Surgen voces dentro de la ANR que cuestionan el hecho de que el Presidente de la República haya priorizado el perfil técnico en los nombramientos efectuados hasta hoy. Efectivamente, tanto en el gabinete como en la dirección de los entes descentralizados predominan los “tecnócratas”, es decir, personas aparentemente idóneas, en su mayoría provenientes del sector privado que, si bien muchas pertenecen al Partido Colorado, no han realizado una carrera política militante activa. Por nuestra parte, saludamos esas designaciones porque implican darle la importancia debida a la solvencia intelectual, tan marginada en el pasado de nuestro país a la hora de ocupar cargos públicos.
Los colorados no tendrían que estar de luto, como parece creerlo por ejemplo el presidente de seccional y concejal fernandino, Juan Francisco Rivera, quien ha tenido la ocurrencia de poner una bandera negra en el local partidario. Al contrario, debería estar orgulloso de tener unos correligionarios competentes al frente de las oficinas públicas, la mayoría de estas en estado desastroso precisamente por haber sido durante 60 años esquilmadas y utilizadas como fuentes de empleos por capitostes colorados o sus recomendados.
Es previsible que protesten quienes consideran que el Estado es un botín a ser repartido entre los dirigentes partidarios y sus respectivas clientelas, al margen de la idoneidad y la honestidad. Para ellos, que no son pocos, lo decisivo para aspirar a ocupar un alto cargo público es haber recorrido las seccionales y frecuentado la Junta de Gobierno. Piensan así porque la idoneidad como requisito para ejercer una función pública nunca jugó un papel en su aprendizaje político, ni bajo la dictadura ni ahora en democracia. Suponemos que a Horacio Cartes no le sorprenden las resistencias manifestadas y que tendrá cintura política para hacer que congenien su programa de gobierno y los requerimientos de algunos dirigentes del Partido Colorado, que estuvo en el poder durante seis décadas y que ahora, tras un merecido lustro en la llanura, volvió al poder con él a la cabeza. En otros países, Gobierno y partido gobernante acuerdan programas y proyectos que impulsar. Lamentablemente, hay correligionarios que no quieren liberarse de los lastres de antaño y pretenden continuar con los antiguos vicios. Son personas que se quedaron con la mentalidad de aquel presidente de seccional de Ñeembucú que, tras la caída de Stroessner pero con el Partido Colorado aún en el gobierno, se quejaba porque “ya no podemos nombrar ni a un director de escuela”. Porque antes podían hacerlo es que la educación se encuentra en el bajísimo nivel en que está.
El titular del Poder Ejecutivo debe recordar que, en gran medida, fue elegido por los votos movilizados por su partido. Esa realidad, debería inducirle a mantener con él una buena relación, cultivando especialmente el trato con sus legisladores. El Gobierno debe ser ejercido desde el Palacio de López sin que su titular pierda el contacto con la ANR. Esto exige que Horacio Cartes evite repetir el fatal error político de Fernando Lugo, quien se permitió despreciar abiertamente al PLRA, el partido que le ayudó a ganar las elecciones y que, de entre las organizaciones políticas que lo apoyaron, era la única que tenía una representación legislativa considerable. A Lugo le costó muy caro la arrogancia frente a su principal sostén en el Congreso, arrogancia debida tanto a su obtusa tendencia ideológica como a su inexperiencia política.
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Buscar que haya estrecha comunicación entre el Gobierno y el partido mayoritario no significa que el Jefe de Estado deba seguir el rumbo señalado por dirigentes como los que han protestado contra las designaciones efectuadas. Ese no sería, en modo alguno, un nuevo rumbo: sería el de siempre, el del prebendarismo y la prepotencia, que colisionan con los intereses vitales de la población.
Atender estos intereses exige darle a la idoneidad el lugar relevante que se merece, sin descuidar el respaldo político-partidario. Si quiere gobernar para todos los paraguayos y luchar contra la pobreza, Cartes seguramente se verá obligado a tomar decisiones –como las relativas a nombramientos– que no coincidan necesariamente con las ambiciones de más de un correligionario.
Si el Jefe de Estado desea hacer lo que anuncia, conviene que su gestión gubernativa se funde en criterios sensatos y no en los viejos criterios emotivos e irracionales, ligados a los colores partidarios y al puro voluntarismo, tan comunes en el pasado. Para administrar bien, hay que apelar a los que saben. Empero, también hay que tener el apoyo de un partido que cuenta con unos parlamentarios imprescindibles para la aprobación de los proyectos de ley del Poder Ejecutivo.
Una parte de la tarea de congeniar lo gubernativo y lo político-partidario estará hecha si se logra convencer a los dirigentes colorados de que solo si el actual gobierno hace un buen trabajo, su partido volverá a triunfar en 2018. El electorado juzgó al PLRA el último 21 de abril. Dentro de cinco años hará lo mismo con la ANR, y si resultara que Horacio Cartes no cumplió –o sus propios correligionarios no lo dejaron cumplir– sus promesas, no lo castigará a él, sino al partido que lo llevó al poder, que será enviado de nuevo a la cuneta como en el 2008. No habría motivo para que los electores apoyen a un candidato colorado si el fracaso del presidente Horacio Cartes resultara del sabotaje realizado por la propia ANR. Los votos cautivos que aún pudiera tener entonces serían ampliamente superados por los de quienes no hayan percibido mejoras en su calidad de vida.
A la ANR y al Presidente de la República les conviene cooperar con miras al bien público. El electorado ya no es el mismo de hace unas décadas. Ha madurado, y no va sumisamente tras los colores, sino requiere de éxitos concretos para creer.
El país necesita que se lo administre sin discriminaciones y que haya armonía entre el Gobierno y el partido que debe sustentarlo. Conseguirlo pondrá a prueba el tacto político del Primer Mandatario y su entorno. Tiene que ocuparse de la política con mayúsculas. Por eso, es su deber ignorar la politiquería encarnada en quienes no ven más allá de sus mezquinas apetencias. Si los criminales organizados no le van a marcar el rumbo a seguir, tampoco deben hacerlo aquellos dinosaurios mediocres que solo aspiran a cargos públicos para ellos mismos y para su parentela, amigos y correligionarios haraganes desocupados. Horacio Cartes tendrá que saber manejarse en lo que para él es un nuevo terreno. Se trata de un terreno resbaladizo, pero inevitable para quien tiene la enorme responsabilidad de gobernar.
Es de esperar que sepa responder al desafío, pues de ello depende, en gran medida, que los paraguayos tengamos un futuro mejor.