El Senado tocó fondo

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Vergonzosos hechos ocurridos en la Cámara de Senadores demuestran que allí campean no solo la corrupción, sino también la zafiedad y la trampa pura y dura. Uno de los protagonistas del escándalo fue el senador de Cruzada Nacional, Paraguayo Cubas, al que siguieron el colorado Enrique Riera y la liberal Zulma Gómez. La “guinda” que coronó la infeliz jornada fue, sin duda, la actuación del liberal Dionisio Amarilla, el afortunado exadministrador de la UNA, al votar dos veces en una misma sesión, por sí mismo y por su colega liberal Blas Llano, lo que está penado por las leyes, ya que no se admite el voto por delegación. Con parlamentarios tan cachafaces como estos no es mucho lo que se puede esperar de la “Honorable Cámara de Senadores”. No hay indicios de que su composición actual vaya a mejorar su deplorable desempeño, signado por la ignorancia, la grosería, la prepotencia y la corrupción. La falta de sanción de esta clase de deplorables actuaciones de numerosos parlamentarios de todos los partidos, que ya vienen de antaño, explica que también inaceptables conductas, como las del senador Cubas, reciban el aplauso de la ciudadanía.

Es sabido que la Cámara de Senadores, lo mismo que la de Diputados, está muy lejos de ser “honorable”, como tiene la soberbia de llamarse a sí misma. La Constitución tuvo la prudencia de no darle ese tratamiento que suelen recibir los titulares de ciertos cargos, pero no así todo un órgano, muchos de cuyos miembros pueden carecer de la autoridad moral e intelectual que supone el mencionado calificativo. La última bochornosa sesión del Senado volvió a demostrar que al menos varios de sus integrantes están muy lejos de gozar de esos atributos que la ciudadanía tiene derecho a esperar de sus representantes.

Desde luego, no ha sido la primera vez que la Cámara Alta fue escenario de conductas que causan vergüenza ajena y estarían incursas en el Código Penal. Empero, vale la pena, en el literal sentido de la expresión, ocuparse de lo ocurrido el miércoles pasado porque ilustra bastante bien la calidad del Congreso que la ciudadanía padece y le recuerda, de nuevo, que allí campean desde hace décadas no solo la corrupción, sino también la zafiedad y la trampa pura y dura.

Uno de los protagonistas del escandaloso pleno fue el irascible senador de Cruzada Nacional, Paraguayo Cubas, el mismo que hace poco abogó por una “dictadura platónica”, pues “hoy nadie te compra el buzón de la democracia”. Muy molesto porque sus colegas dejaron sin quorum una sesión ordinaria, en la extraordinaria exigió que se multara a cada parlamentario que ingresa al Palacio Legislativo y no ocupa su banca; luego, casi llegó a los puños con dos colegas, acusó a varios de ellos de corruptos, censuró a dos periodistas radiales y advirtió que la ciudadanía volverá a quemar el Congreso con todos dentro. Es presumible que al senador Cubas no le gustaría estar allí en el trágico caso de que el presagio se cumpliera. Curiosamente, estas condenables palabras, que bien podrían interpretarse como una incitación a la violencia, penada por la ley, han sido ampliamente aplaudidas en las redes sociales. En cierto modo, se entiende que así sea y debe llamar la atención a quienes diariamente se burlan de la Constitución y las leyes, considerando que la ciudadanía está harta de la consuetudinaria corrupción parlamentaria. Pero debe subrayarse que una buena causa, como lo es la lucha contra la indecencia, puede ser estropeada por la violencia física o verbal. Esa noble lucha debe emprenderse dentro de la ley, sin confundir la energía que ella requiere con la actitud patoteril.

También es repudiable la escandalosa actitud exhibida por la senadora liberal Zulma Gómez, que en la anterior legislatura ya se distinguió por sus irreproducibles palabras. Esta vez las dirigió contra su colega Cubas, siguiendo aquello de que la mejor defensa es el ataque. El lenguaje de esta chabacana dice mucho acerca de la notoria decadencia de un partido que ha honrado al país con verdaderas eminencias de la cultura. Tampoco el senador colorado Enrique Riera brilló en la malhadada sesión por sus buenos modales, al amenazar con reaccionar “física y verbalmente” contra su colega del Alto Paraná. Tuvo que haberlo refutado con argumentos, pero prefirió el ataque personal, como si los supuestos pecados del acusador exculparan los suyos. El “vos también” no prueba la inocencia, lo mismo que la agresión física; al contrario, esta solo sirve para que quien la anuncia baje al nivel de un vulgar matón.

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La “guinda” que coronó la infeliz jornada senatorial fue, sin duda, la actuación del liberal Dionisio Amarilla, el afortunado exadministrador de la Universidad Nacional de Asunción. Primero, tuvo el descaro de sostener que ABC Digital mintió al informar que había votado electrónicamente dos veces, apretando la tecla de su banca y la de su colega liberal Blas Llano. Luego, afirmó que había votado también por este a pedido suyo, lo cual fue corroborado por el senador que votó así por interpósita persona. O sea que el hoy acaudalado Amarilla terminó admitiendo, lisa y llanamente, haber votado por partida doble, como si el pedido de su correligionario le liberara de culpa y pena. Por lo visto, los involucrados en el fraude ignoran que el art. 118 de la Constitución dice que el sufragio es “directo”, que el 323 del Código Electoral castiga con uno a tres años de cárcel a “toda persona que, en una misma elección, votara más de una vez” y que, como es obvio, el reglamento interno de la Cámara no admite el voto por delegación. Este legislador incurrió así en un presunto delito, lo que al parecer no molestó en nada a sus colegas, quizás porque en el Congreso abundan “chanchos del mismo chiquero”.

Con parlamentarios tan cachafaces como estos no es mucho lo que se puede esperar de la “Honorable Cámara de Senadores”, comparada hace un año con un burdel por su titular de entonces, el hoy presidente de la República, Mario Abdo Benítez. No hay indicios de que su composición actual vaya a mejorar su deplorable desempeño, signado por la ignorancia, la grosería, la prepotencia y la corrupción.

La falta de sanción de esta clase de deplorables actuaciones de numerosos parlamentarios de todos los partidos, que ya vienen de antaño, explica que también inaceptables conductas, como las del senador Cubas, reciban el aplauso de la ciudadanía.

Solo un baño de decencia, mediante el castigo oportuno de los impresentables y hasta delincuentes confesos que han conseguido una banca, puede redimir a las Cámaras del Congreso del profundo desprestigio en el que se han despeñado.