Hace 28 años que los militares arriesgaron sus vidas para derrocar al dictador Alfredo Stroessner y restablecer la libertad para que la sociedad civil pudiera construir mancomunadamente un sistema democrático de gobierno, con las instituciones republicanas en funcionamiento, una prensa libre y el pluralismo político que estimulara al pueblo soberano a superar el servilismo y la apatía que le impusiera la dictadura por más de tres décadas.
Lamentablemente, los luchadores contra la dictadura que aún viven y sus descendientes ideológicos están observando con consternación cómo el gobierno de Horacio Cartes y la facción del Partido Colorado cooptada por él a base de prebendas se están deslizando de nuevo por la ranura del autoritarismo. En tal sentido, la ciudadanía está viendo con preocupación cómo los fantasmas de la autocracia stronista persiguen la memoria colectiva de la Nación, poniendo al descubierto cuán superficiales son las raíces democráticas de la facción de la ANR que responde al presidente Cartes en su desenfrenado afán por retener el poder a como dé lugar, reimplantando en el país un régimen autoritario con fachada democrática.
La aparatosa convención del Partido Colorado celebrada el pasado fin de semana ha servido para poner en evidencia que el Primer Mandatario es un maestro oportunista que puede cambiar de una posición a otra con rapidez. Se ha visto que, dependiendo del humor del momento, él puede manifestarse como un demócrata que no está interesado en la reelección, o un dictador en potencia que busca hacerse con el poder por cualquier medio a su alcance, si no con fusiles, al menos con dinero escamoteado de las arcas públicas mediante cargos distribuidos entre quienes le apoyan. Definitivamente, entonces, no es un demócrata, como a menudo lo predica, sino un dictador potencial al acecho del poder por atajos antidemocráticos.
Aún está fresca en la memoria colectiva de la ciudadanía aquella alevosa convención de la ANR de 1987, en la que, como el presidente Cartes esta vez, el dictador Alfredo Stroessner decidió tirar al trasto la caricatura de la “unidad granítica” del Partido Colorado, de la que venía ufanándose desde hacía más de 30 años, optando por la facción radicalizada de los “militantes stronistas”, aglutinada alrededor del tristemente célebre “cuatrinomio de oro”, compuesto por Sabino Augusto Montanaro, Mario Abdo Benítez, J. Eugenio Jacquet y Adán Godoy Giménez.
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Al presidente Cartes le bastaron apenas tres años de gobierno para creerse el predestinado, el imprescindible. Ahora muestra que no reparará en medios para continuar en el poder. Su desmedida ambición está conduciendo al país a los viejos vicios de siempre: la partidización de la función pública, la infame dicotomía de “los que no están con nosotros están contra nosotros”, la pérdida de tiempo de las autoridades en triviales eventos y asuntos partidarios, en detrimento de sus funciones institucionales, en “coloradizar” los actos públicos y otras nefastas prácticas de la época stronista.
Cuando asumió el poder, manifestó que ningún grupo violento le iba a “marcar la agenda”, en alusión al EPP. Pero he aquí que no solamente el EPP le marca la agenda, sino ahora se suma una facción del Partido Colorado, y no para bien del país, sino para teñir de rojo la administración del Estado, una práctica perjudicial de triste memoria.
Ahora corremos de nuevo el peligro de que los maestros y directores de escuelas públicas sean otra vez rehenes de los presidentes de seccionales coloradas. En este sentido, vale la pena recordar un hecho ocurrido en la ciudad de Concepción en ocasión de una visita del entonces presidente, general Andrés Rodríguez. Ante el reclamo de un docente de que no se le permitía enseñar porque no era colorado, el presidente de la República le respondió: “Ustedes ya no necesitan afiliación para trabajar”. Esa frase fundamental hizo que, un tiempo después, un presidente de seccional colorada del Ñeembucú se quejara amargamente porque “ahora ya no podemos nombrar ni a una directora de escuela”.
No sería raro también que, al amparo del populismo colorado, en el cartismo resurjan la “caballería republicana”, los “macheteros de Santaní”, los “garroteros de la Chacarita”, los centros de “ingenieros colorados”, “economistas colorados”, abogados, médicos; en fin, una sarta de asociaciones más con finalidad de mamar de la tetas del Estado que de ayudar al prójimo o de dignificar la profesión.
En la actualidad se encuentran estudiando en el exterior, a cuenta del Estado, alrededor de 2.000 jóvenes paraguayos. ¿Qué mensaje se les está enviando desde el Gobierno? Lo más probable es que estén preguntándose a sí mismos: ¿Para qué estamos estudiando si nuestra capacitación será vana si no nos afiliamos al Partido Colorado, como el ministro de Hacienda Santiago Peña?
Quizá lo peor de todo, el cartismo está contribuyendo enormemente a borrar las líneas entre autoritarismo y democracia, que es tan penetrante en la política contemporánea en nuestra región y que tiene amplio eco en algunas propuestas del presidente.
Como Stroessner en su tiempo, Horacio Cartes está creando un clima político en el que los líderes de la oposición están desorganizados, en el mejor de los casos, y son susceptibles de ser cooptados, en el peor. En este contexto, parece difícil para los líderes colorados y algunos liberales superar el servilismo y la proclividad a la obsecuencia que tradicionalmente los ha caracterizado desde el fin de la dictadura. Por suerte, la mayoría de los paraguayos y paraguayas tienen la ventaja de la memoria nacional. Gracias a ella, la ciudadanía está dando muestras de que es capaz de extraer inspiración de la historia de nuestro país para oponerse a cualquier intento de regresión autoritaria, como la que pretende Horacio Cartes a contramano de la Constitución Nacional.
Los ciudadanos y las ciudadanas deben manifestarse en contra de la instauración de una nueva dictadura en el Paraguay.