El cuco del pasado para justificar el fracaso

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Reeditando fraseologías de escaparate, tan inexactas como triviales, en su discurso conmemorativo de los 201 años de la Independencia Nacional, el presidente Lugo pintó para la imaginación popular un país de bonanza nunca visto por ninguna generación de paraguayos desde los albores de nuestra independencia. De espaldas a la realidad nacional e internacional, el Presidente centró su lírico discurso en la cantinela de los supuestos “cambios” que había prometido en su campaña electoral, y en el cuco del regreso del Partido Colorado al poder. Mientras tanto, la realidad indica que la corrupción junto con la pobreza y la inseguridad constituyen la más infame tríada de infortunios que sobrelleva el Paraguay de nuestros días. Así, lo que es el “cambio”, parece que solo les llegó a él y a los miembros de su séquito.

Reeditando fraseologías de escaparate, tan inexactas como triviales, en su discurso conmemorativo de los 201 años de la Independencia Nacional, el presidente Fernando Lugo pintó para la imaginación popular un país de bonanza nunca visto por ninguna generación de paraguayos desde los albores de nuestra independencia. En él no se refirió a la realidad de que el Paraguay es un país de gran belleza y abundantes recursos naturales, y abierto a los extranjeros que deseen vivir en él, o realizar inversiones. Tampoco hizo alusión a los desafíos que, como muchas otras naciones latinoamericanas, nuestro país tiene por delante en su búsqueda de crecimiento económico, y lo que su gobierno está haciendo al respecto. Por supuesto, se cuidó muy bien de hacer cualquier comentario acerca del reciente informe de la Fundación Getulio Vargas referente a la caída de 4,2 a 3 puntos del Índice de Clima Económico (ICE) del Paraguay, por falta de confianza en las políticas de su gobierno.

De espaldas a la realidad nacional e internacional del país, como siempre el Presidente centró su lírico discurso en dos enfoques puntuales: la manida cantinela de los supuestos grandes logros de su gobierno en todos los ámbitos de la vida nacional y que a su criterio conforman la gran revolución integral del “cambio” que había prometido en la campaña electoral que lo llevó a la Presidencia de la República, y en el cuco del regreso del Partido Colorado al poder.

Así, en cuanto a lo primero erró cuando destacó, entre otras cosas, que su gobierno ha combatido con éxito el estigma de la pobreza, porque en realidad, a pesar de la inmensa suma de dinero que gastó, la misma aumentó de 19% a 19,4% durante sus cuatro años de gobierno; habló de atención gratuita de la salud en todos los hospitales públicos, cuando, igual que antes, en los centros de salud faltan médicos y medicamentos a lo largo y ancho del país; dijo que los alumnos de las escuelas públicas tienen hoy merienda y útiles gratuitamente, lo que es una media verdad, pues, según las quejas que se publican cada día, en el interior esta asistencia es incompleta e insuficiente; mencionó la política de asistencia a poblaciones carentes (Tekoporã), pero en este aspecto los opositores denuncian que el beneficio repartido por sus bolivarianos es a cambio de adhesión política para la próxima campaña y que muchos de los beneficiarios cobran doble, como jefes de familia y como organizadores de la repartija del dinero público.

Continuando con su sarta de imaginarios grandes logros, demostrando que no lee los diarios ni mira los canales de televisión, insólitamente el Presidente destacó que durante su gestión “los niveles de corrupción se redujeron drásticamente”, cuando que todos los días la realidad de los hechos desmiente categóricamente sus antojadizas declaraciones. La verdad es bien otra, porque bajo su gobierno, la antigua corrupción de los regímenes colorados se ha reproducido con creces, como a diario lo constata con indignante sorpresa la ciudadanía mediante los medios de comunicación. La corrupción junto con la pobreza y la inseguridad, sin dudas, constituyen la más infame tríada de infortunios que sobrelleva el Paraguay de nuestros días. Limitándonos a mencionar solo algunos de los casos más sonados, citamos el fallido negociado de la adquisición de 22.000 hectáreas de Ulisses Rodrigues Teixeira supuestamente destinada a la reforma agraria –una de las más emblemáticas promesas del presidente Lugo– y en la que él personalmente estuvo involucrado aun antes de asumir el cargo; la compra fraudulenta de grúas por parte del primer presidente de la Administración Nacional de Navegación y Puertos de su gobierno, que costó al erario un perjuicio de casi un millón de euros y que quedó impune gracias a la vista gorda del entonces ministro de Obras Públicas Efraín Alegre, porque el titular del ente era de su equipo político.

Las escandalosas irregularidades y despilfarros de dinero público que el vergonzosamente conocido líder del P-MAS, Camilo Soares, perpetró al frente de la Secretaría de Emergencia Nacional con la compra de alimentos y materiales a precios sobrefacturados, entre ellos los conocidos “coquitos de oro” y posteriormente con la construcción de dos plantas desalinizadoras para el Chaco que no alcanzaron la producción ni la calidad de desempeño por las que se pagó.

A más de Itaipú y Yacyretá –antros históricos de corrupción–, vale la pena mencionar al Indert, la institución encargada de la cacareada “reforma agraria” con la que embanderó su plataforma electoral Fernando Lugo, que se convirtió en reproductora prolífica de la generalizada corrupción de los gobiernos colorados desde los tiempos de la dictadura de Stroessner, cuando fungía como presidente el tristemente famoso Juan Manuel “Papacito” Frutos, hasta la llegada a la institución de su mejor émulo, el recientemente destituido ingeniero Marciano Barreto.

La ironía de la historia de los corruptos presidentes del ente regulador de la reforma agraria paraguaya y de otras reparticiones públicas es que mientras el presidente Lugo se ufana de combatir la corrupción, los hombres de su gobierno no les van en zaga a los ladrones de caudales públicos de los tiempos de gobiernos colorados a los que endilga todos los males que aquejan a la nación en el presente y cuya posibilidad de retorno al poder le causa pavor, tal vez suponiendo que, de lograrlo, lo primero que va a hacer es investigarlos a él y a sus acólitos.

Al final, lo único que quedó para la ciudadanía del discurso del Presidente de la República fueron dos cosas. La primera, el reverendo sopapo que como respuesta a su discurso le dio al Presidente de la República en su sermón el arzobispo coadjutor de Asunción, Edmundo Valenzuela, por mentir descaradamente al pueblo pintando un país de maravillas que no existe más que en su exaltada imaginación. Por si algunos de los presentes en el Tedeum pudieran tener dudas acerca de la justicia de su reclamo al Primer Mandatario, el prelado hizo cuestión de enumerar los muchos males que agobian al pueblo y que en cuatro años de gobierno no ha podido, si no remediar, al menos mitigar sus efectos, tales como “la impunidad y la corrupción que han invadido nuestro país y que tienen que ver con la necesidad de la reforma del Poder Judicial”.

En cuanto al cuco del regreso del Partido Colorado al poder en las elecciones generales del próximo mes de abril, lo primero que debemos decir es que el presidente Fernando Lugo, como buen político de izquierda recalcitrante, lo único que sabe hacer es azuzar fantasmas del pasado; del futuro, nada. Cada vez que habla demuestra lo incompetente que es. Cayó presidente por una más del destino, y por su mentalidad atrasada perdió la excelente oportunidad que tenía de producir algún cambio beneficioso también para el país, porque lo que es “cambio”, parece que solo les llegó a él y a los miembros de su séquito.

A esta clase de políticos charlatanes que nunca trabajaron y no tienen ni una propuesta concreta que hacerle al país, es a quienes la ciudadanía en las próximas elecciones debe enviar definitivamente al archivo de la historia.