Agonía del bolivarianismo asesino

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El planeta entero asiste estupefacto y acongojado a los terribles acontecimientos que están produciendo los espasmos de agonía del sanguinario régimen castrobolivariano de Nicolás Maduro que se resiste a dejar al pueblo venezolano en libertad. La pacífica protesta ciudadana del miércoles pasado, tanto en Caracas como en las ciudades del interior del país, fue violentamente reprimida por la policía militarizada de la Guardia Nacional Bolivariana. El prepotente mandatario venezolano está cada vez más preocupado, porque cuanto más reprime a su pueblo, mayor es la determinación que demuestra la mayoría de sus conciudadanos para protestar contra su Gobierno. Lo que el pueblo venezolano reclama con insistencia para salvar al país de la debacle en que se encuentra son elecciones libres y limpias. Un régimen autoritario, podrido por la corrupción y con una economía en bancarrota, como es actualmente el que acogota al pueblo venezolano, inevitablemente colapsará más temprano que tarde bajo la presión de una ciudadanía que les ha perdido al miedo a las mazmorras y a las balas.

El planeta entero asiste estupefacto y acongojado a los terribles acontecimientos que están produciendo los espasmos de agonía del sanguinario régimen castrobolivariano que se resiste a dejar al pueblo venezolano en libertad. La pacífica protesta ciudadana del miércoles pasado, tanto en Caracas como en las ciudades del interior del país, fue violentamente reprimida por la policía militarizada de la Guardia Nacional Bolivariana. En medio de gases lacrimógenos, disparos con balines de goma, corridas, gritos y desesperación de la muchedumbre, una mujer decidió permanecer parada, impávida, frente a una de las tanquetas del ejército que venían haciendo retroceder a la multitud enardecida. La imagen de la mujer, vestida de pantalón negro, camisa blanca y envuelta en una bandera de Venezuela, dio la vuelta al mundo, generando admiración por el gesto de protesta y resistencia pacífica demostrada con valentía sin par.

En contraste con el derroche de justificada rabia ciudadana pacíficamente volcada contra el mal gobierno de su país por millones de venezolanos y venezolanas, en el centro de Caracas, en la plaza adyacente al Palacio de Gobierno de Miraflores, en medio de una enfervorizada muchedumbre de simpatizantes y subido a una tarima, el presidente Nicolás Maduro divirtió a sus seguidores bailando merengue, el popular ritmo de la música caribeña. Mientras esto sucedía, no lejos de ahí, era asesinado de un balazo en la cabeza por efectivos de la Guardia Nacional el joven estudiante universitario Carlos José Moreno, de 17 años, totalizando una veintena la cantidad de fallecidos en las últimas tres semanas de manifestaciones.

En otra dramática escena captada por la prensa internacional que cubrió la álgida jornada vivida por la mayoría del pueblo venezolano en la ocasión, una joven mujer de 23 años, de nombre Andrea, con los ojos enrojecidos por el gas, con la máscara en la cabeza y visiblemente agotada, manifestó a la agencia noticiosa BBC Mundo: “Nosotros más cansados de lo que estamos no podemos estar; se les van a acabar las balas, pero no nuestra resistencia”.

A pesar de su sólido asidero al poder montado sobre las bayonetas y las botas, el presidente Maduro aparece cada vez más alarmado por el creciente descontento popular con su autoritario régimen de gobierno, que le reclama la convocatoria de elecciones anticipadas a falta del referéndum revocatorio de su mandato, paralizado por la Justicia cooptada por el Ejecutivo con la excusa de que supuestamente hubo fraude en el proceso de recolección de firmas para el efecto.

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Con referencia a la protesta, con su habitual fanfarronería, el Presidente venezolano expresó: “Hoy pretendieron asaltar el poder, y los hemos derrotado otra vez a los golpistas, a la derecha corrupta”. En realidad, el prepotente mandatario venezolano está cada vez más preocupado, porque cuanto más duramente reprime a su pueblo, mayor es la determinación que demuestra la mayoría de sus conciudadanos para protestar contra su Gobierno.

Su preocupación debe atribuirse a tres causas: las limitaciones del autoritarismo, la corrupción que permea su gobierno –incluidos sus propios familiares metidos en narcotráfico– y la difícil situación económica del país bajo su gobierno.

La primera de estas tres causas tiene que ver con la paradoja subyacente al interior del poder autoritario: en todo sistema de gobierno no democrático la ciudadanía es consciente de que la invencibilidad del “único líder” puede desmoronarse rápidamente. Tal como ocurrió aquí en Paraguay con el dictador Alfredo Stroessner, quien fue derrocado de la noche de la Candelaria a la madrugada de San Blas, con su poderío aparentemente intacto. Por otra parte, la vulnerabilidad de un régimen autoritario de gobierno está dada por el hecho de que el mismo no puede ser cambiado por medios constitucionales: solo puede ser removido por una revolución, como va a ocurrir con Maduro en Venezuela en el momento menos pensado, bajo intensa presión popular.

Lo que el pueblo venezolano reclama con insistencia para salvar al país de la debacle en que se encuentra son elecciones libres y limpias. Aunque sin revocatoria de mandato las presidenciales deberán celebrarse recién en 2018, para gobernadores ya debieron haberse llevado a cabo a finales del año pasado, pero hasta ahora no hay fecha. Como tampoco hay para las municipales previstas para este 2017.

Un régimen autoritario, podrido por la corrupción y con una economía en bancarrota, como es actualmente el que acogota al pueblo venezolano, inevitablemente colapsará más temprano que tarde bajo la presión de una ciudadanía que les ha perdido el miedo a las mazmorras y a las balas.