Crece la clientela subsidiada

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La práctica populista del subsidio, que implica sacar el dinero de los bolsillos de la gente que trabaja para poner en los de quienes muchas veces vegetan a la espera de asistencia desde arriba, no sirve para impulsar la producción ni redistribuir la riqueza, sino para comprar conciencias, fomentar la pereza y alentar corruptelas. Favorece a quienes reparten las dádivas y someten a sus designios a quienes las reciben. Se trata de un mecanismo que proporciona una formidable cartera de votos para las elecciones.

La práctica populista del subsidio, que implica sacar el dinero de los bolsillos de la gente que trabaja para ponerlos en los de quienes muchas veces vegetan a la espera de asistencia desde arriba, no sirve para impulsar la producción ni redistribuir la riqueza, sino para comprar conciencias, fomentar la pereza y alentar corruptelas. Favorece a quienes reparten las dádivas y someten a sus designios a quienes las reciben. De allí que, mediante ese perverso mecanismo, un Gobierno inepto, que no crea las condiciones para generar empleos, puede considerarse acreedor del agradecimiento de quienes no pueden trabajar por falta de oportunidades, o no quieren hacerlo por preferir vivir a costa de los demás.

La Secretaría de Acción Social (SAS) se precia de que su programa Tekoporã, dirigido a familias en situación de extrema pobreza y vulnerabilidad, tiene constante crecimiento. Se impone que este tipo de asistencia fuera temporal, hasta que los más pobres tuvieran el sostén necesario para dar sus propios pasos sin la “fresca viruta” que les chorrea de “papá Estado”. Pero antes que ir disminuyendo la cantidad de “pobres”, las autoridades se jactan de que van abarcando cada vez más a una mayor cantidad de asistidos, lo que significa que los políticos van aumentando su clientela con el dinero de los contribuyentes.

El programa Tekoporã incluía 14.000 familias en la época de Nicanor Duarte Frutos, cifra que aumentó a 80.000 durante el gobierno de Fernando Lugo, y ya llega a más de 140.000 en el de Horacio Cartes. ¡Formidable cartera de votos para las elecciones!

Mirados de esta forma, los datos constituyen una muestra del fracaso de los gobiernos en ir reduciendo la pobreza, ya que cada vez hay mayor cantidad de gente colgada del presupuesto público.

Además de no contribuir al despegue económico de los destinatarios, lo peor es que los subsidios generan una mentalidad dependiente del Estado, es decir, envilecen a quienes son acreedores de la asistencia. Quienes los recibieron viven esperando que ese “gran papá” solucione siempre todos los problemas, incluso aquellos provocados por la vulgar indolencia. Ya no se espera una asistencia esporádica para salir de una situación de emergencia, sino una permanente. El subsidio provoca una adicción de la que resulta muy difícil liberarse, porque socava el hábito del trabajo.

El subsidio es una práctica habitual de los gobiernos populistas, generalmente corruptos, que a la larga caen estrepitosamente o son repudiados por el resto de la población que paga los carnavales con el dinero público, como ocurrió en Argentina, Brasil, y está ocurriendo en Venezuela.

En el Paraguay no se subsidia solo a los integrantes del programa Tekoporã, sino también a organizaciones de productores que despilfarraron su dinero en cuestiones no agrícolas, a los pescadores en épocas de veda, y hasta a transportistas que no pagaron sus deudas. En muchos casos, el dinero fue a parar al barril sin fondo de la corrupción, sin que sus beneficiarios ni sus padrinos fueran condenados a la cárcel.

Mientras los “subsidiados” no tengan ninguna obligación de hacer o dar algo a cambio del dinero que reciben, así como tampoco existen autoridades honestas que puedan administrar los fondos, los “subsidios” serán usados para comprar votos para las elecciones y volver millonarios a quienes los autorizan.