En una reunión entre correligionarios, el presidente Horacio Cartes se refirió a la situación problemática que atraviesa su partido, manifestando que este corre el riesgo de ser derrotado en las próximas elecciones si su dirigencia no contempla dos aspectos principales, uno de índole pragmática e inmediatista: la necesidad de unidad interna electoral; otro, de mucho más amplio sentido y trascendencia: la urgencia por cambiar el estilo obsoleto del clientelismo prebendario del partido y dedicarse seriamente a enfrentar los problemas sociales más sentidos, tales como la salud, la educación, las obras públicas imprescindibles.
La advertencia de Cartes es certera, se diría que hasta obvia para cualquiera que observe inteligentemente nuestro proceso histórico. Los únicos que parecen no percatarse de esta situación son los actuales dirigentes de los partidos tradicionales (en esto no van solos los colorados), mostrándose siempre tan confiados en el poder invencible de la prebendita electoral, de la dádiva barata, de las “ayudas sociales” minúsculas y mezquinas que reparten con fingida generosidad en el período de actividad proselitista precomicial.
Hasta este momento, el modo de actuar que predomina claramente entre nuestros dirigentes y operadores políticos de estilo clásico es una combinación de insensibilidad con prebendarismo. Esto significa que simulan acercarse a la gente más necesitada para escuchar sus quejas, anotar sus necesidades y efectuarles los conocidos ofrecimientos de siempre, al tiempo que les obsequian cosas de impacto inmediato pero efímero, como materiales de construcción, aparatos domésticos, medicamentos, motocicletas (según el nivel y cantidad de votos aportantes), o pagos de factura de servicios públicos, alquileres atrasados y otras cuentas similares. Agréguense a esto las famosas promesas de empleos públicos y otros beneficios especiales a ser cargados sobre las espaldas del Estado o la Municipalidad.
Es cierto que esta modalidad de acción sostuvo al Partido Colorado en el poder hasta ahora; y que este dato engaña a sus dirigentes, convenciéndoles de que, mientras continúen manejando hábilmente este corrupto régimen electoralista, nadie les derrotará. Lo que parecen no tomar en cuenta en sus análisis estratégicos es que la población del país casi se triplicó en el lapso que media entre el derrocamiento de la dictadura y hoy, que las carencias sociales crecieron otro tanto, que la ciudadanía está mucho mejor informada y cívicamente más educada que antes, que el hecho de que la gente necesitada reciba sus prebendas y que por esto simule prestarles su adhesión no implica que, una vez en el cuarto oscuro, vote por ellos. En fin, parecen no tomar en cuenta que las penurias más acuciantes de la población económicamente menos favorecida no se resuelven ni se olvidan con regalitos ocasionales y de poca monta como los que reparten en sus campañas.
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Si la dirigencia del Partido Colorado (y las otras que la imitan) continúa socialmente insensible, moralmente corrupta, despreocupada, desinteresada, negligente, codiciosa de riqueza fácil, de influencia e impunidad, manipulando la ley, los recursos públicos y el electoralismo viciado para perpetuarse en el poder, tiene los días contados, ella y el partido mismo. ¡Claro que caerán!
El Partido Colorado (y los que imitan su estilo) caerá, perderá el poder legítimo que le otorgan las urnas y retornará a la llanura; y quizás esta vez ya no por apenas un lustro, como la fortuna histórica le deparó recientemente, sino por un largo y doloroso lapso. Además, no será una llanura amable, para tomarse vacaciones y gozar de los “ahorros” que acumularon en el gobierno, sino que será un ostracismo amargo en el que tendrán que escuchar y, sobre todo, enfrentar, todos los días, los reclamos que se les formularán, los errores y fracasos que se les recordarán y la lista de pecados mortales que cometieron, muchas veces ante la propia justicia.
¿Y después? Después vendrán los “alienígenas” de la democracia. Vendrá cualquiera que sepa aprovechar la decadencia y demolición de las organizaciones de tipo tradicional. Vendrán los Hugo Chávez, los Evo Morales, los Rafael Correa. Y una vez que se instalen y aprendan a manejar el sistema democrático que aborrecen pero que, ganadas las elecciones, pasa a servirles muy bien, se quedarán por tiempo ilimitado.
Impondrán entonces la nueva Constitución ideológicamente reorientada, el régimen de reelección indefinida, la vuelta a la unión “granítica” de partido hegemónico con Fuerzas Armadas, a la dominación de sindicatos y gremios, a la intimidación general, al empleo de la ley como garrote, a las represalias económicas, a la conculcación de libertades cívicas y a la supresión o domesticación de la prensa.
Si esta desgracia llegase a suceder en nuestro país, será responsabilidad histórica, prácticamente única y exclusiva, de la dirigencia miope, egoísta y corrupta del Partido Colorado (con alguna ayuda del PLRA, ciertamente).
Así de simple. Este es el fantasma que el presidente Horacio Cartes habrá visto aparecer en el horizonte. Sus correligionarios tienen que tomar sus advertencias muy en serio, en vez de continuar chapoteando en el fango de la corrupción, del clientelismo, de la narcopolítica y otras lacras que mantienen en el abismo al Paraguay.