgica fue arrendada por 10 años a la empresa brasileña Vetorial. Es más, el Presidente dispuso que la administración paraguaya de Itaipú le auxiliara con US$ 2,5 millones, supuestamente para preservar el medio ambiente, siendo la verdad, lo contrario.

Ahora que el filantrópico Gobierno de Horacio Cartes se va, como rata por tirante Vetorial abandona precipitadamente el barco que se hunde, dejando tras sí mucho residuo de corrupción, como su antecesor Tasselli: deudas con proveedores de carbón, con clientes, con ANDE, con el personal obrero de planta y otros pasivos más, sin siquiera honrar la garantía de fiel cumplimiento del contrato de arrendamiento. Todo con la complaciente connivencia del interventor judicial, ingeniero José Luis Vinader, quien, sin duda, obra de conformidad con las instrucciones que recibe del presidente Cartes. Este había aconsejado a empresarios brasileños en una reunión en pleno Palacio de López: “usen y abusen del Paraguay”. Vetorial cumplió al pie de la letra la segunda parte del consejo. Hechos irregulares característicos de la administración pública de este Gobierno, que hacen que esta empresa siga siendo una cloaca virtual por donde continúa fluyendo a borbotones el agua servida de la corrupción.

Si el nuevo Gobierno que asumirá en agosto próximo no depura la cloaca pestilente en que se han convertido estas empresas públicas, es probable que se hunda en las mismas al impulso de la saludable brisa moralizadora que está comenzando a aflorar con fuerza en varios países de la región y que también está comenzando a soplar en el nuestro.

 
 

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